La crisis sanitaria nos deja efectos inmediatos pero anticipa otros más profundos

Opiniones

El mundo comercial que emerja después de esta crisis sanitaria estará basado en exigencias nuevas, creciente presencia de intangibles y en un crecimiento fuerte de la actividad virtual, cognitiva, remota y teletecnológica. La hasta hoy llamada cuarta revolución industrial se potenciará.

La proliferación del COVID-19 afectará a la economía argentina por diversas vías. Una es la reducción de sus exportaciones. Argentina exportó el año pasado 65.000 millones de dólares en bienes y 14.000 millones en servicios. La balanza comercial total fue cómodamente superavitaria (por el saldo favorable en la de bienes) aunque por razones excepcionales y no muy repetibles por mucho tiempo (recesión, devaluación y regulaciones varias).

Del primer conjunto (bienes), el 60% (40.000 millones de dólares) está compuesto por commodities (algunos primarios y otros manufacturados), y del segundo (servicios) el 45% (6.500 millones de dólares) lo está por turismo receptivo. Y ellos serán los más golpeados por la crisis global (especialmente por el impacto de la desaceleración en la demanda mundial, por ahora prevista para el primer semestre).

En particular, en el primer conjunto serán alcanzadas principalmente -por menores volúmenes exportados y menores precios- los cereales (que en 2019 exportaron 9.000 millones de dólares anuales), las semillas oleaginosas (que lo hicieron el año pasado en casi 4.000 millones de dólares), los aceites (exportaron 4.500 millones), las carnes (3.200 millones), los pellets (9.000 millones), los minerales (3.800 millones) y los pescados (2.000 millones).

Aunque también habrá efectos en el diferimiento de inversiones energéticas (las previstas para Vaca Muerta requerirían un precio del barril de petróleo del doble que el golpeado precio actual); en el enrarecimiento de las condiciones para renegociar la deuda pública (un país que es defaulteador crónico no se fortalece precisamente en medio de una crisis mundial), en la pérdida de competitividad por costos surgida de los ajustes cambiarios que se están produciendo en países competidores o clientes (especialmente en Brasil), en la estrepitosa caída de las valuaciones de las empresas argentinas (y sus consecuencias financieras) y en los efectos domésticos que surjan de la combinación de los limites sanitarios locales a la actividad económica y el empeoramiento consecuente de las situaciones fiscal, cambiaria, monetaria y de inflación.

Ahora bien: cuando nos hallamos ante una invasión temática (un asunto que desborda repentinamente todos los límites del análisis y la comprensión y se transforma en una obsesión), nos cuesta mucho imaginar el día después. Sin embargo es útil comenzar a conjeturar y generar hipótesis relativas a qué escenario económico internacional quedará en pie en la economía mundial después de esta peste extendida. Y especialmente a cuál sería un probable nuevo contexto para empresas, productos, personas y agentes internacionales argentinos.

Así, es previsible que después de la corriente crisis sanitaria aparecerán exigencias nuevas en las regulaciones al flujo transfronterizo de personas y bienes, y que consecuentemente quedarán más cómodos los flujos de intangibles y servicios. Y es esperable que lo virtual gane terreno (desde el teletrabajo hasta los robots teledirigidos). Y que en los flujos de inversiones y comercio las exigencias cualitativas muy posiblemente superen en incidencia a las cuantitativas (formadas especialmente por las meras reducciones arancelarias o de costos nominales directos para transacciones).

Las instituciones multilaterales con las que hoy cuenta el mundo están probando que fueron concebidas para el siglo pasado y no han podido ni coordinar ni reaccionar con fuerza, y es bien posible que nos debamos preparar para la discusión de una nueva estructura institucional global, dado que, además, las instituciones nacionales claramente han quedado inertes y superadas por el fenómeno. Puede pensarse que -al revés de los que creen que esto desatará, después de esta crisis, una ola de retracción nacionalista- deba preverse que la globalidad se exacerbe novedosamente porque ya ni los problemas de salud publica son nacionales (como ya no lo son los climáticos, los productivos, los de seguridad, los financieros o cambiarios, los culturales y los científicos).

Dicho de otro modo: es imaginable que el mundo comercial que emerja después de esta crisis sanitaria (no solo por los bienes y los servicios sino por la calificación de empresas, las condiciones para la actuación de personas involucradas en negocios internacionales, los proyectos que el mercado demande o premie) esté basado en exigencias nuevas, creciente presencia de intangibles (estándares, nuevo know-how, innovación que abastezca novedosas aspiraciones, nuevas garantías y atributos reputacionales, propiedad intelectual, saber aplicado) y que crecerá fuertemente la actividad virtual, cognitiva, remota y teletecnológica.

La hasta hoy llamada cuarta revolución industrial se potenciará.

Dice Scott Belsky que una buena idea surge de un problema que necesita solución; que es un deseo, que comienza con la curiosidad; pero que las ideas no suceden por accidente y están motorizadas por las circunstancias. Ahora, las nuevas demandas requerirán capacidad de adaptarse a este escenario que demandará inversión, saber, tecnología y novedad, en el que la ciencia será un principal insumo en los negocios, la globalidad se consolidará pero más vigilada y ciertas seguridades serán más valoradas.

Por ello también es esperable que el mercado premiará nuevos atributos en los liderazgos y en las cualidades de las empresas, de modo que puedan adaptarse rápidamente a las nuevas condiciones. Hace unos pocos años ya Rita Gunther McGrath -desde la Universidad de Columbia- habla de “el fin de las ventajas competitivas” planteando que le variabilidad de las condiciones de los mercados es tan profunda, veloz y constante, que la principal virtud no es tener productos consolidados sino adaptarse al cambio y saber prever el nuevo paso hacia la novedad. Ahora, lo que tiene éxito son las empresas y no los productos por lo efímero de estos.

Es altamente probable, pues, que esta crisis nos deje una configuración de mercados bien diferente.

Dice Guy Sorman que lo inteligente ante un problema no es criticarlo sino comprenderlo: dentro de las tribulaciones, habrá que ser perspicaces para entender rápidamente el día después.

(*) Especialista en negocios internacionales, profesor del ITBA.

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