Espectáculos

"Mis padres creían que su deber era salvar al mundo"

En "Hija de revolucionario" pasa revista, con insolencia y humor, a la historia de su familia y su entorno intelectual en el Mayo del 68.

Los padecimientos y placeres experimentados por la hija de una chica y un muchacho, nacidos en la alta burguesía y metidos a revolucionarios internacionales, le sirven a la economista y escritora Laurence Debray para, en “Hija de revolucionarios” (Anagrama), hacer un arreglo de cuentas con insolencia y humor con la generación que protagonizaron sus padres, la del Mayo del 68, la que hizo del Che Guevara su ícono. En su breve paso por Buenos Aires dialogamos con la hija del francés Regis Debray.

Periodista: ¿Le hizo sufrir cuando chica que le dijeran que su padre entregó al Che Guevara?

Laurence Debray: Eso me lo dijeron cuando tenía casi cuarenta años. Yo viví en una burbuja. Nadie se atrevía a decirme tal cosa. Supe por casualidad, a los siete años, que mi padre había estado en la cárcel en Bolivia porque me lo dijo un amigo en la escuela. Era algo de lo que no se hablaba en mi casa. Y, cuando era trader en un banco de Nueva York, no me iban a decir eso. En la infancia estuve muy unida a mis abuelos, de estilo de vida muy tradicional, con sentido del humor, amantes de la cultura y de los viajes. Mis padres no me integraban a su vida, y para mí eran como extraterrestres. Con esa cosa del compromiso político, de tener que salvar el mundo. Yo no los entendía.

P.: En la adolescencia vivió rodeada de los personajes rutilantes de la época.

L.D.: Sí, conocí a Yves Montand, Simone Signoret, Jorge Semprún, Costa-Gravas, Chris Marker, Althusser, Godard, Matta, pero no me explicaban quiénes eran. Eran amigos de mis padres, no estrellas. Me dieron la libertad de compartir sus amigos. Nunca fueron posesivos en eso. Roberto Matta, el pintor, me ayudó mucho, me abrió al arte, a la imaginación, a la cultura. En esa época esa gente vivía así, de forma comunitaria. Hoy guardo la riqueza de haber estado con seres excepcionales. Y en “Hija de revolucionarios” hablo de la intimidad que tuve con mis padres, y la que no tuve también, que tuve con esos otros.

P.: ¿Qué recorrido hizo para saber sobre qué tuvo que ver su padre con la captura del Guevara en Bolivia?

LD.: Muchas cosas. Viajes, archivos, testimonios, prensa de la época. Como no tuve ayuda de mis padres debí hacer un trabajo de historiadora. Lo primero fue tratar de entender Bolivia. Luego qué hacían ahí el francés Debray y la burguesa antropóloga venezolana Elizabeth Burgos. Después qué había tenido que ver mi padre con el final de la guerrilla. Cómo se movió la diplomacia francesa y las grandes figuras del mundo intelectual para salvarlo. Está todo lo que sé. Más todo lo que viví. Hay huecos, lo sé. Todavía hay incógnitas. Recibí muchos correos de lectores que me llevaron a hacer una nueva edición añadiendo los nuevos datos.

P.: ¿Cómo vivió la transformación ideológica de sus padres?

L.D.: Naturalmente. Mi madre pasó de revolucionaria a conservadora, de estar con Fidel Castro a luchar contra Maduro. Mi padre se fue transformando. Pasó de militante clandestino a consejero del presidente Mitterrand. Cambió de vida. Volvió al estilo de vida de sus padres, al mundo de la alta burguesía tradicional francesa. Evolucionó. Modificó su modo de combate, pasó de las armas a la labor intelectual, a la cátedra, al debate y los libros, a la elaboración de la teoría de la mediología. Dejó de lado la pasión por la aventura, el afán por el poder. Es que sufrió muchas desilusiones. Mis padres, por ser muy inteligentes, no tenían acceso a los sentimientos. Acaso lo que habían sufrido les blindó los afectos. Yo cuento que tuve que arrastrar a mi padre al entierro de Mitterrand porque, si bien se querían mucho, papá seguía peleado con Francois por viejas discusiones. Cuando le di a papá el borrador de mi libro me dijo: no le va a interesar a nadie, no va a funcionar. Tomó mal el éxito de mi obra. Bueno, ya pasó. Sé que él sufrió las críticas a mi libro que le hicieron gente de su generación que no aceptaron que esa hija tuya anduviera metiéndose con nuestro honroso pasado, es decir cuestionando sus héroes, sus mitos, dando otra versión de sus leyendas. A los viejos devotos no les caen nada bien las desmitificaciones. Para mí fue una terapia.

P.: Usted revela muchos secretos. Por caso, que Rigoberta Menchú le debe el Nobel a su madre. Que su padre enfrentó a Castro y que fue amigo de John Lennon.

L.D.: No tengo ninguna animosidad, pero si alguien me cae fatal lo digo. No intento un arreglo de cuentas con una generación que me precedió. La desnudo en dosis homeopáticas.

P.: Como contrapartida su modelo admirado es “Juan Carlos de España”, al que le dedicó su opera prima.

L.D.: Cuando puse en mi cuarto un poster del Rey de España mi padre lo sacó y puso uno de Mitterrand. Eso me traumatizó. El Rey es un personaje histórico positivo, opuesto a los que me mostraban mis padres, a las tragedias y desilusiones, a esos cuentos de la política que siempre acababan mal. Juan Carlos salvó a su país de un golpe de Estado, de una nueva guerra civil, modernizo y europeizó a España. Ayudó a construir un modelo democrático.

Por fin yo tenía un héroe, un tipo simpático, guapo, donde la historia acaba bien. Por fin alguien mejor que todos esos socialistas franceses, algo mejor que todos esos dramas latinoamericanos.

P.: ¿En qué está ahora?

L.D.: Haciendo un documental sobre Venezuela para la televisión franco-alemana. Y escribiendo para saber cómo un país se puede derrumbar. Un país que se veía consolidado, estable. Me encantaba Venezuela. La familia de mi madre forma parte de la tradición venezolana. Qué pasó para que un país que lo tiene todo llegara a no tener nada. Trato de entenderlo, y es muy complejo, para hacer el duelo. Hay que empezar por pensar que es un país petrolero antes que un país latinoamericano. Eso es clave. Es otra economía, otra mentalidad, soporta otros intereses mundiales. Es para mí un gran dolor y necesito entender la suma de elementos contrapuestos que se juegan allí.

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