Alberto Fernández: en política, 9,50

Opiniones

El gobierno de Mauricio Macri pareció no comprender nunca la política que enseñaba Nicolás Maquiavelo. ¿Qué pasa con el nuevo Gobierno?

“El mal se hace todo junto; el bien se administra de a poco”, afirmaba Nicolás Maquiavelo, en una de sus lecciones elementales. Esta sencilla enseñanza no hace más que recoger, sin ir más lejos, la reacción instintiva de cualquiera que debe afrontar un brebaje amargo y, lejos de hacerlo de a sorbos interminables, lo apura de un solo trago.

Sin embargo y a pesar de la sencillez del apotegma, el gobierno de Mauricio Macri pareció no comprenderlo nunca. En lugar de aprovechar la luna de miel de noventa días que le dio la espectacular elección de 2015, en la cual se impuso de manera histórica en las tres jurisdicciones electorales más importantes del país (CABA, Nación y Provincia de Buenos Aires), para tomar las medidas más difíciles de la gestión y luego ir administrando otras mieles posibles, obró de manera exactamente contraria. Sirva como ejemplo la liberalización casi inmediata del cepo a la compra de dólares, por un lado, y la lenta e interminable agonía de aumentos de tarifas que fue sin duda, uno de los pilares de su derrota cuatro años después.

Con la misma torpeza, de hecho, en lugar de imponer ese capital político inicial para lograr la ampliación de su base de sustento desde una posición privilegiada, intentó el acercamiento al PJ y la búsqueda de consensos recién cuando el timón de la nave parecía resquebrajarse y el gran mascarón de proa apuntaba al iceberg que terminó sorteando finalmente por muy poco margen (si es que podemos decir realmente que lo sorteó).

Del mismo modo, lejos de tomar el poder y desde ese lugar sinigual comenzar a comunicar certeramente cuál era la herencia recibida, generando un relato (esta palabra no implica falacia, sino capacidad de narrativa) que favoreciere aquellas medidas poco simpáticas que habría inevitablemente de tomar luego, decidió guardar silencio y confiar en el ya famoso “yo te escucho” que terminó siendo una especie de epitafio lacónico de sus aspiraciones de reelección.

Los contrastes con el gobierno de Fernández debieran a esta altura de la nota ser absolutamente claros. Desde su llegada al sillón de Rivadavia, el actual presidente ha sostenido una vertiginosa agenda tan política como mediática. No ha perdido oportunidad de señalar la que afirma ha sido la herencia recibida por su gobierno, mientras que, con la misma celeridad y firmeza, ha lanzado una serie de drásticas medidas económicas, atreviéndose incluso a pronunciar la temida palabra ajuste, que tanto intentaron evitar sus antecesores.

Hoy en día puede verse a los miembros del gobierno saliente aún confundidos y frustrados por la tolerancia de la que disfruta el actual presidente, mientras implementa políticas que a ellos les hubieran resultado prácticamente imposibles. Dicen, tanto por lo bajo de los pasillos de ese interminable círculo rojo de la política nacional, como abiertamente en redes sociales, que la ciudadanía ha sido injusta con ellos. Mientras así obran, siguen dejando traslucir las carencias ideológicas y prácticas que aún deben ser pulidas, en una oposición que no comprende que la praxis política tiene reglas perennes, que los relatos trascendentales son absolutamente necesarios y que, les guste o no, el mejor alumno de nuestra tierra, de aquél pensador florentino con el que iniciábamos esta nota, ha sido hasta el momento siempre el peronismo.

Por eso estoy seguro que, si el gran consejero de los Medici pudiese ponerle nota a estas primeras semanas de gobierno, sería un rotundo 9,50 puntos.

¿Y los 0,50 que faltan, me preguntará el lector exigente? Eso depende de qué suceda próximamente en la provincia de Buenos Aires.

Pero esa es otra historia.

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