Espectáculos

Miradas sobre La Boca en una espléndida exposición en Tigre

La muestra se apoya en el proyecto educativo de Guillermo Jaim Etcheverry y, sobre todo, en el aporte teórico del académico José Emilio Burucúa.

El Museo de Arte de Tigre (MAT) presenta “La Escuela de Arte de La Boca. Sus Maestros”. Participan de la muestra obras de varios coleccionistas e instituciones, y además 20% del acervo del MAT está integrado por los artistas de La Boca, según informó Graciela Arbolave, directora de la institución. La exposición se abre con una pintura de Alfredo Lázzari, maestro por excelencia de la Academia Unión de La Boca. Algunos de sus alumnos formaban parte del primitivo Grupo Boquense, entre ellos, Benito Quinquela Martín y Fortunato Lacámera, luego se unirían Eugenio Daneri y Miguel Carlos Victorica. Allí mismo, en las clases de música, Juan de Dios Filiberto ensayaba sus primeros compases. La selección del MAT suma las pinturas de Víctor Cúnsolo, José D. Rosso, Miguel Diomede, José Luis Menghi y Marcos Tiglio. Todos ellos vivieron frente al Riachuelo.

Para recordar la historia del lugar y un arte ajeno a las tendencias dominantes, la muestra se apoya en el proyecto educativo de Guillermo Jaim Etcheverry y, sobre todo, en el aporte teórico del académico José Emilio Burucúa. Su reflexión sobre el papel que juegan en la rutina del quehacer artístico, el oficio y, de algún modo, también, las pasiones, permite comprender la relación tan natural con el arte de los boquenses. “Aquellos artistas investigaron las vertientes emocionales e intelectuales de la actividad estética. Quisieron resolver el tema mediante las prácticas minuciosas de colocar pigmentos con el pincel, extenderlos, combinarlos, yuxtaponerlos sobre los soportes, y de dibujar con la carbonilla sobre las imprimaciones o bien con el mismo pincel sobre las veladuras, atentos al mejor modo de hacer aparecer las formas y a la manera más directa de registrar, mediante la mano y el ojo, el desenvolvimiento a menudo aluvial de las emociones”, observa Burucúa. El arte se confunde con la vida.

La pintura mental de Lacámera brinda un buen ejemplo de la resolución que observa Burucúa, en especial una “Marina” donde se destaca el dramático juego de opuestos entre la luz y la sombra. El punto de vista, desde el Río hacia la orilla, lo retomaría Rómulo Macció décadas después, cuando pinta la Costanera.

A fines del siglo XIX y principios del XX, arribaron a ese “pequeño barrio medio genovés,” como lo describe Edmundo de Amicis en el libro “Corazón”, más de un millón de italianos. El fenómeno de concentración del arte que existe hoy en la calle Pedro de Mendoza se remonta a esos tiempos. Junto al taller de Francisco Parodi, autor de los mascarones de proa que ahuyentaban los demonios del mar, nació el primer artista boquense, Francisco Cafferata. En 1919 se fundó El Bermellón, grupo que nucleó a Victor Cúnsolo, Facio Hebequer, Víctor Pisarro y Juan del Prete, el primer pintor abstracto de la Argentina. Entre los independientes estaban Tiglio, Menghi y, con su pintura evanescente, Diomede.

El único que conoció el éxito fue Quinquela, que supo valorar el trabajo, su tema fundamental. Así conquistó admiradores como el presidente Torcuato de Alvear y su mujer, la bella soprano lisboeta Regina Pacini, además de Benito Mussolini, la Infanta Isabel y el príncipe de Gales. Quinquela, continúo viviendo austeramente, pero fue muy generoso. Pagaba mensualidades a varios artistas y donó el Museo de La Boca, donde se exhiben las pinturas que él mismo compró con buen ojo.

También sobre el Río, el MAT exhibe “La vuelta de Rocha”, una pintura de Cúnsolo evidentemente hermanada con la metafísica italiana. Los críticos de arte de Italia tienen una deuda pendiente con los descendientes de Carrá, Sironi, De Chirico, que espontáneamente surgieron en La Boca. Las pinturas comparten una misma quietud metafísica que a los expertos en la materia no les interesa reconocer. Ésta y otras historias se encuentran replegadas en cada obra.

Victorica, criado como un aristócrata y sin una gota de sangre italiana, optó por la bohemia y alquiló unos cuartos en el mismo caserón donde vivía Lacámera. En “Los porteños”, Manucho Mujica Láinez describe un artista inclasificable, atraído por “la vida popular que bulle en la calle, nunca populachera, que debió atraer y fascinar a esa fibra suya goyesca, descubridora de valores sutiles, estupendamente auténticos, allí donde el snob frunce la nariz estúpida o no ve más que color local o pintoresquismo”.

Hace unos pocos días, en la explanada de la Fundación Proa, el estadounidense Dan Graham, inauguró “Whirligig”, una obra realizada especialmente para la exposición “Minimalismo, posminimalismo y conceptualismo/ 60 - 70”, con obras de Dan Flavin, Dan Graham, Sol LeWitt, Bruce Nauman y Fred Sandback. El panorama estético actual de La Boca es abiertamente distante del que exhibe el MAT; pero los emprendimientos artísticos son cada día más numerosos. A los nombres de Distéfano, Longhini, Larreta y hasta hace poco Macció, se suman el Palacio de la Usina, las galería Barro, Popa y MUNAR, entre otras. Cerca del Museo Quinquela Martín, la Fundación Andreani construye un espacio diseñado por Clorindo Testa. La Verdi, un laboratorio de artistas, ocupa el Teatro Verdi. El Gobierno porteño, empeñado en poblar el Sur de San Telmo, La Boca y una parte de Barracas, brinda beneficios fiscales para actividades artísticas, exenciones impositivas del 100% por 10 años. Además, el Banco Ciudad otorga créditos con tasas subsidiadas. Si el viento soplara a favor, el camino hacia la Vuelta de Rocha dejará de ser oscuro.

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