Opiniones

La responsabilidad de los economistas del ajuste

Los economistas del ajuste formaron parte importante de los gobiernos pro mercados que terminaron disolutamente. También influyó el sorprendente respaldo del FMI y el de EEUU.

Los economistas del ajuste formaron parte importante de los gobiernos pro mercados que terminaron disolutamente. Hoy son Argentina (la promesa que volvió al mundo), Chile y Colombia (los ejemplos de lo que Argentina debía mirar y copiar).

Los economistas han gozado de una relativa importancia e independencia para gestionar temas desde el acuerdo con los fondos buitres hasta las reformas estructurales gracias al apoyo de los gobiernos. Como en el caso de Prat Gay, quien fue desde el comienzo un arquitecto y alfil en el arrojo por enviar señales amigables al sistema financiero internacional. Inmortalizaron el primer Davos… Este sustento a nivel internacional, que fue apto más tarde para la dupla Caputo-Dujovne, como así también el sorprendente respaldo del FMI y el de EEUU. Estos funcionarios también fueron copartícipes de transacciones financieras (ellos preexistieron funcionarios y asesores de entidades financieras). Compartieron con sus cofrades negocios, formación e ideología, con los resultados perjudiciales que tenemos a la vista.

Después del resonado fracaso de Chile y Colombia se trazarán intentos de comparación con experiencias internacionales. Con Argentina va a ser muy difícil. No fue una crisis financiera internacional. No fue la burbuja inmobiliaria ni el colapso de las hipotecas. Tampoco los derivados financieros, ni el Brexit. Nunca faltó asistencia social, ni universidades, ni hospitales como en Chile. No tenemos guerrilla, paramilitares y narcotráfico como en Colombia.

Ya existen distintos argumentos sobre las causas de la actual crisis financiera argentina, o los estallidos sociales-políticos de Chile y Colombia 2019. Pero interesan en particular los enfoques que se han concentrado en describir la crisis como “una debacle de la política de elite”. Según Ewald, Sukhdev, Adam y Karel, lo que ocurrió fue que “las elites políticas y tecnocráticas se desprendieron del proceso de innovación financiera” y pusieron las finanzas más allá del control técnico.

Podemos encontrar diferentes motivos para asignar cuotas de responsabilidad a los economistas que fueron conscientes de los riesgos. Aunque existen autores que relacionan la crisis y el mal funcionamiento económico no con errores técnicos o sistémicos, sino con los actores políticos y regulatorios. Estos enfoques recuerdan a las teorías conspirativas, en las que los políticos realizan acuerdos en las sombras, tienen un conocimiento completo de lo que sucede en los mercados, y posibilidad de controlar lo que ocurre en ellos. Descartando la posibilidad de que políticos, economistas y banqueros no supieran lo que estaba sucediendo, carecieran de buenas proyecciones o desconocieran los resultados probables de sus acciones.

Este debate ya tiene lugar en el contexto periodístico que interpela a los economistas que no tuvieron nada que ver, acerca de “si se han hecho las cosas mal, o si vinieron a hacer lo que hicieron”. Esta vez en la Argentina el gobierno no asumió la responsabilidad de gestionar las finanzas, solo impulsó la financiación externa vía préstamos para evitar que la economía colapse antes de ganar las elecciones de medio término en 2017. Un enfoque político que tras el triunfo oficialista, sumergió en caída libre al peso, produjo una explosión inflacionaria, derrumbe de las acciones argentinas en dólares y estallido del riesgo país. La intervención posterior puso de manifiesto que los instrumentos políticos estaban disponibles.

Más allá de lo conspirativo, no podían desconocerse los aspectos políticos asociados al contexto y las instituciones. Pero para entenderlo correctamente es necesario entender la crisis financiera como algo diferente, que no sólo requiere seleccionar las herramientas técnicas adecuadas, sino también asegurar una mayor responsabilidad y supervisión de los políticos y tecnócratas (Ewald). Como consecuencia del desarrollo de negocios no muy transparentes, incluyendo concesiones, aumentos de tarifas, etcétera, cada vez más alejados de la realidad, las finanzas son ahora técnicamente ingobernables e incluso una nueva administración eficiente, no tiene el éxito garantizado. Por el contrario, puede tener consecuencias negativas tangibles. Lo que viene ahora en lo inmediato no es científico, ni el gran plan que piden los mercados, sino un “colaje”, reaccionando a los eventos emergentes de una reestructuración de deuda, sin demasiada racionalidad weberiana. Se acerca la innovación argentina, no basada en la aplicación de fórmulas científicas de ingenieros en mercados financieros. Privará la experiencia en reestructuración de deuda y los “problems solvers”, para sacar la nave a flote.

Así las cosas, las intervenciones que respondan a los problemas “de repente” serán difíciles de advertir, en términos de eventuales crisis de distinta índole. Sobre cada evento se improvisará. Recuerde que solo pueden improvisar, aquellos que tienen mucha experiencia, pública y privada. La improvisación trae desafíos para encontrar soluciones, que a la postre son las que hacen a las administraciones, transformadoras. Tenga presente 2003, cuando la mayoría de los economistas vernáculos decían que pedir una quita de 70% era una locura.

Los mercados están diseñados para producir riesgo y apalancamiento, y no para amortiguar catástrofes. Actualmente la deuda es tan grande que resulta desestabilizadora. La complejidad en que se encuentra hoy el FMI y el sistema financiero reduce sustancialmente el margen de maniobra. Por último, deben cuestionarse las soluciones del neoliberalismo, que explican en buena medida los problemas que las sociedades Latinoamericanas no pueden superar.

La combinación de desafíos asegura una reestructuración compleja en caso de que uno quiera derrumbar al otro (Argentina-FMI-Entidades). El colaje de soluciones factibles hace pensar que hay que rechazar cualquier sugerencia técnica estándar y comenzar a pensar radicalmente en soluciones transformadoras. Esto no implica no pagar, ni revelarse contra todo el mundo. Esta transformación es un desafío democrático, ya que las entidades financieras y el FMI permanentemente conducen a desequilibrios y desarrollos latentemente nocivos para las economías nacionales.

Los banqueros que hemos tenido en el BCRA, más las desregulaciones y la permisividad han sido parte importante de la crisis que tiene la Argentina. Esto es una debacle de élite. No nos hablen más PhD del MIT, Columbia, Chicago, Wharthon o Harvard. Ya los hemos visto a todos. Economistas que encontraron sus soluciones en el modo dadivoso de los años noventa tras la desregulación, que más adelante se potenciaría y reinventaría patrocinada políticamente, alentada por los nuevos modos de gobernanza. Las elites políticas y de negocios de Chile, Colombia y Argentina no comprendieron que estos modelos iban a traerles serios problemas políticos, sociales y económicos.

La confianza en el conocimiento financiero de los economistas y una fe excesiva en los operadores del mercado, como consecuencia de los largos hábitos establecidos caracterizaron un tipo de confianza que resistió los imperativos de la política, con derivaciones devastadoras. Que no excluyen recompensas económicas a los altos funcionarios y burócratas que abandonan el servicio público a través de la puerta giratoria entre academia, sector privado, tecnocracia y organismos internacionales, como describió Stiglitz.

Estas eran las ideas y retórica neoliberales impuestas desde los años ochenta, aunque no hayan sido seguidas completamente. El neoliberalismo tuvo más bien un rol de “centro ideacional de gravedad” que influyó y alentó, dice Ewald, una frágil regulación. Solo mirar atrás, ingreso de dólares, Lebacs, Leliq, fuga de divisas con ganancias extravagantes. A su vez, esta desregulación fue potenciada por el éxito y auge del modelo chileno que reforzó el consenso neoliberal y su optimismo sin gente.

Se fomentó así un modo de liderazgo “arrogante” después de los años ochenta, tanto a nivel político como regulatorio, asociado también a otros dos procesos igual de importantes: primero, la separación de los “los políticos de alto nivel” de los acontecimientos en los mercados financieros, dejándolo en manos de la elite tecnocrática, despolitizando la toma de decisiones económicas y desplazándola más allá del control democrático; segundo, el énfasis en el “control de la inflación”, convertida en la principal preocupación, por el cual se eliminaron controles y equilibrios y se alentó “la remoción de las principales instituciones reguladoras” (Ewald). De todos modos en Argentina no funciono nada. Ni siquiera por un periodo presidencial. Se duplicó la inflación, se alcanzó el record de déficit gemelos en 2017, no se desarrolló el mercado de capitales y, el sistema financiero vivió solo de financiar consumo y Estado.

El caso argentino refuerza la necesidad de legislar una imprescindible reforma financiera que permita que el sistema y los funcionarios públicos sean susceptibles de controles y regulaciones. Para que no hagan lo que quieran y se las arregle el que sigue. Por otra parte es indispensable estipular un nuevo contrato político y social entre lo financiero y lo ciudadano. Y es en este marco que se debe buscar una transformación en términos verdaderamente democráticos.

(*) Máster en Política Económica Internacional, Doctor en Ciencia Política, Profesor de Maestrías, Conferencista y consultor internacional. Presidente de HACER www.hacer.com.ar , autor de 6 libros, con: “2001, FMI, Tecnocracia y Crisis”.

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