Economía

¿Qué es más importante: equilibrio fiscal o externo?

Ante el fracaso de la política económica de estos años y del programa de ajuste del FMI se plantean con más fuerza cuáles deben ser hoy las prioridades.

¿El problema central de la economía argentina es la caída de la demanda de dinero y la emisión o, en cambio, el desequilibrio en el sector externo? Los economistas liberales siguen insistiendo que “no es que sube el dólar, cae el peso” como la clave para interpretar qué es lo que nos pasa.

Los hechos demuestran que tanto el exceso en la oferta de dinero como las crisis externas tienen gran importancia e incluso se repotencian mutuamente. Pero no cabe duda de que el problema central de la economía argentina es la falta de dólares. Explicar las crisis externas sólo por la emisión es simplificar el tema e induce a políticas equivocadas.

¿A qué atribuir la corrida cambiaria de 2018 que nos hubiera llevado al default si no hubieran mediado los dos programas con el FMI que, de todas formas, sólo postergaron el estallido de la crisis?

Algunos liberales tienen la superficialidad de afirmar que todo se debe a la conferencia de prensa del 28 de diciembre de 2017, donde quedó relativizada la independencia del Banco Central. Como si el creciente aumento del déficit de la cuenta corriente del balance de pagos y el brutal endeudamiento externo no fueran un gigantesco error que llevó a los mercado y a la gran mayoría de economistas a considerar que la situación económica argentina llevaba a un estrangulamiento externo inexorablemente.

Cuando se dice con tono doctrinario “el Gobierno como una familia no puede gastar más que lo que recauda”, debería saberse leerse, principalmente, “Argentina no puede gastar más dólares que los que ingresan”.

El FMI y los mercados en general consideran que para enfrentar la crisis externa exclusivamente debe atacarse al déficit fiscal, que genera emisión. Que si no se emitieran pesos de más, no habría posibilidad de adquirir dólares.

Sin embargo, la definición de dinero es mucho más amplia que la base monetaria. En caso de que se advierta un potencial desequilibrio externo que empuje al dólar al alza, pueden cancelarse plazos fijos, venderse bonos incluso acelerarse la circulación del dinero para comprar dólares. Desde ya que aumentaría la tasa de interés. Pero la magnitud de los saltos en la cotización que suelen producirse en las crisis argentinas hace inocuo cualquier nivel de tasa.

Un cambio de cartera de inversiones puede precipitarse por el fracaso de la cosecha, o un cambio en las expectativas asociado a la situación política interna o internacional. En el mundo las principales divisas fluctúan al calor de las tensiones geopolíticas, muchas veces sin cambio en la situación monetaria y fiscal de las economías.

Así como los desequilibrios fiscales requieren de medidas de ajuste que van desde la disminución del gasto hasta la elevación de impuestos, el estrangulamiento externo tiene también múltiples instrumentos específicos para ser atacado, que no pasan exclusivamente por la restricción monetaria.

En ese sentido debe partirse de la necesidad de desendeudar a la economía en dólares y buscar un financiamiento en pesos para las necesidad fiscales. En última instancia es preferible financiar el gasto corriente en pesos con emisión que hacerlo con deuda en moneda dura.

Por otra parte, debe restringirse el ingreso de capitales golondrinas que crean una abundancia artificial de divisas -provocando incluso atraso cambiario- y acentúan la vulnerabilidad externa. Además, el ingreso de dólares comprados por el Banco Central genera una expansión monetaria adicional, que se hace necesario esterilizar.

El actual Gobierno, e incluso los economistas liberales, no se preocupan por el equilibrio del balance comercial. Disponen medidas para facilitar importaciones por su impacto antiinflacionario, con el argumento de que el coeficiente de importaciones del país es bajo, aun cuando también el coeficiente de exportaciones es bajo. La Argentina ya tenía durante los últimos años de Cristina un fuerte desequilibrio en la cuenta corriente del balance de pagos, pero se aceleró ininterrumpidamente hasta el estallido de la crisis en el segundo trimestre de 2018. El mercado exigió la duplicación de la cotización del dólar, lo que puso en marcha un brusco proceso de reversión del déficit externo. Pero quedaron abiertas -hasta las últimas semanas- todas las puertas para la salida de capitales del país, cuando la situación permitía anticipar que la capacidad de pago del país iba verse gravemente afectada en un futuro cercano. De esa forma la crisis externa se potenció a pesar de fuertes medidas fiscales y monetarias que se implementaron. Los liberales estimaron que eso se debía a los problemas de arrastre y a las expectativas políticas desfavorables.

Si el crédito del FMI en lugar de financiar la política de ajuste se hubiera volcado a financiar para mejorar el sector externo, la situación sería hoy sensiblemente mejor. Aun manteniendo el déficit fiscal.

Por ejemplo, aplicar políticas arancelarias que impulsen la diversificación y la incorporación de mayor valor a las exportaciones. Eso sumado a promover la sustitución de importaciones hubiera permitido mejorar más rápido aun el balance comercial. También se hubiera logrado un efecto positivo castigando el turismo al exterior, negociando con las empresas extranjeras la reinversión de utilidades y promoviendo la repatriación de capitales argentinos del exterior -por ejemplo, con un blanqueo que sí obligue a traer divisas invertidas fuera del país- . Y desde luego, encarando la reprogramación de una deuda externa que fue irresponsablemente contraída con mayor anticipación.

Las políticas que apuntan a solucionar todos los problemas con el ajuste fiscal no son ingenuas. Están basadas en la hipótesis de que el Estado no puede hacer nada mejor que retirarse y que, por ende, serán los grandes operadores del sector privado nacional e internacional los que pondrán las reglas de juego.

El déficit fiscal puede financiarse dentro de límites y plazos acotados, mediante el impuesto inflacionario. Incluso cuando se advierte que mejoran las cuentas externas y la economía comienza a crecer, aumenta la demanda de moneda local. Si cede el estrangulamiento externo se abre un horizonte favorable para encarar la necesaria reforma del Estado sin un costo social que lo haga políticamente inviable. Utilizar financiamiento externo para ampliar la capacidad del país de generar divisas es sin duda muy conveniente. En cambio, financiarse en dólares para pagar los sueldos en la administración pública es un despropósito.

El contenido al que quiere acceder es exclusivo para suscriptores.

Dejá tu comentario

Lo que se lee ahora