La compleja relación entre fútbol vasco y separatismo

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El día 25 de junio de 1997, una temporada después de su llegada al Athletic de Bilbao con la aureola de ser el primer extranjero entre los leones de San Mamés, Bixente Lizarazu abandonó a la carrera la orilla bilbaína del Nervión. Cuando cerró apresuradamente la puerta del coche que lo conduciría a Hendaya, donde residen sus padres y él mismo tiene un caserío, un puñado de monedas lanzadas por un grupo de exaltados aficionados impactó estruendosamente sobre la chapa y los cristales del automóvil.

El héroe, el euskaldun (vasco) que ya lucía una ikurriña (bandera vasca) como brazalete de capitán cuando jugaba para el Girondins de Burdeos, el orgullo de la causa vasca que en 1995 movilizó a sus abogados para que reescribieran en sus documentos en euskera el Vicente con el que recibió las aguas bautismales, empezaba a mutar a villano. Para los más radicales, dejar por dine-ro el Athletic para irse al alemán Bayern de Munich era una traición que trascendía lo deportivo. Por eso, como si de un Judas se tratara, a Bixente -o tal vez Vicente otra vezle lanzaron monedas. Y de aquellos polvos ETA acaba de hacer, con una lista de agravios descabellados que adornan la primera extorsión conocida a un ciudadano francés, nuevos lodos en su escala del terror y el chantaje.

Por vez primera en su historia, ETA quiere mandar también en el fútbol. Ya sin subterfugios. No le basta con infiltrarse en las pe-ñas más radicales de los clubes históricos y reclutar entre los más fanáticos a sus cachorros de la kale borroka (jóvenes que participan en la lucha callejera) o sacar a pasear fotos de todos sus presos durante los encuentros de la selección vasca, como ocurrió en 1998 en Anoeta (San Sebastián) en el partido contra Uruguay, con Arnaldo Otegi (líder de la coalición independentista Eukal Herritarriok [EH], brazo político de ETA) y la plana mayor del Partido Nacionalista Vasco (PNV, en el gobierno regional) presidiendo el encuentro. De confirmarse la antenticidad del manuscrito remitido a los padres de Lizarazu, con el inequívoco sello del hacha y la serpiente, la banda terrorista empezó a hacer su propia selección, su lista de jugadores. Y Lizarazu ha sido convocado bajo amenaza: o paga, y sigue jugando, o él y sus bienes pueden quedar para siempre fuera de juego.

En definitiva, la macabra frase hecha del asaltante: la bolsa o la vida. «Tienes influencia en muchos jóvenes y, por tanto, cuando juegas con ese equipo (alusión a la selección francesa, con la que ha sido campeón del mundo y de Europa, y que al modo de ver de los autoproclamados custodios de las esencias nacionales vascas representa a un Estado enemigo de Euskal Herria [País Vasco]) suscitas sentimientos encontrados a muchos ciudadanos vascos: por un lado, orgullo y alegría al ver a un deportista de máximo nivel. Y por otro, indignación y pena al ver que defiendes unos colores e ideas que no son euskaldunes», aparece escrito en la carta.

Colores, ideas y... cuenta corriente. «ETA», subrayó el filósofo y portavoz de la organización Basta Ya
Fernando Savater, «tiene mucha pasión por el fútbol pero más por el dinero». Sólo la Iglesia, dijo también Savater, queda de momento fuera de las nuevas oleadas de cartas (las últimas, también dirigidas a decenas de profesionales liberales, se registraron en marzo, setiembre y noviembre). Desde 1993, al menos, los responsables del aparato de extorsión de la banda tenían «instrucciones que se siguen al pie de la letra», según el juez Baltasar Garzón, para chantajear a la elite del deporte. En uno de los documentos incautados a la banda se alecciona a los cobradores para que empiecen a recabar información sobre los deportistas de mayor fama y dinero, también vascofranceses.

No todo quedó en papel mojado. Según reveló el ex ministro socialista de Justicia e Interior,
Juan Alberto Belloch, aquellos propósitos mafiosos llegaron a materializarse. «El de Lizarazu -dijo-no es el único caso, aunque sí el primero que se ha hecho público. Antes había futbolistas que pagaban».

La relación de ETA y su mundo con el fútbol es de amor y odio. En un reciente comunicado interno se calificaba el deporte como «enemigo de Euskadi», «factor integrador con España». O incluso peor, reencarna el imperialismo, como los restoranes de comida rápida. «Comer una hamburguesa en un McDonald's en principio no es bueno ni malo, pero cuando te das cuenta que la carne la exportan desde EE.UU., que mucho es grasa, o que crea una adicción por el tipo de cocinado,
ketchups, etc., es una manera de imperialismo por la cocina. Da qué pensar.» Y con el fútbol, lo mismo: «Ver fútbol en principio no es bueno ni malo, pero...». Ambos párrafos aparecen en la ponencia Piztu Euskal Herria (Encender Euskadi), una de las cinco presentadas al proceso abierto para refundar Herri Batasuna (HB, antiguo nombre de EH). Difícil resulta en estos momentos, a diferencia de lo ocurrido con la primera mesa nacional de HB, que en la futura cúpula directiva de la izquierda abertzale (nacionalista) esté un jugador del mismo club que despidió con rostro destemplado al vascofrancés Lizarazu. Entonces, en 1979, entre los fundadores del órgano rector del brazo político de ETA se contaba a José Angel Iríbar, el legendario arquero 49 veces internacional con la camiseta española.

Dos décadas después, otro ex jugador del Athletic,
Endika Guarrotxenea, fue miembro de la Mesa Nacional que relevó a la que Garzón encarceló por apología del terrorismo. Iríbar perdió protagonismo político. Desde 1988 es el responsable junto con Javier Expósito de la escuadra heredera de aquella primigenia selección vasca en el exilio que en la segunda mitad de los años '30 recorrío medio mundo para la República contra la que se había sublevado Francisco Franco. Fueron años de guerra en los que otro futbolista, la antigua figura vizcaína José Antonio Aguirre, mandaba en el PNV.

Que el fútbol -que tanto instrumentalizó el dictador -podía ser muy político lo entendieron enseguida los más independentistas. Muerto Franco, Iríbar y un jugador de la Real Sociedad (
Inaxo Kortabarría, el único vasco que ha renunciado a jugar en la selección española) saltaron al estadio de Atocha portando una ikurriña, entonces prohibida. Era el 5 de diciembre de 1975, día de clásico entre los dos grandes clubes vascos. No sólo entonces el independentismo hizo peña con el fútbol. Ahora, el estandarte tras el que marchan al unísono violentos y no violentos es la reivindicada selección vasca. Cada uno de sus ocasionales partidos se convierte en un inmenso altavoz donde se hace procesión con las fotos de los presos etarras.

Que la banda armada no respeta ni al fútbol quedó claro con la carta da Lizarazu. Pero, ¿respeta el fútbol el
abertzalismo?, ¿condena inequivocadamente los atentados? Controvertida es la postura del ex club del propio Lizarazu. En el estadio San Mamés nunca se guardan minutos de silencio cuando ETA asesina.

«El Athletic es un catalizador», dice su presidente, «que aúna todas las ideologías; es un espacio de paz y concordia». Su noble propósito quedó en entredicho el pasado año. Para no ofender a quienes consideran legítimo secuestrar y matar, el club bilbaíno se negó a guardar un minuto de silencio tras el asesinato en Sevilla del concejal del Partido Popular (PP)
Alberto Jiménez Becerril y de su esposa.

«Es triste que jugadores que firman manifiestos por los presos y por la selección vasca callen ahora», levantó su voz el concejal de San Sebastián por el PP Ramón Gómez. Los que sí gritaron fueron los de Osasuna de Pamplona. Alfredo Sánchez y Alex Fernández -madrileño y catalán, paradójicamentela armaron tras un partido que su equipo jugó en Mallorca. Terminaron encarando a unos policías con amenazas: «Tenemos muchos amigos en HB. Ya os enteraréis. Ganamos 50 millones cada año. Nosotros dormiremos tranquilos; vosotros no».

La vinculación de algunos miembros de las hinchadas más radicales del fútbol vasco y navarro con ETA es más que conocida. Este año fue procesado por colaborar con la banda terrorista el presidente de la Agrupación de Peñas Vascas del Athletic,
Francisco Javier Cano. Y a Herri Norte, la barra ultra de San Mamés, perteneció Iñaki Herraz, alias Txapas, etarra detenido en París. No le va a la zaga la donostiarra Peña Mujika. Los seguidores de la Real no olvidarán el domingo, 21 de marzo de 1999, que murió (luego se aclaró que fue un suicidio) el miembro del comando Donosti José Luis Geresta. Los pro-etarras cubrieron el marcador electrónico del estadio con una gigantesca ikurriña.

Las nuevas cartas para el
impuesto revolucionario, que según algunas fuentes de la lucha antiterrorista podrían estar llegando a gente de otros deportes, pretenden que el conflicto trascienda más allá del campo de juego. «En la definición de Haika (fusión de Jarrai y Gazteriak, grupos jóvenes radicales vasco y navarro respectivamente) ya dijeron que eran un movimiento internacionalista», recuerda el soció-logo Javier Elzo. «Ahora ETA», añade, «al elegir a Lizarazu y no a otros deportistas vascos que participan por ejemplo en la selección española, pretende la táctica de inter-nacionalizar el conflicto. No nos damos cuenta de la propaganda que les hacemos. Hasta el primer ministro francés, Lionel Jospin, ha terminado hablando de Lizarazu y ETA».

En Alemania, donde el jugador es una de las estrellas del potente Bayern de Munich, la tragedia de Lizarazu ocupa mucho más espacio informativo que el peor atentado etarra. El diario
«Bild», por ejemplo, dedicó ocho líneas al asesinato del concejal del PP Francisco Cano, mientras que dada media página sobre la aparición de Lizarazu, rodeado de cuatro guardaespaldas, en el entrenamiento del club. Por mucho que pueda exagerar en ocasiones el diario sensacionalista, esta vez narra hechos reales: un deportista francés que se siente vasco y vive en Alemania puede ser víctima de una banda terrorista que reivindica una patria a sangre y fuego. Hay un precedente: el IRA, de Irlanda del Norte, amenazó en una ocasión al jugador del Manchester George Best.

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