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Nueva etapa

Al mediodía, el espacio entero olía cual parripollo sin ventanas. Las bicicletas de alquiler eran prioridad; luego, sin ganas, se atendía a los coworkers. El ascensor andaba un día sí y dos no. ¿Los sábados?, cerrados a cal y canto, sin excepción. Y los aires acondicionados, casi siempre estaban en reparación.

Estas escenas apenas tienen un par de años. Y son de lugares que, por pudor, no se nombran. Eran los tiempos adolescentes, cuando abrir un coworking era una changa, una moda, un uso temporario para un espacio vacío. Hoy la demanda se volvió más exigente. La oferta, por lo tanto, debe ser profesional. Y la experiencia del usuario debe estar a la altura de la promesa.

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