Opiniones

Bolivia: cinco siglos igual

El escenario estructural latinoamericanista de pujas permanentes de intereses económicos y de poder, propios y ajenos, continúa siendo el eje rector en el cual debemos profundizar nuestro análisis.

La canción de León Giego podría ser un fiel reflejo de lo que ocurre en Bolivia. Cinco siglos igual, de quienes pelean por el poder y la riqueza, utilizando y conjugando todos los mecanismos y las variables a su alcance para conquistar sus objetivos.

Mientras algunos analistas evalúan el futuro de la geopolítica global pensando en la ciberguerra, la biotecnología, la medicina nuclear o la ocupación espacial; me permito mirar hacia el pasado para asemejar lo que ocurre en el país vecino con lo que vivimos desde los albores de nuestra patria. Se sabe que las comparaciones son odiosas, y muchas veces pecan de ciertos vicios de inexactitud, pero suelen ser aleccionadoras, sobre todo en una Latinoamérica donde, parafraseando al enorme escritor uruguayo Eduardo Galeano, las venas abiertas continuando desangrándose. Y seguramente nos ayudarán a reflexionar: no se puede planificar un futuro próspero sin tener en claro la dinámica histórica que nos sitúa en el presente.

Allí con el nacimiento del modelo agroexportador de la segunda mitad del Siglo XIX, pudimos observar el dominio y control de la oligarquía terrateniente, bajo el manto de un Roca con un sable en una mano y una biblia en la otra, procurando avanzar y aleccionar raudamente en una conquista del desierto con más sombras que luces. Por su parte, soplando en las nucas de los militares y la fiel iglesia se encontraban los intereses británicos, con un enorme poder de convencimiento bajo una univoca discursiva liberal creada para potenciar las necesarias bondades de la división internacional del trabajo. Junto con su promesa de alianza eterna, trajeron su financiamiento, sus bienes de capital, sus insumos manufactureros, sus ingenieros y contadores con su respectivo know how a cuestas. Por supuesto, el costo no era menor: dependencia estratégica, intercambio desigual y endeudamiento, se conjugaron intercaladamente por casi un siglo.

Pero ello no importaba: nuestras materias primas fueron lo sobradamente enriquecedoras para la elitista tripe alianza conservadora gobernante. El campo poseía la riqueza, los militares el poder de coerción, y la iglesia la palabra justa de convencimiento. Y en épocas lejanas a las tecnologías globalizadas, el efecto derrame era suficiente para la comprensión social de la época. Luego el mundo cambio: las ideologías florecieron con la educación, el escenario comercial y productivo global era diferente. El progresismo avanzó, la sustitución de importaciones se hizo un menester. Que el peronismo tomó como propio, y el desarrollismo intentó potenciar. Autonomía, desarrollo socio-económico y productivo, idea y poder nacional. Y luego el neoliberalismo volvió y se fue cíclicamente, bajo presiones y complicidades exógenas y endógenas. Y así estamos.

Como un espejo de lo descripto, estos últimos días se han visto imágenes de las caras más representativas de la oposición vinculadas a las históricas elites económicas cruceñas, enmarcadas en una geografía que produce el 70% de los alimentos del país y tiene un enorme potencial energético e hidrocarburífero. También muchas biblias y ruegos a dios en cada aparición pública de sus referentes. El mismo ‘líder cívico’, Luis Fernando Camacho, se jacta de ser parte de una de las dos grandes logias de la zona (Los Caballeros del Oriente), y junto a su familia forma parte del Grupo Empresarial de Inversiones Nacional Vida S.A., con compañías vinculadas a los seguros, el gas y los servicios.

Por otro lado se encuentran las fuerzas policiales y militares, fuertemente adoctrinadas desde el norte del continente – como si durante las últimas décadas nada hubiera ocurrido -, desoyendo los pedidos de ayuda del poder ejecutivo a cargo del destituido presidente. Paradójicamente y a favor de una salida ‘democrática y constitucional’, menos de un año le llevó al Comandante de las Fuerzas Armadas Bolivianas, Williams Kaliman, pasar de decirle a Evo Morales que tiene un “hermano con quien contar porque era un soldado del proceso de cambio”, a pedirle su dimisión. Un deja vu del explícito apoyo del General Pinochet a Salvador Allende, previo al golpe de 1973.

En este sentido, el ex agregado militar de Defensa en la Embajada de Bolivia en los Estados Unidos y puntilloso alumno de la ‘Escuela de las Américas’ - organismo instructor rector de las fuerzas armadas latinoamericanas para el cumplimiento de los objetivos estadounidenses en la región -, aprendió más que bien la elección: el ‘enemigo interno’ es el verdadero peligro, más aún si van en contra de las democracias capitalistas cristianas y occidentales que atentan contra los intereses geoeconómicos y geopolíticos estadounidenses en su ‘patio trasero’.

Por otro lado, agazapados se encuentran los actores estatales y no estatales nacionales y trasnacionales, tratando de obtener tajadas de las probables futuras privatizaciones de los recursos naturales estratégicos, como lo sostiene ideológicamente el candidato del ballotage Carlos Mesa; un enamorado de las políticas neoliberales de ajuste estructural y estabilización económica con alto costo social, como lo pregonaba ya desde su canal de televisión privado en la década de 1980’. Seguramente sus ideas se encuentren, por ejemplo, lejanas a las políticas que lograron democratizar el servicio de gas natural, que pasó de un abastecimiento del 3% de la población en el año 2006, a un 50% de bolivianos en 2019. Porqué mirar hacia adentro y en pos de la mayoría, si durante dos siglos no lo han hecho.

Nada de lo que podamos decir de las políticas de desarrollo socio-económico le importa u opaca a los actuales rostros de felicidad afines a las elites políticas y económicas ‘vinculadas al mundo’: con “el indio”, la nacionalización e industrialización de las bendiciones que provee la madre tierra eran un problema: proteger celosamente, distribuir estratégicamente los contratos, maximizar el valor agregado nacional, y producir por y para el país, han sido un obstáculo geopolítico y geoeconómico para las grandes potencias. Solo para citar un ejemplo, el carbonato de litio en bruto – el cual Bolivia posee reservas estimadas en 21 millones de un total de 30 millones de toneladas a nivel global -, ha multiplicado su valor en los últimos años y tiene un costo al día de hoy de alrededor de 6.000 dólares la tonelada. Con un ingente procesamiento tecnológico para el desarrollo de la telefonía celular, la industria electrónica o los vehículos híbridos, puede llegar a generar productos por 1.000.000 de dólares la tonelada.

Por ende, el “winner takes all” (si, el mismo tipo de ‘contrato’ que nuestro país llevó a cabo con el Reino Unido dos siglos atrás), se tornaba un imposible para norteamericanos, chinos, rusos, alemanes, japoneses, coreanos o británicos que deseaban expoliar todo los hidrocarburos o el litio en estado puro. Como se pensó durante el gobierno del entonces presidente Gonzalo Sánchez de Lozada – de quien Carlos Mesa era su vicepresidente -, quien planteaba la instalación de plantas procesadoras exclusivas para llevar el gas natural licuado directamente a los Estados Unidos. Las cosas cambiaron, podrán pensar desde el norte del paralelo del Ecuador: con alguna espuria negociación con un potencial nuevo gobierno, seguramente les podría llegar el momento. Por supuesto, luego de sortear la disputa geopolítica para dirimir quién sale victorioso entre las potencias que ya pisan con fuerza en la región.

En definitiva, el escenario estructural latinoamericanista de pujas permanentes de intereses económicos y de poder, propios y ajenos, continúa siendo el eje rector en el cual debemos profundizar nuestro análisis. El ‘milagro económico boliviano’ se transformó en meros datos de colores, para dejar su preponderancia a un odio cultural-racial que en realidad es un mero maquillaje cosmético, mientras la lucha contra la corrupción y el narcotráfico se transformó en un caballito de batalla, que aunque complejo de probar, conlleva una alta efectividad comunicacional para un gobierno desgastado y con los vicios propios de las burocracias regionales. La misma autoproclamanda ‘presidenta constitucional’ Áñez conjuga lo expuesto perfectamente: no solo fue directora del medio de comunicación Totalvisión desde donde ha forjado su carrera política, sino que ha tenido comentarios xenófobos/racistas con elucubraciones de tinte ‘satánico’ en contra de los miembros de las comunidades indígenas.

"Tenemos que sacar la agenda como lo hacía Pablo Escobar, pero solo para anotar los nombres de los traicioneros de este pueblo", le hablaba el mencionado líder Camacho a todo el pueblo boliviano en uno de sus últimos virulentos discursos. Sus oyentes deberían evaluar cuidadosamente sus palabras. Porque pasar de ser víctima a victimario, de traicionado a traidor, puede ser frugalmente vertiginoso. Un claro ejemplo podría ser la posición de la Central Obrera Boliviana, que en un primer momento le sugirió a Evo Morales que ‘dimitiera si es necesario’; que no sea cuestión que el mix entre arrepentimiento y auto culpabilidad, los obligue a tener que pedirle con urgencia que se postule nuevamente para oponerse a la instauración de un viejo y conocido modelo que les cerciore los derechos sociales y económicos obtenidos durante los últimos quince años.

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