Espectáculos

"Mundo propio": cuando la fotografía fue mayor de edad

Curada por Facundo de Zuviría, la exposición mayormente vintage comprende a autores argentinos y extranjeros, célebres y desconocidos.

El Malba acaba de inaugurar “Mundo propio. Fotografía moderna argentina 1927-1962”, exhibición curada por Facundo de Zuviría. Con un conjunto de 250 obras mayormente vintage de autores argentinos y extranjeros, célebres y desconocidos, De Zuviría emprende la búsqueda de la imagen fotográfica como expresión artística. La historia de la fotografía argentina resulta abarcable y la muestra relata un momento crucial: cuando deja de ser un registro documental y, con los recursos que le presta la vanguardia, escala a la categoría del arte. Hay una imagen de Coppola, una vista de altura de un cajón con enigmáticos objetos: un papel, una lámpara, dos reglas, una escuadra y un antifaz. Metáforas, acaso, de sus encuadres matemáticos y de la fantasía del arte. “Mundo propio” (1927), se llama la foto, significativo título que resume el objetivo de toda la muestra.

Los fotógrafos llegados de Europa traían una estética signada por la vanguardia, afín a la de Coppola, aunque luego, y ya instalados en la distante Buenos Aires, se alejaran de las expresiones extremadamente rupturistas. Así adquirían una identidad “propia” y, de algún modo, poética. Hay una imagen de Annemarie Heinrich, “Veraneando en la ciudad” que, ajena al afán experimental de sus collages y montajes expresionistas, explora el territorio de la intimidad en medio del cemento urbano. Una joven acostada sobre la chimenea de una terraza está entregada al placer de sentir el sol de una tarde que las sombras anuncian será breve. Tiene un libro abierto a su lado y Heinrich atrapa la magia de un momento escurridizo con la gracia de una imagen “cuenta cuentos”. El sol acaricia los techos de la ciudad y la figura distendida de la joven que, es posible adivinarlo, trepó con soltura la escalera, se quitó los zapatos y se entregó al goce de la felicidad pasajera.

Con idéntico placer y extraños enfoques, Coppola registra una Buenos Aires metafísica y también la fiesta de unas vistas nocturnas con la ciudad cargada de luces. Las mismas luces que seducen a Juan Di Sandro. El Obelisco es un ícono que se reitera en las fotos de esos años. Sameer Makarius captura una escena en pleno día, recorta la parte superior del Obelisco y en su base, con el mayor contraste entre la luz y la sombra, acentúa el dramatismo visual y subraya el carácter misterioso y sombrío. Makarius cierra la exposición con sus fotogramas de colores y los negativos pintados que terminan por quebrar definitivamente el límite entre la fotografía y el arte.

La “abanderada de los humildes”, Eva Perón, reina en el capítulo de los retratos con la célebre imagen de Heinrich. No obstante, en esta muestra para ver y también para leer, figura el reportaje fotográfico de Gisele Freund publicado en la revista “Life”. Freund retrató además a Borges, Adolfo Bioy Casares y Eduardo Mallea. Como los pintores viajeros, Hans Mann fotografía los indígenas del Chaco (1937). Y allí están Victoria Ocampo por Nicolás Schonfeld y las creaciones estilísticas de Saderman y Sivul Wilensky.

La documentación aporta un material valioso. Están la fotonovela de George Friedman con formato revista; el libro de Gustavo Thorlichen con prólogo de Borges y el que Coppola le dedica a Buenos Aires. “La Carpeta de los 10, entretanto, revela las complicidades que compartía este equipo cosmopolita integrado por Heinrich, Saderman, Friedman, Di Sandro, Mann, Senderowicz y Augusto Ignacio Vallmitjana, entre otros. Rusos, alemanes, polacos, húngaros, austriacos, italianos y sólo dos argentinos, formaban el colectivo que, fundado en 1952 para ejercer la crítica, permaneció activo hasta 1959. La carpeta incluía una foto y una página en blanco para formular un comentario.

La serie dedicada a los sueños de Grete Stern es toda una rareza argentina con demanda internacional. En “El psicoanálisis la ayudará”, una columna de la revista femenina “Idilio”, las imágenes surrealistas de Stern acompañaban los escritos del sociólogo italiano Gino Germani e invitaban a explorar el complejo universo del inconsciente femenino. Y vale la pena explorar las portadas de Stern para “Idilio”.

Las flores de Anatole Saderman publicadas en el libro “Maravillas de nuestras plantas indígenas” (1934), dejan a la vista la influencia que sobre él ejerció Ansel Adams. Décadas más tarde, Marcos Zimmermann publicaría “Plantas autóctonas de la Argentina” y la cita es sólo un ejemplo de las influencias que tejen y entretejen nuestros fotógrafos. La selección se completa con obras de Juan Bechis, José Costa Manuel Gómez, Alex Kein, Julio Maubesin, Rodolfo Ostermann, Pedro Otero, Humberto Rivas, Ricardo Sansó, Fred Schiffer, Nicolás Schonfeld y las abstracciones de Alicia D’Amico.

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