Edición Impresa

Orgánicos: una alternativa que se torna más rentable

Aunque la agricultura orgánica existe desde siempre, su diferenciación masiva e ingreso al circuito comercial es mucho más reciente. Y en ese escenario, la Argentina, además de haberse convertido en el segundo productor mundial por la superficie afectada a la actividad, con algo más de 3 millones de hectáreas certificadas, fue uno de los primeros países latinoamericanos en contar con oferta exportable, alentada también por los cambios de hábitos del consumo, inclinados progresivamente hacia lo que dio en llamarse a una alimentación más sana y ambientalmente amigable.

También los precios diferenciales con que fueron contando estos alimentos, que lógicamente también tienen un costo de producción mucho mayor, alentaron paulatinamente el crecimiento de los volúmenes. Así, desde el inicio formal de la actividad, que en el país se cita en 1985, en la década siguiente recibió un fuerte impulso oficial, al que se sumó en aquel momento, la formación de una agrupación privada, el MAPO (Movimiento Argentino de Productos Orgánicos).

A partir de 2000, sin embargo, las condiciones macroeconómicas locales acotaron sustancialmente las posibilidades, lo que se agudizó en los últimos años. Es que los orgánicos no podían ser la excepción al atraso en el valor del dólar, el creciente "costo argentino", la pérdida de competitividad, entre otros factores. De ahí que se resintieran más especialmente las actividades de corte más intensivo (más costosa) y las exportables, como los orgánicos de Río Negro, Mendoza o de la provincia de Buenos Aires, entre otras.

En todo caso, a la desaceleración de la economía mundial, que frenó las compras internacionales y, por ende, las exportaciones, se sumó la caída de la economía local y el mencionado estrechamiento de las posibilidades productivas. Esto determinó que la cantidad de establecimientos productivos a nivel nacional se ubique en apenas 1.200.

Inconvenientes

Sin embargo, no son los únicos inconvenientes que enfrenta este tipo de producciones. De acuerdo con la FAO, "existen dos fuerzas contrapuestas que influirán en el crecimiento de la agricultura orgánica. Desde el punto de vista de la producción, las compañías agroquímicas multinacionales, que en la actualidad también son proveedores de semillas y variedades genéticamente modificadas patentadas, no parecen estar dispuestas a aceptar la pérdida de gran parte de su participación en el mercado de insumos. Se han llevado a cabo ya grandes inversiones en campañas para desanimar a los productores y a los consumidores de alimentos orgánicos".

A su vez, "desde el punto de vista de la demanda, las compañías de megadistribución de alimentos intentarían guiar y adaptar el mercado orgánico a sus requisitos de comercialización masivos de acuerdo con la manera en que ya lo han hecho en el sector convencional. Los grandes minoristas comenzaron a establecer sus propios estándares orgánicos, basándose en requisitos mínimos de sustitución de insumos, con el fin de satisfacer la producción industrial y el modelo de distribución", sostiene el organismo internacional.

Pero independientemente de las decisiones empresarias, en la sociedad moderna hay una creciente preocupación ambiental, por la salud, y por la seguridad de los alimentos, producto de la agricultura industrial, lo que impulsaría a aumentar la demanda de los alimentos orgánicos (por temor a hormonas, antibióticos, dioxinas, encefalopatía espongiforme bovina BSE -"vaca loca"-, plaguicidas que ocasionan trastornos endócrinos, patógenos resistentes a antibióticos, radiación, etc.).

La conclusión, sin embargo, no es tan lineal ya que no todos los países tienen la misma legislación y se mantiene, además, una antigua discusión acerca de los OGM (Organismos Genéticamente Modificados). De hecho, crece la idea de que una de las pocas formas de acercarse a una agricultura orgánica, con fuerte disminución en el uso de agroquímicos y elementos tóxicos, es a partir de la generalización de los OGM, o transgénicos, a pesar de las resistencias "filosóficas" que aún subsisten, aunque sin soporte científico concreto.

Pero, con independencia de tales discusiones, que en general se van superando con el tiempo, la Argentina tiene un inmenso potencial productivo de orgánicos en cualquiera de sus vertientes, con la sola condición de que mejoren y se mantengan las condiciones económicas y fiscales para producirlos, y se vuelva a abaratar el famoso "costo argentino".

Normas extranjeras

Esto implica superar escollos técnicos y económicos, como las dificultades que existen para cumplir con las normas extranjeras, o los elevados costos de los sistemas de certificación, en especial, cuando no está establecida la equivalencia internacional, entre otros.

Así, fácilmente se podría incrementar el área bajo inspección que en agricultura apenas ronda las 200.000 hectáreas, aunque sólo 70.000 son de cosecha (algo de girasol, chia y soja, especialmente), mientras que el resto son hortícolas, fruticultura, etc. A mediados de febrero, el Gobierno llevó a 0% la alícuota a las retenciones a las exportaciones de productos orgánicos de origen vegetal que no contengan soja.

En ganadería, a su vez, ocurre algo similar pues, si bien el área controlada ronda los 2,8 millones de hectáreas, el 95% corresponde a extensos establecimientos ovinos en la Patagonia en los que está el mayor porcentaje de las 20.000 cabezas con las que se produce carne, pero también lana orgánica, muy valorada en el mercado internacional.

Respecto a los vacunos, no se superan los 2.300 animales, lo que deja muy en claro el potencial que aún hay para desarrollar este rubro que, sin duda, nunca va a ser masivo, pero que constituye un nicho de mercado más que atractivo en condiciones regulares.

El contenido al que quiere acceder es exclusivo para suscriptores.

Dejá tu comentario