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Nora sobrevive con vigor en el nuevo siglo

El clásico de Ibsen replantea y moderniza sus argumentos en el drama de Lucas Hnath.

¿Qué tan valiente hay que ser para actuar en consecuencia con lo que se anhela? Esta obra es un duelo en varios aspectos: actoral, de argumentos, de sentimientos ocultos y otros a flor de piel. Duelo de negociaciones, porque todos necesitan algo del otro para salvarse, ante otro que no quiere doblegarse, o no puede: la nana porque perdería su trabajo, el marido por despecho y reputación, la hija por castigo a una madre que la abandonó y por su futuro casamiento, y Nora que no se rinde para seguir siendo fiel a sí misma por encima de todo, hasta de sus hijos.

El texto del norteamericano Lucas Hnath hilvana con inteligencia monólogos confesionales, duros y emotivos, confrontaciones cargadas de reproches, viejos enconos, la más profunda tristeza y en medio de eso momentos hilarantes.

Sobrevuela ese halo de feminismo tan actual y a la vez tan antiguo, plasmado a fines del XIX cuando el noruego Henrik Ibsen escribió la polémica para su época “Casa de muñecas”, retomada por Hnath, quien imagina qué habrá sido de la vida de esa familia 15 años después del portazo de Nora.

El autor suma aquí diferentes modelos de mujer a los que ya había aportado Ibsen: una protagonista que es capaz de dejarlo todo para liberarse de ataduras culturales como el matrimonio y convertida en escritora, puesta en jaque por una hija más apegada a la tradición y al hogar, tan anhelado porque nunca lo tuvo. Y un tercer modelo encarnado por la nana, que dejó a su familia para criar hijos de otros, porque no tuvo más remedio.

Los cuatro actores están estupendos pero Paola Krum en escena toda la obra, sin respiro, pasa por un arco dramático y emocional enorme. Su mujer libre, audaz y aguerrida se marchita por momentos cuando la abruma la tristeza por haber abandonado a sus hijos. Julia Calvo hace un papel entrañable, funcional al engranaje familiar y es la que despierta más risas gracias a su histrionismo. Jorge Suárez, magistral como siempre, interpreta a un hombre golpeado por la desilusión y con la nobleza de seguir adelante como pater familias.

Su Torvald quiere venganza, aunque tenga más presencia y autoridad fuera del yugo que dentro, donde no puede ganarle a Nora. Y Laura Grandinetti, como la hija, destila cinismo, manipulación y frialdad, acaso como coraza para tolerar que su madre nunca regresó para abrazarla sino para pedir favores.

Para abordar estos personajes complejos los actores han reconocido la valiosa guía de Javier Daulte. Su puesta está construida con público sobre el escenario, que hace las veces de tribunal. Los protagonistas someten su accionar y a veces piden a gritos alguna clase de respuesta que nunca llegará. Gracias a un texto tan inteligente como ágil y que va sembrando dudas hasta el final, desde la platea el público empatiza, juzga y compadece. El final vuelve a poner en jaque a Nora, quien se empeña en demostrar que no puede ser derrotada y que es capaz de sentirse más libre en el lugar más hostil, antes que en su propio hogar.

“Después de casa de muñecas” de Lucas Hnath. Dir. J. Daulte. Int. P. Krum, J. Suárez, J. Calvo, L. Grandinetti. Paseo La Plaza.

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