Espectáculos

"Morir para contar": memorias de un sobreviviente del terror

El cineasta presentó su película en el Centro Cultural de España en Buenos Aires y ahora puede verse en Netflix. El protagonista es uno de los tres corresponsales de guerra que cayeron en manos del grupo extremista y salvaron su vida por milagro.

“Morir para contar”, dramático documental del argentino Hernán Zin sobre tres corresponsales de guerra que cayeron en manos de Al Qaeda en 2015 (ya puede verse en Netflix) fue presentado días atrás en el Centro Cultural de España en Buenos Aires por el español Ángel Sastre, sobreviviente de una prisión de diez meses. Dialogamos con él.

Periodista: José Manuel López ya escribió un libro sobre el tema, “En la oscuridad”. ¿Cómo fue, brevemente, lo de Al Quaeda?

Ángel Sastre: Eramos López, Antonio Pampliega y yo. Nos atraparon en Alepo, julio de 2015. Había tres posibilidades: nos mataban, nos vendían al Isis (era su amenaza habitual), o de algún modo seríamos rescatados. Para peor, a los pocos meses quedamos separados. Pero, igual que en todos los demás casos que conozco, el Gobierno español se portó diez puntos. En total fueron 299 días.

P.: Imagino cómo estaría su familia...

A.S.: Mis padres son unos campeones. Después de cada encuentro con el servicio secreto se iban lo más tranquilos a tomar unas cañas, así me lo han dicho, y los conozco.

P.: Después se habrá quedado un tiempo en su casa.

A.S.: Al contrario, a los dos meses ya estaba viajando en la Bestia con los emigrantes centroamericanos. Después seguí el proceso de desmovilización de la guerrilla en Colombia, la ofensiva final del ejército iraquí en Mosul, y las alternativas de la falsa paz en la frontera ruso-ucraniana. De ahí me extraditaron porque mis notas eran “demasiado imparciales”. Cinco países me niegan la visa. En Venezuela, a veces me dejan entrar y a veces no.

P.: Nunca un desfile de modas, un divorcio en la farándula...

A.S.: No vivo de la guerra. Desde hace años cubro notas políticas y deportivas de toda Latinoamérica para diversos medios. Me pagan por eso. Pero al mismo tiempo también busco informar sobre diversos conflictos latentes que deben conocerse. Así he cubierto exhumaciones de tumbas colectivas en Guatemala, trabajo esclavo en Quatar, travestis perseguidos en Cuba, palestinos expulsados de su tierra por los colonos ortodoxos que las invaden, indígenas enfrentados al negocio petrolero en Ecuador, la vida en Niger, encrucijada de quienes huyen de las guerras y las miserias. Necesito conocer y contar sus historias. Ahora estuve en Bangla Desh, donde existe el campo de refugiados más grande del mundo, Kupalong, con más de 600.000 rohyngias escapados de Birmania. Allá hay matrimonios forzados de hijas vendidas por sus propios padres, algo que ocurre tanto en países musulmanes como hinduistas. Pero se consideran avanzados porque las venden ya adolescentes, a diferencia de Afganistán, donde venden criaturas de 6 años que mueren desgarradas en la noche de bodas. Frente a esto, yo podría estar tomando sol en Málaga, pero no puedo.

P.: ¿El cuerpo no le pasa factura?

A.S.: No puedo negarlo. Pero el stress postraumático me viene cuando, después de cubrir algo tremendo con gran esfuerzo, envío un informe y el jefe de noticieros, atento al “minuto a minuto”, lo rechaza porque “el público no quiere ver esas cosas”. Y no sé si es culpa del público o de los ejecutivos, o son todos millennials. Pero sé que el periodismo debe informar, no todo puede ser gente que se mira el ombligo. La mayoría somos free lance. Los medios ya no envían corresponsales como era antes. Simplemente compran la información de alguien que fue a un lugar de conflicto, cubriendo por sí mismo los viáticos y el seguro de vida, si consigue que alguna empresa lo asegure.

P.: ¿Cómo empezó usted en esto?

A.S.: Por un sueño, como todos. O quizá porque mi padre me leía las aventuras de Tin-Tin cuando niño. De mi camada de estudiantes de periodismo soy el único que eligió esta profesión. Y de los que vinieron después, ninguno. Algunos dicen que elegimos esto por narcisismo, por la adrenalina, yo creo que es por nuestras convicciones.

P.: Hábleme de sus colegas.

A.S.: Le menciono dos. Hernán Zin, que para mí es un baluarte. Pudiendo dedicarse a temas descansados, se comprometió como pocos y brilla en sus notas, sus documentales, sus libros, donde además se ríe de sí mismo. Y Julio Fuentes, tan comprometido con lo que veía en Afganistán que un día dejó de hacer sus envíos y se dedicó por entero a cuidar 30 niños huérfanos en una casa abandonada. No seré yo quien lo llame loco.

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