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Pajitas, marihuana, alcohol y cigarrillos

Desde el miércoles shoppings, hoteles, restaurantes y boliches no podrán ofrecer o colocar a la vista “pajitas” (sorbetes plásticos”) de un solo uso y a partir de noviembre su venta, entrega y uso estará prohibido en toda la Ciudad de Buenos Aires, lo que las pone en un lugar más peligroso que la marihuana, los cigarrillos y el alcohol.

Las pajitas han estado con nosotros al menos desde el 2.500 antes de Cristo (existen modelos en oro y lapislázuli de 3.000 AC), cuando los sumerios compartían cerveza bebiéndola con cañitas de metal de más de un metro de largo (así “pegaba” más, la filtraban y evitaban la espuma). Un producto para las “elites”, con la revolución industrial comenzaron a popularizarse “pajitas” hechas con tallos de arroz, hasta que en 1888 a Marvin C.Stone (que trabajaba en la industria del cigarro) se le ocurrió enrollar un pedazo de papel en torno a un lápiz y ponerle pegamento (la pajita doblable la inventó Joseph Friedman en 1937). En los años 60s del siglo pasado aparecieron los primeros sorbetes de plástico –mejores, más baratos y no se deshacen- que para 1969 ya habían conquistado el mundo. Si son buenas o malas para la salud, una respuesta la tiene la Asociación Dental Norteamericana que hace décadas recomienda su uso para prevenir la erosión dental.

Buenas o inocuas hasta hace poco –muchos prefieren no beber de un vaso de vidrio que fue utilizado por un desconocido y puede estar mal lavado- , la ola “antipajitas” es una historia de psicología, el poder de los medios sociales, el video sobre una pobre tortuga y una mediática adepta a las siliconas, que tomó por sorpresa a la industria y a cualquiera que hubiese opuesto algún reparo.

La movida en realidad arranca en 2011 cuando un chico de colegio de 9 años, Milo Cress, se preguntó cuántas pajitas consumían los norteamericanos y con su madre empezó a recoger por teléfono las estadísticas de los fabricantes, llegando a 1.5 pajitas diarias. Esta es la estadística que se usa hoy en todas las campañas contra los malignos “tubitos” y la que usaron marcas como Pernod Ricard, Diageo y Bacardi para prohibirlas en sus eventos. El primer espaldarazo a la campaña se dio en 2015 cuando una bióloga marina, Christine Figgener atrapó una tortuga verde en Costa Rica y subió un video a YouTube mostrando como quitaba un sorbete de una de las fosas nasales del animal. El video explotó -hoy tiene una 35.5 millones de visitas-, la indignación contra los milenarios tubitos también, pero fue recién a mediados del año pasado cuando Kim Kardashian le dijo a sus 115 millones de seguidores por Instagram que dejaban de usarlas en su casa, que la ola contra estos peligrosísimos elementos se hizo incontenible. Primero McDonalds, Starbuscks, Disney, e infinidad de empresas, luego Seattle y otras ciudades norteamericanas, siguieron los estados y de ahí al resto del mundo. Finalmente ahora, Buenos Aires.

El fenómeno antipajitas ha sido comprado por los psicólogos con “el desafío del balde de Hielo” de 2014, en el cual la gente colgaba videos en los cuales se arrojaba encima un balde de agua helada y donaba dinero a obras de caridad. En ambos casos entra a jugar lo que se llama una “licencia moral”, por la cual las personas cambiamos algunos comportamientos sencillos por otros que nos hacen sentir bien, frenando así la necesidad de tomar otras acciones más difíciles y que serían moralmente más correctas (no es que el problema “pajitas” no tenga una base real, por día una 5.5 toneladas de sorbetes ingresarían a los océanos y costas del mundo), pero es de los menos gravitantes y urgentes (serian apenas 0.02% de los plásticos que se vierten al mar). Así argumentamos: No uso pajitas, pero voy al restaurante en auto en lugar de caminar, y el gobierno porteño se congratula por la sanción de una medida que quita del medioambiente los 28 kilos diarios de pajitas que producen los shoppings y patios de comida, para no desarrollar mecanismos más serios para recuperarlas y reciclarlas junto a todo el plástico que consumimos y generar campañas de concientización…(pobre Sarmiento que creía que lo importante era educar al soberano, no prohibirle).

Lo irónico del caso es que con la nueva ley solo accederemos a pajitas de papel -que conllevan una huella de carbono al menos 5 veces mayor a sus pares de plástico- y vienen envueltas en envases de plástico, prohibiendo la posibilidad de recurrir a la nuevas pajitas de plástico biodegradable que está desarrollando la industria.

Curiosamente, mientras en Buenos Aires avanzamos por el camino de lo “políticamente correcto”, algunos de los primeros en esta moda anti sorbetes están volviendo por la senda de lo “humanamente correcto”. La legislatura de Florida acaba de aprobar una resolución frenando la ley contra las pajitas por cinco años y mandando un estudio para examinar las restricciones. Es cierto que toda una serie de restaurantes que están enfrentando las quejas de sus clientes han comenzado a presionar, por caso más de 44.000 personas acaban de solicitar a McDonalds que vuelva a utilizar sorbetes plásticos ya que los de papel se ablandan luego de diez minutos. Pero el pedido más real es el de los hospitales que son los principales usuarios de las pajitas doblables para que los pacientes puedan beber acostados, el de los alérgicos a los pegamentos o gomas, los niños autistas y por sobre todo aquellos –en especial los viejos- que no pueden beber sino es con pajitas ya que de otra manera corren más riesgo de aspirarse, contraer una neumonía y morir. Tienen razón…, las pajitas son más peligrosas que la marihuana, el alcohol y los cigarrillos.

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