Opiniones

Preparándonos para el día después del acuerdo Mercosur–UE

El reciente acuerdo entre el Mercosur y la Unión Europea puede actuar como estímulo agonal para ingresar en procesos de modernización que otros ya han puesto en marcha.

Los argentinos nos caracterizamos por cambiar cuando las circunstancias nos obligan más que por nuevas convicciones emergentes. La nuestra es una cultura idealista más que empirista, y solemos confundir una preferencia con una experiencia.

Por eso, el reciente acuerdo entre el Mercosur y la Unión Europea puede actuar como estímulo agonal (al que deberemos rendirnos más allá de nuestra comodidad) para ingresar en procesos de modernización que otros ya han puesto en marcha. Nada impacta más en el pensamiento que enfrentarse a un cambio estructural de buenas a primeras.

El reciente tratado exigirá corregir malas prácticas políticas antiguas (voluntarismo fiscal, regulaciones nostálgicas, malas prioridades en la asignación de recursos públicos, miradas hacia el pasado que evitan el futuro inminente), así como reformulaciones en la decisiones y prácticas de los actores económicos privados. La nueva competencia intercontinental nos exigirá corregir defectos de políticas coyunturales (alto gasto público, excesos monetarios, sobrerregulaciones) y de políticas estructurales (cortoplacismo y politización).

Pero, si ello ocurriera (hay un plazo generoso que el propio acuerdo concede para lograrlo), será en el plano de los actores particulares y privados donde no pocas trasformaciones ocurrirán, en el entramado de empresas, personas y agentes dedicados a la producción y comercializaron de bienes y servicios (conforme se ponga en vigencia en acuerdo birregional).

El primero es la internacionalización de estrategias y prácticas. La nuestra es una economía cerrada. Según el Banco Mundial en 2018 el comercio internacional como porcentaje del PBI en Argentina fue 31% (lo que nos colocó en el 9no peor lugar en el planeta en la materia). En el mundo ese ratio fue 58% y en Latinoamérica 47%. Argentina, que crea el 0.51% del PBI del mundo, apenas genera 0,31% de las exportaciones de bienes y 0,25% de las exportaciones de servicios del planeta. Hay hoy pocas empresas con resultados internacionales relevantes (solo 55 exportan más de 10 millones de dólares anuales y solo 400 exportan más de 10 millones de dólares anuales; y contamos apenas con 7 de las 100 mayores multinacionales latinoamericanas).

Por eso, la mayor internacionalidad será una exigencia. Ello debería incrementar comercio transfronterizo. Pero también la participación en flujos de inversión exterior: solo contamos un stock de unos 90.000 millones de dólares de origen extranjero hundido en el país, cifra (nominal) menor a las que cuentan México, Brasil, Chile, Colombia y Perú.

Pero estas grandes cifras no solo deberán mejorarse para modificar registros estadísticos, sino que llevaran a modificaciones de prácticas: habrá nuevos atributos a ser desarrollados por parte de empresas argentinas para adaptarse a un escenario exigente, competitivo, ambicioso.

Así, algo que deberá incorporase es la participación en arquitecturas vinculares internacionales de empresas que hoy en el globo actúan de manera coordinada en el flujo de inversiones, decisiones, conocimiento productivo, comercio y prestaciones internacionales. Las que se llamaron en la década pasada “cadenas internacionales de valor” (que incluyen mas de 70% de todo el comercio internacional) están poco exploradas por nuestro comercio internacional (apenas 30% de nuestras exportaciones ingresa en ellas mientras 50% de las de los países emergentes lo hace) y un mayor ingreso en las mismas exigirá -por un lado- trabajar en las características de los productos internacionales (vía calidades y valor, más que vía menores costos), y -por el otro- desarrollar habilidades negociales para crear sociedades (que reemplacen a las meras relaciones proveedor – cliente).

El comercio internacional hoy no es sino solo una parte de relaciones estables, regulares, crónicas y sistémicas entre empresas que actúan a escala internacional compartiendo (como diría John Kay) contratos relacionales más que meros contratos legales.

Por ello, a mediano plazo, otra cualidad a desarrollar será ingresar en lo que Richard Baldwin llama la globalización 4.0: un creciente componente de intangibles deberá ser la base de la competitividad. Marcas, patentes propiedad intelectual, moderno know-how, información, inteligencia aplicada, certificaciones de estándares, ingeniería, diseño, capital intelectual, prestaciones pre y post venta, cumplimento de normas de calidad; todo será condición para el éxito, porque así está evolucionando la producción global. En los últimos diez años el valor agregado en el mundo por parte del capital intangible duplicó al generado por el tradicional capital intangible.

Y, finalmente, la mejora en las capacidades tradicionales de diferenciación de la oferta básica será un requisito que el propio mercado ampliad llamará a cumplir.

Pero todo esto no ocurrirá si se trabaja solo en la mejora de los productos. Es en la mejora de las empresas donde se desarrolla hoy la globalización. Son ellas, en tanto inversoras, creadoras, productoras y comercializadoras, las que definen el éxito, más que los productos en si, cuyo ciclo de vida es cada vez más corto en la economía mundial.

El acuerdo reciente nos meterá en un nuevo campo de juego. Nos será inmediata, pero el reloj empezó a correr.

(*) Especialista en negocios internacionales, profesor de posgrado del ITBA

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