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Murió Tomás Maldonado, pionero del arte concreto

El artista, filósofo y diseñador argentino Tomás Maldonado murió ayer a los 96 años en Milán. Hace 15 años, invitado por la Fundación Proa, Maldonado regresó a Buenos Aires y habló de su obra, sus ideas y su vida. Radicado en Europa desde 1948, cuando invitado por Max Bill inició su notable carrera en la Escuela Superior de Diseño de Ulm, el artista formó parte del grupo Arte Concreto Invención hasta que en 1950 abandonó la pintura, práctica que “secretamente” retomó en sus últimos años. En aquella visita aclaró que fue exagerado manifestar que su período artístico no se relacionaba con el de los 50 años posteriores, más bien orientado hacia áreas filosóficas y sociológicas. Convertido casi en una leyenda, confesó que el Maldonado de 22 años le resultaría “un personaje insoportable con un dogmatismo espantoso”, pero se dedicó a atar los hilos del presente con los del pasado. Con ese afán relacionó el interés que le suscitaron en la década del 60 las nuevas constelaciones de productos y el impacto de las nuevas tecnologías, con la preocupación que durante “el período heroico del arte concreto argentino, que va de 1940 hasta 1948”, compartía con Alfredo Hlito y Lidy Prati, cuando aspiraban a oficiar de mediadores entre el arte y otros mundos, para no aislar la experiencia artística del mundo productivo, la industria, el diseño y la arquitectura.

Maldonado llegó a Ulm con esas inquietudes, su título de la Escuela Nacional de Bellas Artes y su trayectoria artística bajo el brazo. Se quedó 15 años y ocupó el cargo de rector. En esos años su actividad se orientaba hacia los problemas de la percepción y cuestiones abstrusas de matemática y semiótica referidas a la educación, pero en los años 60 retomó su preocupación por la representación. Recordó que mientras “los señores que pintaban las Galerías Pacífico creían que a través de la representación de la realidad de la clase obrera todo sería posible” (se refería a Castagnino, Berni, Spilimbergo y Urruchúa), los manifiestos del arte concreto auguraban que el mundo de la representación desaparecería.

“Nosotros éramos utopistas, creíamos que a través del arte concreto se podía cambiar el mundo -explicó entonces-. Es decir, que a través de ciertas líneas muy sutiles sobre una superficie y un color homogéneos podíamos meter en dificultades al capitalismo. Fue un error, se ha demostrado que las dos hipótesis, la nuestra y la de los señores de las Galerías Pacífico, estaban erradas. Aunque había gente que creía un poco menos, como Hlito, que con su sarcasmo volteriano preguntaba si eso sería factible”.

Maldonado publicó varios libros. En “Vanguardia y racionalidad” figura su polémica con Umberto Eco sobre la iconicidad o los aspectos representativos del arte. En “Real y virtual” reflexionó sobre qué nuevos horizontes pueden abrir las nuevas tecnologías a la modernidad. Y en “Crítica de la razón informática” consideró el fracaso de internet, “pues se creyó que podría ser el gran sistema de democratización universal, cuando está demostrado sólo 2” o 3% de la población tiene acceso”. El futuro lo contradijo, evidentemente.

“Mi esperanza es que este modelo imperial entre en dificultad, aunque ahora soy más cauto en mis previsiones que cuando tenía 20 años”. En su deambular por su propio pasado, encadenó su trabajo de las últimas décadas con las utopías de los años 40 y 50, pues pese a admitir que formó parte de una élite estetizante, su interés se mantenía en una preocupación por el tema social. Dedicado en las últimas décadas a estudiar los problemas ambientales, Maldonado, que se autocalificaba como un “pesimista constructivo”, dijo que cuando llegó a Buenos Aires en 2003 esperaba encontrar la ciudad sumergida en el infierno de los “cartoneros”, y que descubrió en cambio “unos señores casi elegantes y muy ordenados, que crearon el modo argentino de la recolección diferenciada”.A.M.Q.

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