Espectáculos

Murió Alicia Alonso, una de las mayores bailarinas del siglo XX

Dirigió el Ballet Nacional de su país durante décadas, abrazó la revolución y fue amiga de Fidel Castro. El Gran Teatro de La Habana lleva su nombre.

La Habana - La directora del Ballet Nacional de Cuba, Alicia Alonso, una de las figuras más relevantes en la historia de la danza iberoamericana y mundial, murió ayer a los 98 años. Alicia Ernestina de la Caridad del Cobre Martínez del Hoyo, más conocida como Alicia Alonso, había nacido el 21 de diciembre de 1920 en La Habana, de padres españoles. De niña, solía andar en puntas de pie por toda la casa. Y su padre, un veterinario militar, le exigía caminar “normal”. Él se opuso a que fuera bailarina, pero se dejó convencer por la madre.

Alicia Alonso dirigió la compañía cubana durante décadas, incluso prácticamente ciega, y bailó casi hasta los años 70 pese a tener problemas para desplazarse. El apellido Alonso fue adoptado tras su primer matrimonio con el también bailarín cubano Fernando Alonso, del cual se divorció después de 40 años. En la década de 1930, la joven Alicia decidió estudiar ballet (arte que era poco cultivado en la isla hasta que ella le dio proyección internacional) y, poco después, irrumpió en la escena estadounidense de la mano de Enrico Zanfretta, Alexandra Fedorova y varios profesores de la School of American Ballet. Con 20 años, sufrió desprendimiento de retina en ambos ojos. Le sugirieron recostarse para que el mal no empeorara, bajo el riesgo de quedar ciega. Pero ella decidió bailar y el mal continuó. Fue operada, siguió bailando y la situación se agravó. Entre ver y bailar, decidió bailar. Años después, en el escenario había luces de referencia para Alicia, que sólo veía sombras.

A partir de 1938, en Broadway, Alonso comenzó a bailar con compañías estadounidenses, entre ellas el New York City Ballet y el Ballet Theatre de Nueva York. Cuando en 1948 fundó el Ballet Nacional de Cuba, Alonso ya había compartido escena con figuras de la danza clásica como Mijail Fokine, George Balanchine, Leonide Massine, Bronislava Nijinska y Antony Tudor. A partir de entonces dividió su tiempo entre el American Ballet Theatre, los Ballets Rusos de Montecarlo y su propia compañía. En 1959, cuando Fidel Castro tomó el poder, la carrera de Alonso alcanzó posiblemente su clímax, al ser distinguida como Prima Ballerina Assoluta, el mayor reconocimiento que puede lograr una bailarina de ballet y que la hizo ingresar a un muy selecto grupo de artistas, ninguno de los cuales, a excepción de Alonso, es latinoamericano. Se dio el lujo de realizar los 32 fouettés -giro sobre su eje en una sola pierna- de “El lago de los cisnes” con más de 40 años.

Cuba

Ya consagrada en los más grandes escenarios de Estados Unidos y Europa, Alonso abrazó el proyecto revolucionario que derrocó al dictador Fulgencio Batista y fue una de las más fervientes simpatizantes de Castro. De ahí en adelante, su posición política y su obra artística avanzaron juntas. Por ejemplo, bailó vistiendo el uniforme verde olivo para el regimiento que custodiaba la base naval estadounidense en Guantánamo en 1962, en medio de la crisis de los misiles por la instalación de cohetes soviéticos en Cuba y que amenazó al mundo con una guerra nuclear. Aurora Bosch, figura del ballet cubano, recordó que Alicia atrajo a los hombres a la danza, incluso con engaños, cuando en la isla se les tildaba de homosexuales por practicarlo.

Ya en nuestro siglo, Alonso criticó con dureza el “robo de talentos” de algunos países, en alusión a la deserción de jóvenes bailarines a Estados Unidos y México. “Ellos son como un papalote que uno va construyendo cuidadosamente con varillas, hilos y papeles. Los lanzas al vuelo y de pronto se sueltan de la cuerda y se van a bolina. Es triste como se engañan”, dijo en 2003 acerca de la deserción de cinco bailarines cubanos en Estados Unidos.

En el Teatro Colón protagonizó ballets como “El lago de los cisnes” (1954); “Giselle” (1958) junto a Igor Youskevitch y el Ballet Estable, y “Carmen” (1984) junto al Ballet Nacional de Cuba, cuando también, en el marco de esas presentaciones, concedió una charla en el Salón Dorado de nuestro teatro en el ciclo de encuentros de profesionales argentinos de la danza bajo la coordinación de Cecilio Madanes y un panel integrado por Beatriz Durante, Ángeles Ruanova, Silvia Gesell, Gustavo Mollajoli, Mauricio Wainrot y Enrique Destaville.

Dirigió casi hasta su muerte los ensayos del Ballet Nacional de Cuba, con el que asistió a giras por todo el mundo. Durante medio siglo, sus coreografías de obras como “Giselle” o “La bella durmiente” han sido aplaudidas en escenarios desde el Bolshoi de Moscú hasta la Scala de Milán. Alonso, que aparecía en público durante sus últimas décadas de vida de la mano de dos acompañantes debido a una ceguera provocada por un desprendimiento de retina, dejó la escena poco antes de cumplir los 70 años. “Lo que sea mi legado artístico, lo dejo en una escuela, una tradición, una compañía organizada, una ética artística. Partiendo de eso, no creo que sea difícil defenderlo”, dijo en una entrevista con el diario “El País” en 2015. En un gesto desacostumbrado en la Cuba socialista, en 2015 se le puso su nombre, aun en vida, al Gran Teatro de La Habana, sede de la compañía.

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