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“Lo peor para una familia es tener un escritor en sus filas”

El premiado escritor revela la trama secreta de sus ancestros, tras haber retratado a su padre, represor militar, en “La distancia que nos separa”.

Tras haber desnudado a su padre, un general peruano, gestor de dictaduras y feroces represiones, ahora Renato Cisneros desnuda a su familia, tan aristocrática como licenciosa, en "Dejarás la tierra" (Seix Barral). Poeta, periodista, critico y novelista, el peruano Cisneros, que reparte su vida entren Lima y Madrid, pasó por Buenos Aires y dialogamos con él.

Periodista: En "La distancia que nos separa" revisó la historia del "Gaucho Cisneros", su padre, que se hizo general en la Argentina teniendo como compañero a Videla, entre otros militares del Proceso, y fue en el Perú ministro del Interior y de Guerra, y un brutal represor. Ahora, en "Dejarás la tierra" revisa la historia de su familia desde sus tatarabuelos. ¿Es una precuela?

Renato Cisneros: En realidad escribí un libro de 700 páginas. Hace 4 años se lo di a un editor, que me dijo: este no es un libro, son dos. No puede ser, le dije, es el proyecto de mi vida, es mí "Cien años de soledad", me pasé 8 años estudiando todo para esto. Insistió: son dos libros. Está la historia de tu padre que es contemporánea, controversial, y la otra, la legendaria de pioneros y patricios del Perú. A partir de esa sugerencia, que yo terminé por entender, se publicó "La distancia que nos separa". Me llevé a España el mamotreto para reescribir esa historia de mi familia, que de alguna manera cuenta la de las familias tradicionales latinoamericanas, llenas de secretos, de traumas que nunca se verbalizaron y que se fueron reproduciendo generación tras generación. En este caso, la impronta de la ilegitimidad impuesta por un sacerdote que tiene una relación con una mujer durante 50 años, se va reproduciendo a través de los siglos en sus descendientes. Es una historia que tiene mucho que ver con la Argentina también. Mi padre fue argentino durante 25 años, desde su nacimiento, y tuvo aquí acaso el gran amor de su vida.

P.: Cisneros, familia tradicional, de abolengo, lleva el apellido de una mujer que tenía relaciones clandestinas con un sacerdote.

R.C.: En una sociedad como la peruana, conservadora, machista, donde tu apellido tiene representatividad pública por hombres que han estado vinculados con la vida política e intelectual, descubrir que es ilegítimo, resulta chocante.

P.: ¿Como ser el hijo del represor "Gaucho Cisneros"?

R.C.: Hoy no sé, cuando hablo de mi padre, si hablo del hombre con el que conviví 18 años o si hablo de la criatura literaria que fabriqué para "La distancia que nos separa". Y digo que fabriqué porque está hecho de cosas que ocurrieron, de cosas que creo que ocurrieron, de recuerdos, que son siempre caprichosos, y de especulaciones literarias. Acaso tendría que tener un juicio moral sobre mi padre, pero no creo que la literatura sea el territorio donde discutir con el padre cualquier tipo de diferendo ideológico. Yo conté lo que él había hecho, decidido, pensado, y cosas que por mi lado pienso y que me han servido para construirme como ciudadano, como los Derechos Humanos, que a mi padre no le hubiera interesado siquiera discutir. No tengo hacia él inquina alguna, me pareció un personaje fascinante por complejo, poliédrico, sentimental y villano. Siempre estaré contra las dictaduras, que él alentaba.

P.: "Dejarás la tierra", en contraposición, es una novela macondiana.

R.C.: Es el epíteto que uso el editor. Eso me llevó a reescribirla. Es macondiana porque está llena de relaciones adúlteras, promiscuidades, hijos clandestinos, relaciones secretas. No es macondiana porque no hay realismo mágico, no hay gente que vuela, no hay nada que se aleje de lo verosímil. Me importa "Pedro Páramo" porque enseña que hay que conversar con los muertos, porque tienen algo que decirnos. Y en "Dejarás la tierra" los muertos están muy vivos. Es un tinglado familiar complejo, con temas de los que nunca se habló y que son el real fundamento de mucho de lo que se vive. Todos tenemos una historia familiar oficial a la que decidimos hacer caso, dar fe. Pero no iba a contar las vidas brillantes de esos hombres a los que aprendí a admirar de niño sino sus vidas fracturadas, las malas decisiones que tomaron, lo titubeantes que fueron en lo íntimo y lo autoritarios en lo público. Y cómo las mujeres, anónimas y laboriosas, supieron sacar sus familias adelante. Los hombres decididos y resueltos en la esfera pública pero unos cobardes con su vida. Lo peor que le puede pasar a una familia es tener un escritor en sus filas. Pero lo peor que le puede pasar a un escritor es escribir para su parentela, para que ellos estén conformes.

P.: ¿Su nuevo libro es una historia del Perú desde un álbum familiar o una autoficción basada en hechos reales?

R.C.: Es una novela familiar de no ficción. No es novela histórica porque lo histórico es una escenografía, nunca un protagonista. Me interesaba plantear la analogía entre la familia que empieza a gestarse con un enigma en la cabeza, esos hijos que no saben quién es su padre, que creen que es un viajero, sospechan que es el cura, y un país que empieza a convertirse en república y no sabe bien quien es su padre, si Simón Bolívar o José de San Martín. Y repensar lo dramático familiar. Se cuentan casos familiares con una naturalidad que no corresponde al dramatismo con que fueron vividos por sus protagonistas y quienes los rodeaban. Busqué recuperar la verdad del desgarramiento de la dicha inconfesable, la real intensidad amorosa de las pasiones ilegales.

P.: ¿Qué está escribiendo ahora?

R.C.: Luego de haber escrito sobre mi padre, sobre mi familia, me toca escribir sobre mi paternidad. Desde hace poco soy padre y empecé a escribir un diario de la paternidad. Me resulta interesante la antesala lo que ocurre en la cabeza de un tipo que va a ser padre, que tiene problemas con su padre, y que ahora ocupa ese lugar.

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