Espectáculos

Peralta Ramos: la biografía coral de un dandy irrepetible

Un personaje único de la cultura de los 60 al que le gustaba definirse como "un playboy sin harén" y que llegó a la fama gracias a Tato Bores en TV.

Federico Manuel Peralta Ramos fue un creador repentista, un metafísico delirante que acompañó a Tato Bores, un niño grande y playboy sin harén, un “psicodiferente” y una leyenda de Buenos Aires que se instaló entre Macoco Álzaga Unzué y Alberto Greco. A ese sorprendente personaje Esteban Faune de Colombi captura en “Del infinito al bife” (Caja Negra), biografía coral que hoy se presenta, a las 19, en la Fundación Cazadores (Villarroel 1438). Faune de Colombi es actor, periodista, editor de la revista “Galera”, y publicó -entre otras obras- “Pasante”, “Lugares que no”, “No recuerdo”, “Leídos”. Dialogamos con él.

Periodista: ¿Hizo una búsqueda detectivesca?

Esteban Faune de Colombi: No, si suponemos que los detectives van en busca de una verdad. Lo mío fue una suerte de encuesta amplia e impune. La figura de Federico Manuel se va desfigurando. Vida y obra son muy similares en él. La anécdota también es la obra. Hace ya mucho que murió y hubo gente que no vi porque estaba mal de salud, acababa de morir o estaba por hacerlo. Muchos testimoniantes de la época eran de difícil acceso. Logré llegar a los más importantes de su familia, no porque me fueran a revelar verdades. La memoria es un músculo emocional que recuerda cómo puede lo que quiere en el momento que quiere. Investigué a muchísima gente. De Cocho López a Moria Casán, a la que bautizó La Mucha; de sus compañero del Newman al hijo de Julio Llinás, que recuerda cómo Federico le pedía a su padre que le confirmara que él era patafísico; de Justo Solsona a Rodolfo Rabanal, de Boby Flores a Fernando Samalea, baterista del disco “Filosofía barata y zapatos de goma”, que me contó que un 25 de Mayo, a la madrugada, Federico se acercó a Charly Gracia y le pidió que tocara el Himno, y Charly lo tocó en versión rockera, y esa misma madrugada se fue a grabar esa versión, que entró en ese disco. Y Agresti, que lo hizo participar en dos películas suyas, y un día se lo encontró charlando con Carlos Monzón y lo invitó a participar con ellos. Cuando reuní más de 160 testimonios me puse a trabajar en la edición, en el montaje, como si fuera un documental más que un libro. Busqué que fuera como una gran conversación, como si sentara a los encuestados a una mesa, y fuera viendo: éste dialoga con éste, éste se completa con éste, éste se contradice pero ahí crece. Descubrí que el famoso toro que Federico compró sin un peso en la Exposición Rural de 1966 para unos era verde, para otros rosa, para unos lo había carneado, para otros lo había paseado por Florida, para otros lo había rematado. Mentiras, pero la mentira ya no tenía peso. Hasta tenía gente que había estado realmente en el remate del toro.

P.: ¿Por qué se interesó en él?

F.: Me interesaba hace mucho como performer, aunque no lo conocí. Tengo vagos recuerdos de él en los programas de Tato Bores, cuando yo tenía como mucho 12 años. Cosas que me quedaron rebotando en la cinta asfáltica de la memoria. La historia de cuando ganó la beca Guggenheim, bancado por Clorindo Testa, con un inflable que iba a lanzar al mar para desparramar buena onda por el mundo, que no realizó porque “la mejor manera de argentinizar una idea es no concretarla”. Con los 6.000 dólares de la beca, que pidió que le giren, se compró tres trajes y tres cuadros, uno de Robirosa, uno de Deira y uno De la Vega, que repartió entre su familia; grabó su disco con Francis Smith y, lo más resonante, realizó “La última cena”, una comida de milanesas y papas fritas para 25 amigos en el Alvear, de Marta Minujín y Yuyo Noé al diariero de la esquina, con final de fiesta en la boite Afrika. Cuando los de la fundación se enteraron le mandaron una carta que él contestó y es famosa porque es lo único que quedó tangible, y que según dicen está colgada en la sede de fundación Guggenheim en Nueva York. Era un artista disruptivo. Le gustaba rebautizar. Hablaba del Misterio de Economía, o llamaba Mal de Plata a la ciudad que había fundado su familia cuando estaba bien. Están los poemas que le decía a Tato Bores. El disco con “Soy una pedazo de atmósfera” y “Tengo algo adentro que se llama el coso”. Yo me crié mirando “Cha Cha Cha” donde Alfredo Casero retomó la canción “Soy una pedazo de atmósfera”. Tengo puntos en común con Federico. Abrevo en esa multiplicidad de cantar, leer, actuar, escribir poesía, estar en los medios. Me di cuenta de que había un hueco, que Federico había quedado en el imaginario como ese loco lindo de la tele, y que aún no había sido revalorado como el artista conceptual que es. Así fue cómo surgió éste libro.

P.: ¿Qué supo del libro que a Federico le iba a publicar Andralis, editor de “El congreso” de Borges?

E.F..: El galerista Osvaldo Centoira me contó que habían tenido con Juan Andralis la idea de publicar un libro con frases de Federico, que él había ido juntando. Del tipo “My life is my best work of art” o “Al final, Dios no es ningún pelotudo”. Por otro lado Federico tenía la idea de hacer un libro que se iba a titular “De infinito al bife”, por eso este libro se llama así. Iba a ser in libro barajable, con hojas sueltas y en blanco para escribir direcciones o recetas. El título le servía para aludir a gente que es infinito, que es espíritu, y a gente bife, que es materia. El libro era para unir la grieta, esos dos mundos de personas y restituir el equilibrio perdido. Ese tipo de discurso taumatúrgico quedó plasmado en las columnas que publicó en la revista “La semana” en 1981-1982, donde entre otras cosas decía que los segundones iban a tomar el mando de las cosas.

P.: ¿Qué está escribiendo?

E.F.: En marzo sale en Seix Barral “La historia en mis píes”, un libro de crónicas de viajes.

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