Opiniones

Mucho por hacer antes que festejar 

El acuerdo de libre comercio Mercosur-Unión Europea es una buena oportunidad para mejorar y profundizar la inserción comercial de nuestro país en el mundo. Sin embargo, hay poco que festejar: las concesiones del viejo continente en el intercambio de bienes agrícolas no han sido muy generosas ya que siguen existiendo cuotas y subsidios. Asimismo, pese a que el Mercosur ha conseguido plazos extensos para la desgravación del comercio industrial (hasta 15 años en algunos rubros particulares), acortar la elevada brecha de productividad con los países de la UE requiere de mucho tiempo y esfuerzo. Esto es particularmente relevante para Argentina, que en los últimos años ha extraviado el rumbo económico, cediendo terreno en el plano internacional.

Por suerte, el acuerdo demorará varios años en implementarse (ratificación parlamentaria, definición de detalles, instrumentación, etc.), pero para ese entonces la economía argentina debería haber superado sus desequilibrios. Parece mentira que cerramos un complejo TLC y todavía no hayamos aprendido nociones básicas del buen funcionamiento de una economía. De hecho, buena parte del próximo mandato presidencial deberá enfocarse en resolver el complejo laberinto de estanflación agravado por la pesada carga de la deuda pública (en moneda extranjera) y la injerencia del FMI en la política económica.

Con suerte, para cuando el acuerdo este plenamente ratificado y vigente, nuestro país gozaría de una macroeconomía saludable. Pese a que es importante evitar una nueva crisis, reencauzar el rumbo económico es condición necesaria pero no suficiente para competir con gigantes como Alemania, o incluso con países de la región que aprendieron hace décadas que tener una macroeconomía sana era la mejor plataforma hacia el desarrollo.

Una vez resuelta la urgencia macroeconómica, llegará el tiempo de aplicar reformas que apunten a reducir el elevado “costo argentino”. Como es sabido, el aparato productivo local enfrenta el lastre de una presión fiscal asfixiante (elevados impuestos internos, al trabajo y derechos a las exportaciones), de un sistema financiero con escaso y caro acceso al crédito, un déficit de infraestructura y elevados costos logísticos. Nótese que se excluyó el coste de la energía gracias a que la puesta en marcha de Vaca Muerta esta revirtiendo el déficit externo del sector (reduciendo significativamente las costosas importaciones energéticas).

Otro cuestión a tener en cuenta es la política cambiaria. Sería deseable poder competir con empresas de los demás países firmantes del TLC sin tener que depreciar nuestra moneda, pero la realidad muestra una elevada brecha de productividad frente a las potencias europeas que se agrandan producto del mencionado “costo argentino”. Para llegar a buen puerto hay que ir de menor a mayor: el tipo de cambio real debería reflejar la mencionada brecha existente para ayudar a recortarla con tiempo y esfuerzo. Esta es la única forma de generar una apreciación cambiaria sostenible: sabemos lo peligroso y nocivo que puede ser la combinación de atraso (fácil de alcanzar en el corto plazo pero insostenible en el tiempo) con apertura comercial.

Quedará para otra nota discutir sobre la factibilidad (o las condiciones necesarias) de aplicar un esquema macroeconómico de Tipo de Cambio Real Competitivo y Estable cómo lo definió Roberto Frenkel.

Por último, hay que implementar políticas de Estado que promuevan el desarrollo y/o la reconversión hacia sectores en los cuales el país puede volverse competitivo. De hecho, para que el TLC no genere rechazo internamente, hay que lograr que la mayoría de la sociedad se involucre en dicha transformación productiva, incentivando al sector privado a desarrollar habilidades que actualmente no posee. Tras décadas de fracaso económico, la clase media argentina corre riesgo de extinción porque nuestra sociedad es cada vez más desigual: más de la mitad de los menores de 18 años viven en la pobreza y la calidad de la educación pública lejos está de zanjar las diferencias.

Más aún, es imprescindible una reforma del sistema educativo y capacitación para brindarle a los jóvenes las herramientas necesarias para insertarse en el cambiante mercado laboral (formal). Para cuando el acuerdo de TLC Mercosur-Unión Europea esté plenamente operativo, el empleo y el aparato productivo serán muy distintos al actual. Sólo si arrancamos a tiempo y sostenemos el esfuerzo año tras año, podremos brindarles una oportunidad de inserción plena a la economía.

En síntesis, antes que festejar la firma del histórico acuerdo entre el Mercosur y la Unión Europea tendremos que ponernos a trabajar arduamente. Primero, hay que corregir los desequilibrios macroeconómicos existentes y salir de la trampa de la estanflación con la pesada carga de la deuda pública a cuestas. Luego, avanzar simultáneamente en la reducción del costo argentino y en la capacitación y desarrollo de las habilidades que la sociedad necesita para insertarse en la nuevas cadenas globales de producción. Por último, diseñar una red de contención y reconversión de los sectores e individuos perjudicados por el acuerdo.

Recién dentro de dos décadas sabremos si en verdad hay motivos para festejar el histórico TLC y, cómo la mayoría de las veces, el resultado va a depender principalmente de lo que hagamos internamente. El paralelismo con la performance de la selección masculina de fútbol en los últimos años es elocuente: pese a contar con un jugador excepcional hemos perdido relevancia mundial a falta de un proyecto a largo plazo. Podemos seguir quejándonos de las oportunidades perdidas o iniciar una etapa refundacional de cara al exigente desafío.

(*) Director de Ecolatina

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