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Mao, un fasto revolucionario del que sólo resisten los símbolos

¿Que queda del comunismo en China? La sociedad actual, inmersa en la globalización, poco se parece a la que proyectó "El Gran Timonel".

Pekín - El chaparrón que a las 11 de la mañana cae sobre la plaza Tiananmen no perturba a las cientos de personas que desde hace horas caminan entre las vallas para ingresar al mausoleo de Mao Zedong. Continúan avanzando a ritmo cansino, protegiéndose con sombrillas y bolsas de nylon. La visita será fugaz en comparación con el tiempo de espera a la intemperie: una vez dentro del edificio, no podrán interrumpir el paso, emitir sonidos o tomar fotografías.

El cuerpo yace dentro de un sarcófago de cristal, en un cuarto vigilado por cuatro soldados. Su cara, la única parte visible del cadáver, es anaranjada y no luce las mismas facciones que el retrato que ornamenta la puerta sur de la Ciudad Prohibida, cruzando la avenida Chang’an, o la “De la paz eterna”. Dentro de los márgenes de sus dos presencias, el “Gran Timonel” proclamó la instauración de la República Popular China el 1 de octubre de 1949. Su imagen es omnipresente, pero el ahora poco se parece a la sociedad comunista que proyectó. Y mucho menos a su futuro. Por el corazón de la capital ya no pasan personas luciendo los típicos trajes verdes, grises o azules que eran producidos en masa para equiparar a la población. El común de la gente tampoco circula con el “Libro Rojo” bajo el brazo, sino con los últimos teléfonos celulares en los grandes centros comerciales. En cualquier calle, hay Porsches, Lamborghinis y Mercedes. La imagen de Mao crea una anacronía en ese contexto.

El periodo del aniversario que se celebró ayer se puede dividir en tres fases: la maoista, que culminó con la muerte de su líder en 1976; la apertura económica dirigida por Deng Xiaoping desde 1978, y la más reciente, encabezada por el actual presidente, Xi Jinping, quien promueve que la segunda economía del mundo se convierta en una superpotencia militar y tecnológica en 2050. Cada turno llevó a cada generación una transformación profunda.

“Nací en el año 60 y la reforma comenzó en 1978. Pasé toda mi infancia y adolescencia en el campo”, recuerda Chang Fuliang, catedrático y vicedecano de la Facultad de Filología Española y Portuguesa de la Universidad de Estudios Extranjeros de Pekín. “Por ese entonces todos los chinos estábamos en una situación muy difícil”, afirma a Ámbito Financiero sin entrar en los detalles de lo que significó el Gran Salto Adelante, el programa con el que Mao quiso acelerar la industrialización económica a base de colectivizar la tierra en comunas militarizadas. Su fracaso fue estrepitoso y empujó a la población a la miseria. Unas 45 millones de personas perdieron la vida en ese salto, que más bien fue mortal.

“Pese a todo, las enseñanzas básicas estaban garantizadas. Estudiar era obligatorio. No teníamos comida, pero teníamos educación”, se conforma el profesor, oriundo de la provincia de Shaanxi, en el centro del país. Mao, afirma Fuliang, se ocupó de devolver el orgullo y la identidad nacional después de las continuas invasiones del Reino Unido, Japón y diversas fuerzas europeas desde el siglo XIX.

Más tarde, con el deceso del padre de la revolución, llegará Deng, promotor de la Reforma y la Apertura, el plan de desarrollo económico que rompió con el aislamiento de China.

El entonces dirigente del Partido Comunista (PCCh), llevó adelante cambios graduales enfocados en aumentar el bienestar de la población. La lucha política, materializada en otro de los capítulos oscuros de la era maoísta, la Revolución Cultural, quedó atrás. En primer lugar se liberó el sistema económico y volvió la propiedad privada. En una economía completamente socialista, el mercado pasó a tener un protagonismo controlado, vigilado por el Estado, que no dudaría en intervenir cuando fuese necesario. Al mismo tiempo se tejieron alianzas con las economías capitalistas, acreedores de tecnología y dinero para inversiones.

“Después de la apertura, China sufrió pérdidas producto de la globalización. Los jóvenes conocen cada vez menos de su propia cultura. Mis alumnos conocen menos de la tradición china y más de la civilización occidental. Una gran parte de los jóvenes piensan que EE.UU. y Europa es un paraíso”, protesta Chang.

Lou You vio cómo el viaje en tren desde su ciudad natal, Hangzhou, en la provincia de Zhejiang, hasta Pekín, unos 1400 kilómetros en total, se redujo de las quince horas iniciales a menos de cinco. “Soy la generación de la Reforma y la Apertura”, afirma esta doctora en Letras, Investigadora asistente Instituto de América Latina de la Academia China de Ciencias Sociales, en una entrevista con este diario en Pekín. “Mi padre fue uno de los primeros en abrir una empresa privada en 1979. En 1984 compramos un televisor blanco y negro, y todos los vecinos venían a mi casa a verla. Para muchos era un lujo”, relata.

“En aquellos años, para que se concrete un matrimonio, el novio debía poseer una bicicleta, una máquina de coser y un reloj, con esas cosas bastaban”, afirma la académica. “En los 90 me acuerdo que odiaba los inviernos, porque aunque vivíamos en departamentos, no teníamos baños. Era muy difícil bañarse. Cada tres o cuatro días teníamos que hacer un bolso para ir a las duchas públicas”. “La generación de mi papá sufría hambre. No puedo creer cuánto ha cambiado la vida cotidiana”, concluye.

Cerca del atardecer, Kuo, de 20 años, bebe un café latte de Starbucks en Sanlitum, el barrio donde se concentran las mayoría de las alternativas de entretenimiento nocturno. Toda su ropa tiene etiquetas de marcas extranjeras. Habla inglés perfecto y aunque nota cambios recientes en la ciudad, ninguno de ellos le parece extremo. Dice que prefiere los comics de Marvel por sobre los de DC y que vio la última temporada de Stranger Things en tres días. Afirma que Mao “fue un gran líder y muy necesario”, pero que también es “pasado”.

De norte a sur, China es atravesada por una modernidad que sorprende. Cualquier concepto previo sobre el país probablemente se quede corto. Ya no son solo Shanghai, Shenzhen los polos urbanos de vanguardia, sino que el modelo comienza a repetirse en las localidades más pequeñas del interior. En Pekín, los centros comerciales abrazan las marcas internacionales de “fast fashion” y “fast food”, los tradicionales barrios obreros son hoy una de las principales atracciones turísticas y el nuevo centro financiero continúa transformando el horizonte de la ciudad con torres con más de cien pisos. A no ser por las banderas rojas que copan las veredas, es difícil encontrar un ápice de comunismo allí. Ellos lo llaman el “socialismo con características chinas”.

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