Economía

Macri 2019: de la desilusión a lo (casi) imposible; lograr mejores números que los recibidos de CFK

El Gobierno tendrá sólo 10 meses para cambiar la historia de los primeros tres años de gestión. Será difícil.

Mauricio Macri y su Gobierno irán desde enero por un objetivo difícilmente alcanzable. Un imposible. Casi detrás de una utopía. Que los números finales económicos, financieros y fiscales de esta primera gestión de Cambiemos (los ciudadanos dirán en las elecciones de octubre si habrá otra más) terminen siendo mejores a los que recibió de la presidencia de cierre del kirchnerismo. El Jefe de Estado sólo tendrá 10 meses para conseguir que las principales cinco variables de la economía (crecimiento, inflación, tipo de cambio, poder adquisitivo y, la más importante, pobreza), quiebren el rumbo negativo con que azotan la realidad y se ubiquen por encima de lo que dejó en herencia Cristina Fernández de Kirchner. O que, al menos, lo empaten. Para esto necesitará mucha más de una buena gestión y un cambio de suerte. Deberá tener una eficacia única y extrema en la toma de decisiones económicas para conducir el país, una virtud que, hasta acá, no pudo demostrar.

A diciembre de 2018, en términos económicos, los resultados de Mauricio Macri son, en términos económicos, como mínimo, una gran desilusión. Desencanto reconocido por el propio Jefe de Estado y repetida por gran parte de su actual Gabinete, obviamente, puertas adentro. Ni hablar de los hombres que comenzaron acompañándolo allá por diciembre de 2015 y que ahora volvieron a militar entre los economistas profesionales independientes. Entre otros, Carlos Melconian, Federico Sturzenegger y Alfonso Prat Gay, siempre con el respeto del caso, se convirtieron en severos críticos de los resultados de Cambiemos en el poder. Y piden ciertos cambios para torcer el rumbo. Razones no faltan. La sola enumeración del balance a diciembre de 2018 es desolador. Más allá que aún resta conocer el cierre de las variables (datos que se irán publicando escalonadamente durante el primer trimestre de 2019), parece irreversible que el panorama invite más un escenario de evaluación de daños, que de comienzo de reconstrucción. Si se tienen en cuenta los primeros tres años de gestión de Mauricio Macri, el saldo final es lapidario. El PBI cayó 1,3%; la inflación acumulada trepará a 155%; el dólar se devaluó un 280% y la deuda externa se incrementó en 80.000 millones de dólares, cifra que trepa a u$s100.000 millones si se toma el dinero que giró hasta fin de año el Fondo Monetario Internacional (FMI). La situación se complica aún más si se tiene en cuenta que el ajuste sobre las familias y empresas incluyen en estos tres años una suba promedio de 1.644 % en las tarifas de la energía eléctrica, 747% en el gas, 512% en el agua, 217% en el transporte y 204% en combustibles. El cruce entre la evolución de los salarios reales durante estos primeros tres años de gestión y la corrosión del poder adquisitivo, provocaron que, según cifras oficiales, el poder de compra de los sueldos de las familias esté, al menos, un 15% por debajo de lo recibido en diciembre de 2015.

El panorama para las familias se complica aún más cuando se cruza con los efectos devastadores de la política impositiva que desplegó el macrismo desde que llegó al poder. Lejos de cumplir con las promesas electorales de una reducción de la inexplicable presión tributaria, la actual gestión aplicó un fuego cruzado aún mayor al heredado; empeorando la capacidad de movimientos de las empresas y el poder adquisitivo de los participares. La enumeración de medidas tributarias da miedo. Comenzando por la aplicación del impuesto a la renta financiera que comenzó a regir este año (seguramente el mayor error tributario de toda la gestión de Mauricio Macri y por el que pasará a la historia contable argentina) que comenzó a regir este año para los inversores no residentes (dando inicio en abril de este año a la crisis financiera). Siguiendo por la aplicación de las retenciones a las exportaciones 2.0 y la mayor presión sobre los trabajadores en relación de dependencia en el Impuesto a las Ganancias, que sólo empeoraron la situación del mercado interno. El panorama se completa con la aplicación del tributo a los bienes personales para los que fueron convencidos para ingresar en el exitoso blanqueo cerrado en abril del año pasado. En definitiva, la situación tributaria general terminó convirtiéndose en una de las grandes desilusiones de la gestión macrista.

Con este escenario a cuestas, Mauricio Macri deberá hacer magia para conseguir su imposible: mejorar los datos macroeconómicos heredados de Cristina Fernández de Kirchner. Será complicado. La propia proyección de los datos del Presupuesto que el mismo Gobierno hizo aprobar en noviembre pasado, arrojan que a diciembre de 2019 el PBI habrá caído 1,8%, tomando en cuenta que esa ley incluye una proyección de baja del producto de 0,5%. Si se tomara la predicción del FMI (-1,7% para 2019), el final del Gobierno de Mauricio Macri arrojaría una baja final en la economía del 3%. La inflación habrá subido a diciembre del próximo año un 211%, tomando en cuenta un IPC final del 45% este año y si se cumpliera el 23% que figura en el presupuesto aprobado. Si se cumplieran estos pronósticos oficiales, sería inevitable que para diciembre de 2019 el poder adquisitivo de los salarios termine en un nivel negativo contra el nivel del mismo mes de 2015. Incluso la pérdida sería de dos dígitos. Y más cercana al 20 que al 10%.

Mauricio Macri y su Gabinete, puertas adentro, reconocen esta realidad. Incluso, en la diagramación de la campaña electoral para el próximo año se piensa incluir un capítulo que explique el porqué del tamaño sacrificio que la sociedad debe asumir para que, ahora sí, el país comience a crecer sobre bases sólidas desde 2020. Para el Gobierno, hoy por hoy, bases sólidas quieren decir cumplir el verdadero plan económico que quedará en la memoria de este primer Gobierno de Mauricio Macri: la búsqueda del déficit cero en los términos del acuerdo con el FMI firmado en septiembre de este año. La apuesta oficial para 2019 es, en síntesis, cumplir los términos de esa negociación, lograr que trimestralmente el FMI libere los fondos comprometidos para que Argentina no caiga en default y así llegar a las elecciones de octubre con las cuentas ordenadas y el esquema de cumplimientos financieros internacionales despejado. Todo lo demás se deberá encolumnar debajo de este objetivo.

La base estructural sobre la que se intentará lograr esta meta parte de dos medidas hoy pétreas aplicadas desde el Banco Central que maneja Guido Sandleris: el control férreo de la emisión monetaria y la vigencia de la Zona de No Intervención del dólar; ahora, las únicas garantías de estabilidad encontradas por la conducción económicas, y asumidas por los mercados como un logro de la gestión. Al menos para detener la caída de la economía hacia abismos peligrosos, y poder pensar que una futura recuperación es posible. Sin embargo, para que esto sea posible, el equipo económico sabe que la tercer pata del plan de estabilización debe cambiar. Rápida y radicalmente. Sostener tasas de interés en los niveles de fin del 2018 son, como reconoció el propio ministro de Producción Dante Sica, imposibles para pensar en una recuperación de la economía real. Más bien son una garantía para extender en el tiempo la recesión actual iniciada en el segundo trimestre del 2018 y que, como mínimo, se extenderá al segundo del 2019. Esto es, un año corrido de caída segura de la economía.

El plan de ajuste monetario máximo reduce la posible magia electoral de Macri a su mínima expresión. Su poder de acción en el 2019, año electoral donde será seguramente el candidato del oficialismo para retener el poder, será, en términos económicos, más que limitados. Deberá echar mano a otros logros en diferentes rubros; además de, eventualmente, usar la bala de plata guardada en los cajones de la estrategia electoral macrista. Para los mercados, para los principales empresarios locales y extranjeros y para muchas familias de clase media cuyas decisiones son las que definen la economía interna; hay un riesgo mayor a la continuidad de Mauricio Macri y sus políticas económicas desplegadas en este primer mandato. Es que Cristina Fernández de Kirchner triunfe en las elecciones presidenciales y que, una vez asumida para comenzar su tercer mandato, y que despliegue un plan económico que tome como punto de partida la política financiera y fiscal aplicada hasta diciembre de 2015. Este capítulo será la última incógnita que se despejará este año: si un eventual regreso de Cristina Fernández de Kirchner implica volver a por lo que faltó en su segunda presidencia sin reconocimientos ni de errores ni de vicios. O si, por el contrario, hay una nueva, sorpresiva y positiva, versión del kirchnerismo. No será fácil convencer a los mercados de esto último. Así como Macri tiene la suya, esta será la utopía que deberá perseguir la expresidenta.

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