Espectáculos

Patricia González: la China se avecina

La artista encuentra la fuente de sus obras en la tradición oriental y sus expresiones. Las ideas son elementales pero intensas, satisfacen deseos básicos del hombre como la consustanciación con la naturaleza.

La Galería Patrón, un espacio de Palermo Soho donde se combinan el arte y el diseño, exhibe “En un bosque de la CHINA”, una muestra de pinturas de Patricia González (1977). La exposición surgió cuando la artista comenzó a investigar los orígenes de la pintura. Descubrió entonces las expresiones de la antigüedad que se remontan al siglo III, y encontró el período de mayor esplendor entre los siglos X al XIII, cuando el arte chino alcanza la plenitud. En el texto de su autoría que presenta la muestra, González observa: “Occidente estuvo siempre atravesado por la cultura de China. En cada objeto de uso cotidiano, encontré esa iconografía inconfundible y ancestral”. Subraya, a partir de allí que, en el clasicismo aparecen imágenes que se reiteran desde hace milenios. “Los cuatro nobles o cuatro caballeros están representados por la orquídea, símbolo de la primavera; el bambú, del verano; el crisantemo, del otoño y, la flor del ciruelo, del invierno”. Estos emblemas casi eternos de Oriente reaparecen en las pinturas. Las flores del ciruelo danzan por toda la muestra.

Más allá de la gratificación visual que depara la belleza, las dramáticas orquídeas negras y las flores de todos los tamaños que se han multiplicado con un esténcil, González encuentra la inspiración de sus obras en el significado que la cultura china le otorga a estas expresiones. Las ideas son elementales pero intensas, desdeñan lo superfluo y satisfacen deseos básicos del hombre como la consustanciación con la naturaleza. Y allí están pintadas con gesto firme, las casas como pagodas en medio de los bosques, custodiadas por montañas; árboles, rocas y las peculiares especies botánicas.

González se apropia de las metáforas de fácil comprensión: el ciruelo que florece en el rigor del invierno, anuncia que inexorablemente llegará la primavera. Los ciclos de la naturaleza coinciden para alentar una visión esperanzada de la vida. En los materiales como la pintura acrílica, reside la contemporaneidad. Así, se sustituye la seda o el papel por una tela resistente. No obstante, la artista logra activar el tiempo y la energía de los materiales. Los colores remiten al antiquísimo verde del celadón, la cerámica china por excelencia que también reaparece en un tono azul grisáceo. Hay en la sala un díptico, cada pintura ostenta un círculo en el centro, las irregularidades de la línea recuerdan la boca de los jarrones de celadón y se perciben como una clara referencia al trabajo manual. La pintura imita el color del jade y también la textura del esmalte.

La actitud juguetona de la muestra se advierte en el título, tomado de una canción infantil. La artista aclara sin embargo con cierto escepticismo: “El juego consiste en idealizar una sociedad, quizá la más virtuosa de la civilización en su manera de producir arte; ahora, cuando el presente los ha transformado para siempre y sus caballeros nobles han cambiado y se han convertido en plástico para dar paso a la voracidad de la industria China”.

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