Donald Trump era un enigma. Ya no

Opiniones

La palabra que define a Donald Trump, aún con sus connotaciones negativas, tal vez no sea del todo una mala noticia para el resto del mundo.

No más tratados de libre comercio, no se toca ni la edad ni el sistema jubilatorio, no se le recortan fondos al Medicare (el PAMI estadounidense), no más inmigrantes, fuerte baja de impuestos y repatriación de capitales, se ignora el déficit fiscal (ajuste cero), no más guerras (y retiro de tropas) y batalla cultural a la “dictadura de lo políticamente correcto que no nos deja decir ni Feliz Navidad”.

Un resumen de la presidencia de Donald Trump.

Aunque suene increíble, buena parte de la oposición demócrata sigue creyendo que la derrota de 2016 se debió a Facebook, Rusia y al machismo del electorado. Que los hombres blancos votan al Partido Republicano no es ninguna novedad, de hecho, si contásemos sólo al electorado blanco no habría habido presidentes demócratas desde 1976.

No vamos a relatar aquí los papelones del Partido Demócrata. Usted, estimado lector, no necesita que nadie le describa la desorientación política que ve con sus propios ojos.

Entonces la respuesta no está ni en Facebook ni en Rusia ni en el machismo, sino en lo que Trump pudo morder del electorado que los demócratas creían tener en el bolsillo. Y mordió fuerte en la Blue Wall: los estados industriales del noroeste. Hillary estaba tan convencida que los ganaría que los visitó poco y nada. ¿Por qué la derrotó Trump allí? Por su constante martilleo contra los tratados de libre comercio y principalmente contra el más odiado de todos: el tratado con México.

Ni bien asumió cumplió su promesa, se retiró del Tratado Transpacífico y perjudicó a sus dos vecinos en la reescritura del NAFTA.

Esta cuestión fue la que más lo enfrentó a la cúpula republicana, por eso se apresuró a abandonar el Tratado Transpacífico. Ese acuerdo comercial global era la estrategia bipartidaria para acorralar a China. Al salirse, Estados Unidos se ve obligado a adoptar una política unilateral, de allí viene la guerra tecnológica y comercial además de los ataques vía Twitter. Pero con países aliados como el Reino Unido, Brasil y Australia contratando a Huawei para su red 5G queda la incógnita de si esta estrategia fue la acertada.

En 2020 el juego electoral es totalmente distinto a 2016, porque Trump logró subirse a la economía en crecimiento que ya venía de Obama, redujo los impuestos a las corporaciones (generando una fuerte repatriación de capitales) y se dedicó a endeudarse y a presionar -con éxito- para que la Reserva Federal mantenga bien baja la tasa de interés. Por todo esto es que la economía norteamericana vuela.

¿Y el déficit fiscal? Ni lo menciona, ni se lo recriminan y los elementos del Partido Republicano que estaban obsesionados con las cuentas públicas, como la joven promesa de Paul Ryan, fueron echados o se callaron la boca.

En su presión a la Reserva Federal, el presidente norteamericano se está abusando de un logro que es la desaparición de la inflación, la desaparición de la memoria inflacionaria. Pero, por ahora, no hay castigo. Ni la irresponsabilidad fiscal ni la monetaria resucitan a la inflación.

Los últimos tres presidentes republicanos involucraron a Estados Unidos en guerras (con la última saliendo muy mal). Trump hizo lo opuesto y se retira de Irak, de Siria, de Afganistán y deja vivir al régimen venezolano. Por eso la revista inglesa The Economist lo llamó “traidor” en una de sus tapas.

La miopía de los demócratas es tan grande que a una situación más parecida a la evacuación en 1975 de Saigón-con un Irak que los iraníes están cerca de controlar-, la convirtieron en críticas al presidente “temerario y sangriento” porque mandó a asesinar a un sólo general del enemigo antes de irse elegantemente al mazo con la respuesta persa.El presidente logró capitalizar las dos acciones: matar y después recular.

Trump habló en voz alta de la epidemia de opiáceos que destruye cientos de miles de familias cada año en Estados Unidos. Después hizo poco y nada, pero el resto del establishment ni tocaba el tema, como si ese sufrimiento no existiese.

Su política migratoria es puro efectismo. Se impide, se limita, se entorpece la inmigración legal –fundamental para reunificar familias y facilitarle los mejores cerebros a las empresas- mientras que la ilegal se mantiene en niveles similares a los de la presidencia de Obama. Es cierto que las deportaciones son altas, pero, de nuevo, igual de altas que en la anterior administración. El muro por ahora no pasa de una construcción retórica.

Pero no es necesario abundar en que impedir la inmigración es lo que quieren -cada vez más- los electorados de los países ricos, algunos de los cuales hasta exportan a sus propios presos.

En su política con Cuba activó al pie de la letra los duros capítulos de la ley Helms-Burton que no se cumplían. Esa ley es de Clinton. La misma situación se dio con la instalación de la embajada estadounidense en Jerusalén, decidida antes de su llegada al poder pero nunca llevada adelante.

El misterio de qué es Trump se devela tres años después de iniciar su presidencia. La demagogia lo define. Pero que sea un demagogo tal vez no sea del todo una mala noticia. Peor sería que fuese la réplica americana de los españoles de VOX o del principal partido de oposición alemán, AFD. Esos derechistas sí creen y quieren aplicar las barbaridades que dicen.

En el siglo XX ningún presidente estadounidense perdió la reelección en medio de un boom económico. Ninguno. Pero ya no estamos en el siglo XX y la esperanza de los demócratas es que este siglo llamado “de las mujeres” sea diferente. Que la sociedad pueda ver más allá del progreso material y del miedo al diferente, al inmigrante. Que en este nuevo siglo la ciudadanía preste menos atención al bolsillo y más a la contaminación del ambiente, a la verdadera igualdad de oportunidades y a no legitimar las agresiones Twitter. Tal vez sea así, y tal vez el siglo XXI sea el tiempo en que el electorado saca a la economía del imbatible primer puesto a la hora de votar.

Pero tal vez no. Muy posiblemente no.

(*) Analista político

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