Opiniones

Gabriela Mistral, entre la fama y el desamor

“Para el dolor espiritual no hay anestesia”.

Ubiquémonos en octubre de 1945. Lugar: Estocolmo, la capital de Suecia.

Se va a otorgar un premio Nobel de Literatura y por primera vez, lo ha ganado alguien que viene de la lejana Sudamérica. De Chile. Y que además es mujer. Tiene 56 años. Es alta, todavía de hermosos rasgos suavemente morenos. Su nombre real: Lucila Godoy.

Estoy aludiendo a una gran poetisa chilena, conocida como Gabriela Mistral, considerada una de las tres grandes voces líricas de Latinoamérica.

Las otras dos serían, la argentina, aunque nacida en Suiza, Alfonsina Storni y la uruguaya Juana de Ibarburou.

Fue maestra rural varios años. Y un ser de su fina sensibilidad pudo ayudar, sin duda, a plasmar el alma infantil. Ella no obligaba a saber. Despertaba la necesidad, de saber....

Entendía que el dolor del niño, tiene todos los ingredientes del dolor adulto.

Amó también a la naturaleza. Quizá pensase que la naturaleza es más feliz que el hombre. Porque su primavera, siempre regresa.

Esta poeta nació un 7 día de abril de 1889, hace ya más 130

Años, en un pueblito chileno, llamado Vicuña.

En la escuela de su pueblito natal, se la recordaba como una niña alegre y muy bonita, tan vital como inteligente. Pero su alegría, su vitalidad e incluso parte de su hermosura, se apagaron teniendo ella, muy frescos 16 años.

Noviaba con un joven vecino de su aldea provinciana.

Había descubierto el amor, que quizá sea, el más hermoso de los milagros.

El muchacho, -Romelio su nombre- tenía 19 años.

Y una mañana, la aldea de Vicuña se sintió sacudida en sus entrañas. El joven Romelio, se había suicidado.

Ni una carta, ni una explicación. Ella jamás pudo comprender...

Escribiría muchos años después, al comenzar una de sus poesías: “Dios no ha querido que hubiera un sol para mí”.

Este drama juvenil marcó toda su vida.

“Porque hay heridas que no se borran. Aunque no se noten”.

Su lenguaje poético tocó la sensibilidad de todos los pueblos.

Unos versos que recuerdo, decían: “amo las cosas que nunca tuve, junto a las otras... que ya no tengo....”

Gabriela Mistral fue directora de varias escuelas secundarias en diferentes ciudades de Chile.

Dos años antes de recibir el premio Nobel, comenzó su carrera diplomática y fue Cónsul en Nápoles (Italia), en Portugal, España, y en Brasil.

Visitó varias veces nuestro país.

No se casó nunca y aunque no tuvo hijos, fue dueña de un espíritu maternal, que volcó en casi toda su obra poética. Porque creo que toda mujer es madre, aunque no tenga hijos.

Y fueron pasando los años y le otorgaron en octubre de 1945, el premio Nobel de Literatura, que casi 30 años después de ella, en 1971, ganaría otro chileno: Pablo Neruda. Pero su pena no se borró jamás.

Porque pueden arrancarse las tristezas. Pero suelen llevarse girones...

Y llegó un 10 de enero de 1957.

Gabriela Mistral estaba en Nueva York. Tenía 67 años. El invierno americano marcaba 10º C. Bajo cero. Eran las 4 de la mañana de ese día.

Su vida se extinguía lentamente. Y una sola palabra surgió repentinamente de sus labios: “¡Romelio!, ¡Romelio!”, el nombre del novio de su adolescencia. El único hombre que quiso.

Gabriela Mistral, poseyó fama, dinero, respeto, honores. Pero lo que sobra, no puede reemplazar lo que falta.

Y en la existencia de esta sublime poeta, faltó lo más importante de la vida: el amor.

Su circunstancia vital y su fidelidad a un recuerdo, trae a mí memoria uno de mis aforismos:

“El amor es para el hombre lo más importante. Pero para la mujer, es el todo”.

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