"El surrealismo es un disparate"

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Asegura Gonzalo Rojas, Premio Reina Sofía de Poesía Iberoamericana en 1992, que a sus 83 años todavía se baña en las frías aguas del río que pasa junto a su casa de Chillán, en la Cordillera de los Andes, el lugar en que nació en 1917. No hay más que verlo moverse para darse cuenta de que dice la verdad. Lo cierto, no obstante, es que su inquietud viajera no le deja mucho tiempo para nadar en ese río.

Entre Chile, España, Alemania y México, Rojas ha levantado su casa en hoteles y aviones. Además, la misma energía que lo lleva a interesarse por todo lo que se mueve a su alrededor -la política, la historia, la física-lo ha llevado a reordenar todos su poemas en «Metamorfosis de lo mismo» (que publica Visor), un volumen --que acaba de aparecer en Espa-ña-organizado por temas: el erotismo, el oficio de poeta, lo sagrado, lo familiar... «Son los territorios a los que siempre vuelvo», señala.

Periodista: ¿Por qué ha ordenado su poesía completa temática y no cronológicamente, como suele ser habitual?


Gonzalo Rojas:
Porque me opongo a la idea de la linealidad del tiempo. No es cierto que yo naciera el 20 de diciembre de 1917: estoy naciendo siempre. Y no es cierto que uno escriba un libro como quien coloca ladrillos en un muro. Yo viví en Oriente, y allá el tiempo no es tan lineal. Además, pregunten a los físicos contemporáneos si lo es. Ellos también creen en la ambigüedad de la aproximación, más que en la exactitud. Como los poetas.

P.: El libro se abre con «Concierto». ¿Es un home-naje a los poetas que lo han marcado?


G.R.:
Para mí, la originalidad no existe. Todos formamos parte de un coro. Si hubiese un poeta original habría que bus-carlo en los griegos antiguos. Siempre hay conexiones entre los distintos sistemas imaginarios. Recuerdo la primera vez que leí a Paul Celan. Pensé: «Pero si esto lo escribí yo». Tanta era la afinidad en cuanto al descuartizamiento de la sintaxis o al uso de neologismos, aunque cada uno tenga su voz. Yo, por ejemplo, soy un poeta silabeante.

P.: ¿Por qué?

G.R.: Porque de pequeño era tartamudo y asmático. Tenía dificultades respiratorias y de expresión. Eso me hizo mucho bien, porque hacía ejercicios con las sílabas difíciles. Por eso mi poesía es como mi respiración.

P.: Una de sus grandes influencias fue el surrealismo. ¿Cómo lo ve hoy?


G.R.:
Los surrealistas son los herederos del Romanticismo alemán. De hecho, fueron los vanguardistas menos rompedores. Ni siquiera aprove-charon los descubrimientos de Sigmund Freud sobre la dimensión onírica, sino las ideas de gente como el poeta y científico alemán Novalis, que pensaba que el sueño era una segunda vida. Me interesa el surrealismo, pero no como algo sagrado, porque en muchos órdenes es un disparate. También hubo un surrealismo de oficina.

P.: Usted conoció a André Breton. ¿Cómo era?


G.R.:
Lo conocí en su casa. Estaba casado con una chilena y por eso me fue fácil llegar a él, no por mis méritos. Breton era un personaje bastante singular, altivo: cabeza de león, mirada atractiva, una mirada líquida, de las que saben ver, voz hermosa, desenfado, casi descaro con la gente que no le gustaba. Iluminaba. Era uno de esos escritores con gancho.

P.: Otra de sus referencias es Vicente Huidobro.


G.R.:
Huidobro nos puso al día de la literatura mundial. Nos alejó del aburrimiento de lo telúrico, tan habitual en América. Era muy divertido, muy generoso con los jóvenes. Sembró libertad en nuestra cabeza.

P.: ¿Más que Neruda?

G.R.:
Siempre me gustó más Huidobro. Me daba algo fresco: la gracia poética, el no miedo al miedo, que es tan importante. Neruda no tenía la lozanía de Huidobro. Para mí es tan importante como César Vallejo, que es el más importante de todos.

P.: ¿Y Gabriela Mistral?

G.R.:
La respeto mucho. Se quedó al margen de las vanguardias, escribiendo en el cuarto de atrás, pero con el raro sentido que ella tenía en la oralidad. Me gusta la Mistral por disidente de las vanguardias, por «animala» libre. Además, es muy americana. Entró en un diálogo directo con la materia: con el agua, con el aire, con el fuego, como un filósofo griego sin saber nada de filosofía, con el aceite, con el pan, con la casa. Fue una poeta de lo sacro cotidiano.

P.: ¿Qué sería para usted hoy lo sagrado?


G.R.:
Lo oscuro, lo enigmático, el misterio, el no sé tan precioso para los poetas. Uno escribe mucho de y desde ese no saber. Ahí está el primer poema de Vallejo, el que empieza: «Hay golpes en la vida tan fuertes.. Yo no sé». Tal vez, la diferencia entre la poesía española y la latinoamericana sea que los españoles son a veces demasiado explícitos. Nosotros somos más balbuceantes. Somos más elusivos que alusivos, más de ese no saber sagrado.

P.: ¿Es usted creyente?

G.R.:
Sí y no. Creo en lo religioso en el sentido de religare, de encontrar el largo parentesco entre las cosas. El caos no existe para mí. Lo que existe es una red, una urdimbre de cosas que voy descubriendo. Una de sus grandes preguntas es: «¿Qué se ama cuando se ama?». Es una pregunta de Plotino, que la toma de Platón. El enigma del amor también tiene que ver con lo religioso. Alguien dijo que yo era un «místico concupiscente», y es que para hablar de la poesía de amor habría que empezar por la poesía mística. Que le pregunten a Santa Teresa o a San Juan si ellos no conocieron el cuerpo. Lo maravilloso del amor es el relámpago, no el matrimonio, que es un pacto.

P.: La idea del relámpago se repite en su obra.


G.R.:
Tiene que ver con mi infancia. Una noche se desencadenó una tormenta. Yo tenía cinco años. Jugábamos en una galería cuando uno de mis hermanos dijo «relámpago». Ese esdrújulo me maravilló, me pareció que era más rico que la misma lluvia. Ahí está el poder de la palabra.

P.: ¿Es posible hablar todavía poéticamente de temas tan usados por la poesía como el amor o la muerte? Parecería que son temas que se están agotando, ¿no es así?


G.R.:
¿Cómo se va a agotar el amor, ese sentimiento de iluminación fosfórica entre cursi y fascinante? Ni las imágenes van a terminar con las palabras. La palabra va a seguir. Igual que el silencio. La historia es otra parte fundamental Gusta en «Metamorfosis de lo mismo».

P.: ¿Cuál es su balance del siglo XX?


G.R.:
Este ha sido un siglo de mutilaciones. Yo nací con la Revolución Rusa. En seguida llegó el fascismo, que en Chile tuvo muchas resonancias. El mismo año del ascenso al poder de Hitler hubo allí un partido nazi. La Guerra Civil espa-ñola fue también terrible para nosotros. Sólo sentimos próxima a España con esa guerra. Hasta entonces era una madrastra remota, pero como madre ensangrentada fue otra cosa. Luego vinieron todas las dictaduras que nos tocó vivir. La historia la hemos respirado.

P.: ¿Su balance es negativo?


G.R.:
Le recordaré una línea de Quevedo: «Nada me desengaña. El mundo me ha hechizado».

P.: Junto a la historia, está su historia personal en la parte titulada «Materia de testamento».


G.R.:
Es mi árbol genealógico. Yo no soy un poeta telúrico. Me aburre mucho hablar de los «grandes ríos arteriales» y de las nieves de los Andes. Yo, pese a ser hijo de un minero del carbón, nací mundano. Me gusta el mundo entero. Soy un poeta genealógico, y en esa parte que cita voy dejando cosas a la gente que quiero, como en un testamento. Pese a todo, no es la muerte la que cierra el libro, sino el humor. Le contaré una anécdota. Cuando mi madre se estaba muriendo todos los hermanos la rodeamos. Allí estaba ella, preparada para morir, decorosa, digna. Entonces me hizo un guiño para que me acercara y me dijo: «¡Qué divertido es todo esto!».

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