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No hay condiciones para la inversión productiva

El Presidente de la Nación planteó recientemente que el clima de conflictividad social que se vive en la Argentina condiciona la llegada de inversiones al país. Se trata de una afirmación que no se condice con la realidad. Durante su primer año de gestión, el Gobierno nacional gozó de un elevado grado de tolerancia por parte de la sociedad. Este apoyo se sostuvo concomitantemente con una situación de acelerado deterioro en las condiciones socioeconómicas, en particular, con un salto importantísimo en la inflación.

La baja conflictividad social de 2016 estuvo acompañada además por el apoyo de una parte significativa de la oposición que, esgrimiendo el argumento de la "gobernabilidad", habilitó la sanción de un conjunto de leyes que le posibilitaron al Gobierno desplegar su agenda de corte ortodoxo. Los ejemplos son numerosos. Hay dos sobre los que vale la pena volver. Por un lado, la apurada y generosa cancelación de la deuda a los fondos buitre que allanó el camino hacia el masivo endeudamiento externo. Por otro, la reforma previsional que introdujo condiciones de desfinanciamiento que, más temprano que tarde, volverán a colocar en el centro de la escena el tema de la solvencia del sistema de seguridad social, hoy público y solidario.

Sin embargo, este contexto interno "amigable" para la gestión del Gobierno juntamente con la eliminación total de las regulaciones cambiarias, la flexibilización de las comerciales, y la quita/reducción de las retenciones no sirvió para que la inversión reproductiva hiciera pie en la economía argentina. No reaccionó la inversión nacional y tampoco la extranjera. De hecho, a lo largo de 2016 fue esta variable macroeconómica la que exhibió el peor desempeño. La información oficial da cuenta de una caída interanual del 5,5% en la formación de capital total durante el año pasado y de una fuerte desaceleración en el ingreso de inversión extranjera directa, que disminuyó del 1,9% del PIB en 2015 al 1,1% en 2016. Cabe advertir que la inversión interna agudizó su deterioro en la segunda mitad del año con un retroceso de casi 8% en el último cuatrimestre del año. En ese marco el coeficiente de inversión con relación al PIB fue del 19%, ubicándose en el nivel más bajo, con excepción del año 2009, de los últimos once años.

A diferencia de lo ocurrido el año pasado, 2017 viene transcurriendo en un escenario de fuerte conflictividad social. Este dato de la realidad se proyecta hacia adelante. Equivocó el Gobierno su diagnóstico si confió en que una sociedad relativamente cohesionada socialmente -como la que todavía caracteriza a la Argentina- mantendría la tolerancia frente al ajuste cotidiano en sus condiciones de vida. Sin embargo, no es la movilización social ni el reclamo sindical lo que está frenando la inversión. El principal obstáculo a la acumulación productiva reside en la lógica de la política económica impulsada por el Gobierno. Los magros resultados en materia de inversión productiva no deberían sorprendernos: el "clima de negocios" resulta marcadamente favorable para la acumulación financiera. La menos sofisticada de las colocaciones financieras (la inversión en Letras del Banco Central) ofrece en el corto plazo una ganancia en dólares superior al 20% anual.

El Gobierno debería detenerse a reflexionar acerca de la evidente inconsistencia que existe entre la estrategia monetaria-cambiara desenvuelta por el BCRA -sostenida en la vigencia de elevados rendimientos financieros y la apreciación del peso- y su enunciado objetivo de priorizar la inversión. Cabe preguntarse, en efecto, por qué un empresario cristalizaría trabajo y recursos en forma duradera en la inversión productiva, teniendo a mano la posibilidad de canalizar ese excedente en colocaciones financieras de elevada liquidez y alta rentabilidad. De hecho, en el primer trimestre del año los capitales que ingresaron del exterior para realizar operaciones de carry trade duplicaron a los que se materializaron en inversiones de riesgo en la economía real.

El desestímulo a la formación de capital se acentúa en un contexto macroeconómico interno e internacional donde predomina la incertidumbre. El dueño del capital, en efecto, debe asumir el riesgo de la inversión (y su realización) en un contexto con pocas señales alentadoras acerca de las condiciones del mercado y la estructura de precios relativos vigente una vez que su inversión madure. Esta situación se agrava en un contexto de sobreoferta en muchos sectores productivos, particularmente en la industria que mantiene un nivel de capacidad ociosa del 40%.

En un escenario de esta naturaleza, la posibilidad de alcanzar durante el año 2017 un incremento del 14% en la inversión bruta interna como había proyectado el Gobierno no parece viable. En efecto, con la excepción de un mayor ritmo en la inversión pública y un aumento en los desembolsos en algunos sectores de servicios y energía, no hay razones para esperar una recomposición sensible de la inversión privada que preludie el ingreso en un sendero de crecimiento sostenido.

(*) Presidenta de FIDE

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