Un sobreviviente de Hiroshima

Opiniones

“Quien enseña a los golpes, sólo enseña a golpear”.

Un día de agosto de 1945, el mundo vivió una tragedia sin precedentes. Un avión norteamericano, arrojaba una bomba atómica en una importante ciudad japonesa: Hiroshima.

Cuatro años después, un avión norteamericano levantaba vuelo en el aeropuerto internacional de Tokio, Japón. Se dirigía a los EEUU. Llevaba como principal pasajero a un modesto obrero japonés de 20 años.

Ya instalado en el avión, lo rodearon periodistas de radio, diarios y camarógrafos de televisión de varios países.

¿Por qué despertaba tanto interés este joven y humilde ex trabajador de una empresa textil del Japón?

Porque la empresa donde el joven obrero trabajaba, estaba ubicada en Hiroshima, el recordado 6 de agosto de 1945, uno de esos días que se cierran para ya no abrirse, en que fue arrojada la primera bomba atómica, contra una ciudad japonesa indefensa.

Es que la ley del más fuerte es en definitiva, la negación de la ley. El joven japonés se llamaba Kivoshi Kikkama.

Era de pocas palabras. Revelaba, además muy escasa preparación intelectual.

¿Y por qué había sido elegido, entonces, para viajar a los EEUU?

¿Y cuál era el interés del periodismo por su persona?

Había sido seleccionado, porque tuvo el privilegio, en fin... ¿privilegio?, de ser el único sobreviviente de las 1.200 personas que trabajaban en la citada fábrica, que fue destruida hasta los cimientos por la bomba atómica.

Y el interés periodístico residía en que Kikkama, aceptó que le filmasen las numerosísimas cicatrices radioactivas que cubrían su rostro y prácticamente la totalidad de su cuerpo.

Quiso hacerlo, por ser él, una muestra viviente de hasta dónde puede llegar el cerebro del hombre, en la creación de elementos que destruyan al semejante.

Kikkama dedicó posteriormente su existencia a ayudar a otras víctimas de la explosión atómica y a estimular movimientos de protesta contra el armamento nuclear en todo el mundo.

Ya en EEUU, el joven japonés relataba para la televisión, con lenguaje simple pero desgarrador, que minutos después de la explosión atómica, aún aturdido y quemado, cuando se serenó y tomó cierta conciencia del hecho, buscó a su hermano que trabajaba en la misma fábrica a pocos metros de él. En la semioscuridad, tropezó con un cuerpo.

Entre su confusión, la humareda y el terror, trastabilló y al caer, observó en el suelo el reloj pulsera de su hermano –que él mismo le había regalado- detenido a la fatídica hora 8 y 15 minutos de ese 6 de agosto de 1945.

El reloj tenía adherido trozos de carne calcinada.

Dedujo de inmediato que su hermano había sido prácticamente pulverizado por la explosión...

Kikkama, jubilado a los 20 años por incapacidad física, conservó su mente lo suficientemente sana, para captar la dimensión de su propia desgracia y la de sus compatriotas.

Posteriormente leyó mucho y formó entidades junto a las otras víctimas para estudiar sus propios casos.

Porque, aún hoy, la ciencia no se ha expedido, dado que no tiene todavía total certeza, sobre los efectos de la bomba atómica en el tiempo. Como consecuencia, los sobrevivientes de Hiroshima eran y son por un temor colectivo, como parias, aislados de sus compatriotas por las autoridades, para evitar los probables contagios de las radiaciones y sus posibles secuelas: la leucemia, los tumores malignos, las cataratas, las alteraciones mentales.

Además para hacer más aterradora la situación, los afectados no pueden saber en qué medida podrían transmitir o no a sus hijos estas enfermedades.

Cada año, el 6 de agosto, cientos de miles de seres, llegados de todos los confines del planeta, incluidas las pocas víctimas, que viven casi todas con secuelas de las irradiaciones, se reúnen en Hiroshima frente a un arco de granito cubierto de hermosos crisantemos que simbolizan la persistencia de la belleza y del color.

Es una especie de mensaje que nos dice que la violencia jamás vencerá al amor, porque nunca podrá hacer latir un corazón.

Frente al citado monumento está el museo de la bomba, con fotografías, símbolos y fragmentos de objetos que alguna vez, adornaron la citada ciudad japonesa.

Dentro de una vitrina y en un recipiente de cristal, sobre un trozo de terciopelo, se encuentra un modesto reloj pulsera. Lo donó Kivoshi Kikkama, este ex-obrero japonés fallecido a los 27 años.

Era el reloj de su hermano muerto, aquel terrible día.

Kikkama quiso que este reloj detenido a las 8 horas, 15 minutos, sirviese para que los seres humanos recapaciten sobre los sufrimientos que causan a los otros hombres, a los que a veces, aún sin llegar a matarlos, les impiden vivir...

Y esta lucha de Kivoshi Kikkama, este humilde obrero japonés, que sólo aceptaba la guerra... a la guerra, trajo a mi mente este aforismo

“Guerra, siempre implica derrota. Incluso para los vencedores.”.

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