La lectura personal de la Biblia es muy útil, porque en la Palabra de Dios, Él mismo nos habla y nos guía en el camino de nuestra vida. Suele ocurrir que muchas personas relatan nunca haberla leído ni siquiera una página. Para ellos, es bueno que conozcan que en la tradición de la Iglesia se ha desarrollado un método llamado lectio divina.
Esta fórmula para leer la Biblia, también sirve para quienes quieran releerla de otra manera. El método consta de cuatro etapas: lectio (lectura) – meditatio (meditación) – oratio (oración) y contemplatio (contemplación, morar con Dios).
"Este método ilustra bien que la lectura de la Biblia es una conversación entre Dios y el hombre (Dios se dirige a nosotros, en la oración le damos una respuesta) y que, en última instancia, es un don de Dios que se nos permita habitar en su presencia", explican los especialistas.
Para comenzar a leerla, es necesario una preparación, ya que se aplican los mismos principios que para la oración. En primer lugar, necesitamos recogernos y estar quietos. A ello puede ayudarnos una oración (una novena, una decena del rosario), pero sobre todo una breve petición para que el Espíritu Santo nos inspire la lectura de la Palabra de Dios, como lo hizo en su día a través de los escritores que la redactaron.
Paso a paso para un primer acercamiento a la Biblia
La idea del método lectio divina es profundizar realmente en lo que se lee. Un diario puede ayudarnos a ello, anotando lo que nos ha dejado tal o cual texto. Debemos repetir las partes importantes (frases, líneas, pasajes cortos) hasta que nos las sepamos de memoria.
Una sugerencia es empezar con un Evangelio, quizá san Mateo. Los textos nos son familiares porque los encontramos regularmente en la Misa, pero como allí solo escuchamos un fragmento, por ello, es muy interesante conocer el contexto más amplio. Luego vamos al principio de la Biblia y nos fijamos en Génesis 1 y 2, que describen los acontecimientos más importantes de la historia de la salvación en el Antiguo Testamento: la creación del mundo, la vida de nuestros primeros padres, la revelación de Dios en la zarza ardiente, el éxodo de los israelitas de Egipto, los acontecimientos del Sinaí, los Diez Mandamientos, etc.
Si meditáramos en un solo salmo (el Libro de los Salmos) cada día, recorreríamos todos los salmos en medio año. Seguramente que esto también configuraría nuestra oración personal. Durante el Adviento podríamos leer el Libro de Isaías. Los escritores del Nuevo Testamento se refieren una y otra vez a este libro, que contiene textos maravillosos sobre la salvación de Dios.
Luego podemos pasar a otro Evangelio, quizá san Lucas, y a los Hechos. Estos dos escritos deben leerse como uno solo, porque se complementan al haber sido compuestos por el mismo escritor. Quien quiera retomar los escritos de san Pablo debería empezar por la primera carta a los Corintios. Es muy interesante porque nos muestra el pensamiento del apóstol sobre temas interesantes: la cruz, la Eucaristía, la resurrección, etc.
Pero el corazón de los escritos de San Pablo es sin duda la Carta a los Romanos, en la que resume la esencia del Evangelio que predicaba. Ha desempeñado un papel central en la historia de la teología. Luego podemos fijarnos en los escritos de Juan: el Evangelio y la primera carta de San Juan.
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