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Qué implica el profundo error de diagnóstico

Con una persistencia digna de mejor esfuerzo la conducción económica equivoca rigurosamente su estimaciones. Ya se derrumbo la expectativa de una baja de la inflación y también se van diluyendo las esperanzas de una recuperación de la actividad. La incapacidad de anticipar los efectos de su propia política económica fue admitida recientemente por el propio jefe de Gabinete, Marcos Peña. La persistencia en el error no es una casualidad. Responde a un profundo error de diagnóstico. De esa forma se estima que cualquier síntoma favorable está poniendo en marcha la cadena de la fortuna, cuando la realidad la enfermedad sigue avanzando, como los hechos se encargan de demostrarlo.

Vale la penar recordar lo ocurrido

En 2016, cuando se inicio la gestión se afirmó que la devaluación no iba a incidir sobre los precios y el propio Gobierno admitió que se subestimó el impacto del violento aumento tarifario. Ello era desconocer la naturaleza de la inflación en la argentina, donde pesa la inflación de costos y la inflación estructural resultante de elevado grado de concentración en los principales sectores productivos. También se afirmaba que una lluvia de dólares iba a generar de entrada crecimiento, porque se ignoraba que el país, enfrentado a un profundo desequilibrio externo y las condiciones de la economía mundial, hacían imposible que el país se beneficiara de una ola de inversión extranjera directa.

En 2017 el rebote de la actividad fue considerado el inicio de una etapa de crecimiento sólido y sostenido, cuando en realidad se estaban creando las condiciones para el estallido del sector externo el año siguiente.

En 2018, cuando estalló la crisis del sector externo, se planteó que se trataba de una tormenta de corta duración, asociada a factores externos, no a la estrategia seguida, cuando la realidad es que el gobierno había acumulado una deuda imposible de pagar.

Así no sorprende que el presidente Macri afirmara, en enero pasado,que estaba bajando la inflación cuando el Indec informó al día siguiente del inicio de una nueva aceleración del ritmo de aumento de los precios, cuyo fin no se vislumbra. Desde el oficialismo se dice que a partir de junio la inflación podrá bajar porque se suspenderán los aumentos de tarifas e incluso se postergara para después de las elecciones el pago del último incremento. Ello en el mejor de los casos implica una reaceleración de la inflación en noviembre y diciembre. Pero teniendo en cuenta la gigantesca presión que soporta el dólar – que sólo una tasa de interés insostenible logra apenas controlar – debe preverse que si el dólar no estalla antes de las elecciones, lo hará al día siguiente, imprimiendo un impulso adicional a los precios.

Tampoco sorprende que desde el equipo económico se asegurara que la recesión tocó fondo en diciembre o aun noviembre, en base a las leves subas intermensuales de algunos indicadores, aunque de todas formas las caídas interanuales continuaron siendo gigantescas. El derrumbe de la producción siderurgia y automotriz, la fuerte caída de la recaudación en términos reales de los últimos meses y el hecho que todos los días se conozca el cierre, las suspensiones de personal, la reducción de sucursales y otras medidas de ajuste de pymes y de grandes empresas confirman que la recesión continua su marcha triunfal.

¿Cuál es el error de diagnóstico que lleva a que la política económica provoque cada día más inflación y más recesión? En primer lugar se ignora que la principal enfermedad que padece la economía nacional es el desequilibrio estructural del sector externo, que necesita para enfrentarlo del mantenimiento de regulaciones y de políticas activas, para promover las exportaciones industriales. Por supuesto que la crisis externa latente que arrastra el país – que ya ha dejado de ser latente - obliga a ser muy prudente a la hora de tomar deuda en el exterior.

Por otra parte, se subestima completamente el grave daño al organismo económico que genera el inconmensurable endeudamiento del Banco Central, restándose importancia al déficit cuasifiscal que genera y que implica, desde ya, una monstruosa redistribución de ingresos a favor de la especulación financiera.

Pero además, se considera que la industria nacional es una enfermedad que debe atacarse con importaciones, porque es ineficiente. Que el mercado interno es una enfermedad que tiene que limitarse, porque deja menos margen para las exportaciones; que las jubilaciones deben reducirse porque implican gasto público; y que los salarios deben bajar como único mecanismo para aumentar la competitividad de la economía.

A partir del error de diagnóstico, se subestiman los verdaderos males que padece el país y se consideran patológicos los sectores que deben favorecer el crecimiento y el bienestar. Las políticas que se aplican lejos de curar sólo pueden generar más dolor, porque implican expulsar de la economía al 50 % de la población. Y además dan paso a la elevada y prolongada inflación que exige el drástico cambio de precios relativos, que implica hacer de la Argentina un país exportador de materias primas, con un reducido mercado interno, con una población pobre y carente de prestaciones sociales.

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