Opiniones

Los votos que supieron conseguir

Mucho se ha "teorizado" sobre los resultados de las PASO. Pero el principal interrogante ya no debe ser éste, sino como garantizamos gobernabilidad e institucionalidad en un escenario de extrema fragilidad política.

Voto económico, voto miedo, voto útil, voto ideológico, voto bronca o voto catástrofe y largos etcéteras. No se ha “teorizado” tanto en toda la historia de la academia de la ciencia política, como en estos días en Argentina sobre la motivación del voto. ¿Qué si votamos con el bolsillo, con las emociones (desprovistos de toda racionalidad), desde la experiencia e historia personal, o desde una posición ideológica? Hay autores que sostienen, incluso, la teoría de que hay ciudadanos que votan en contra de sus propios intereses.

La explicación resulta, en principio, compleja y multicausal. La crisis económica quizás sea el factor que más rápidamente lo explica, pero hay muchos otros de gran significancia en la decisión que tomaron los argentinos el último domingo. Ninguno de estos factores podrá ser atribuidos por entero a una mal diseñada campaña electoral o a los números de las encuestas, como refirió el presidente. Por empezar, no hay un solo indicador económico o social que de suma positiva.

Cuando la ciudadanía vota contra los oficialismos es porque la crisis que carga sobre sus espaldas es tan pesada que no alcanza solo con expectativas. Las expectativas son para los candidatos opositores. Los oficialismos deben brindar confianza, credibilidad y certezas. En ese marco, se esperan propuestas que den claridad al camino por recorrer y una búsqueda de acuerdos políticos que acerquen posiciones con las otras fuerzas, en definitiva, generar consensos. Nada de eso sucedió. Ni una de esas cartas se ha puesto sobre la mesa de cara a las elecciones PASO por parte del oficialismo. Por el contrario, el discurso carente y raquítico, no alcanzó si quiera a cumplir con los requisitos de su versión más vacía. Además, aquella pretensión de desideologizar la política también se cobra factura, porque la política es inherentemente ideológica.

Ni siquiera, la enorme maquinaria de big data puesta al servicio de la campaña, alcanzó para escuchar. Apenas consiguió llegar con sus mensajes segmentados, solo de ida, pero sin retroalimentación. El espacio virtual se colmó de tribus que, con una virulencia inusitada, desparramaron arengas antagonistas con una dedicación obsesiva a la agresión verbal. Odiadores profesionales; los llamo “los barrabravas de las redes sociales”, están siempre dispuestos a vender sus servicios al mejor postor. Las campañas electorales apoyadas en la “polarización” como eje discursivo, los han potenciado porque les son funcionales. Y entonces, tampoco funcionó apelar a los sentimientos, porque surgieron los más negativos: el miedo y el odio.

A todo esto, se suma un gran error estratégico, quizás el más grave y dañino de todos, la tremenda reacción presidencial en el día después: “la gente no entendió nuestro mensaje” o “la oposición tendrá que realizar una autocrítica”. Una lectura enfadada, equivocada y cortita de los resultados que conspira contra sí misma, no ya con la totalidad de la sociedad argentina, sino con sus propios votantes. Más aún, también pone en peligro el bien político más preciado para cualquier gobierno que atraviesa momentos de dificultad: la gobernabilidad. De la noche a la mañana, Mauricio Macri paso de ser un presidente sólido en sus atribuciones, a uno con un liderazgo débil y cuestionable. Sus expresiones ante los medios no hacen más que profundizar esa debilidad, dejando a todo su gobierno en una situación muy inestable.

Tiene razón el presidente cuando afirma que lo sucedido en los últimos días genera incertidumbre política. Pero lo cierto es que esa incertidumbre ya no es electoral, de hecho, el campo electoral sea probablemente el que más certidumbres transmite ahora mismo: todo el círculo rojo sabe cuál fue el resultado, y la casi imposibilidad de revertirlo. La incertidumbre está ahora en otro campo, anida en la falta de reacción oficial y en la poca destreza demostrada para mantener funcionando un esquema de poder, aunque sea mínimo frente a un escenario que es inédito en nuestra historia política.

La polarización potenciada por el gobierno provocó que las PASO se transformaran en una primera vuelta y generó un resultado nunca antes visto: tenemos un opositor que es presidente electo sin serlo del todo, y un presidente que es ya presidente saliente también sin serlo del todo. Lo delicado e inédito de la situación demandaba al oficialismo una gran muñeca y altura política. Era necesario un altísimo nivel de madurez para poder enfrentar la situación de manera atinada y correcta aceptando que, a fin de cuentas, el resultado obtenido también fue provocado por las propias acciones. Eso no ocurrió y las consecuencias están a la vista. El domingo, el discurso había sido preparado para reconocer una diferencia de tres o cuatro puntos y, arengar a la tropa para descontarla de cara a las generales de octubre.

En esto de transmitir certidumbres no hubo, decíamos, reacción presidencial. El lunes el presidente apareció descolocado y confundido. Ni demostración de control de la situación, ni anuncios de cambios de gabinete ni de políticas, ni convocatoria al diálogo de las principales fuerzas políticas, por el contrario, mostró una preocupante transferencia de responsabilidades, ausencia total de “escucha”, incapacidad de manejo de los indicadores económicos, una grave falta de empatía y de autocrítica sincera. Todo junto, confabulando mortalmente contra sus posibilidades de cara a las elecciones generales de octubre.

Este miércoles anunció medidas que intentan “aliviar” a los trabajadores y la clase media, pero tienen fecha de vencimiento, cuando mucho, en 90 días. Los analistas económicos, opositores y oficialistas, coinciden en un punto: a esta altura el problema no es económico, sino político. Los mercados volvieron a reaccionar mal, el riesgo país y el dólar subieron después de la conferencia de prensa. La apelación al dialogo: “no como una pelea entre enemigos, sino como una discusión entre rivales en el marco de nuestra democracia”, llega tarde luego de la utilización permanente del recurso de la polarización. El pedido de disculpas, la aceptación del error y el respeto al mensaje de las urnas intentan recomponer el vínculo emocional con el electorado. Tiene gusto a poco. Lo decidirán los argentinos en octubre.

Las distintas teorías del voto pueden aportar muchísimo para entender lo que paso el domingo, pero lo cierto es que el análisis de esos sucesos siempre será posterior a los hechos. El análisis del presente, e incluso, del futuro inmediato excede a la cuestión electoral y debe centrarse en cuestiones mucho más estructurales, es un análisis que ya hemos hecho en nuestra historia reciente, y que sabemos que trae muchas más preguntas que respuestas. El principal interrogante ya no debe ser el porqué de la votación del domingo, sino como garantizamos gobernabilidad e institucionalidad en un escenario de extrema fragilidad política. Un interrogante que seguro obtendrá respuestas en los próximos días.

(*) Paola Zuban es politóloga, consultora y analista política.

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