Edición Impresa

“Que viva quede en la muerte”

Miami (Especial para Ámbito Financiero) - Es el obituario más temido, el que siempre supe iba a escribir. Por mí, por ella, por nosotros. Mi deber. Porque China fue "en el buen sentido de la palabra buena". Porque cuando la hicieron tiraron el molde. Charrúa hasta la médula y algo francesa. Aquella voz inconfundible delataba la cadencia del primer idioma que aprendió en París, cuando Unamuno jugaba con la niña del eximio escultor a recortar palomitas de papel, la que cuando no la llevaban al circo se tiraba al suelo gritando "Je vais mourir a l'instant!". Tan francesa que la condecoración de las artes y las letras no sólo premió su talento, también su lealtad.

La "descubrí" en "El tobogán", pieza emblemática de su amigo Jacobo Langsner. Le hacía sombra a Ibáñez Menta y a la mismísima Inda Ledesma. ¿Quién era esa actriz prodigiosa que se robaba el show? La misma que luego deslumbró en teatro a mi madre y mi hermana. Muerto de curiosidad fui la noche siguiente. Después de la función, me vio sentado solo en la platea y bajó del escenario a conversar. Nos hicimos amigos instantáneamente pero no nos volvimos a ver hasta cinco meses después. Me la encontré en la puerta del Blanca Podestá donde protagonizaba "Una corona para Benito", también de Jacobo. Parecía estar esperándome, al verme exclamó "¡Pero cuánto tardaste!" Fue un turning point que marcó mi AC y DC personal. Gracias a China, mi vida pasó de blanco y negro a technicolor.

Y se convirtió en mi segunda madre. Muy campante presentaba a la que me parió como "la madre de mi hijo". Y cuando la verdadera murió llamó para decirme "No será gran consuelo pero te queda la otra al pie del cañón". La misma que cuando vio mis pinturas preguntó "¿Qué harías si ganaras plata?". Y como respondí "Compraría telas y colores" empezaron a llegar telas y colores puntualmente a mi casa. La misma que compró un cuadro y, por supuesto, se olvidó de pagar. La misma a quien nunca le alcanzaba el dinero pero encontraba miles de dólares dentro de un libro y llamaba preguntándome si no sería la devolución de los que le había prestado a un taxista en apuros.

Yo tenía 16, ella 50 y una distinción clásica, imponente, distinta para la gris Argentina del setenta. Una cara escultórica, la de todas las estatuas de su padre, y una mirada de águila que podía decirlo todo. Hoy recuerdo nuestras largas charlas en su mínimo apartamento de la calle Uruguay que se me hacía inmenso y donde nunca sabía a quién me iba a encontrar, era un desfile de celebridades y don-nadies, todos atendidos democráticamente con el mismo esmero.

Podía ser su genial primo Zalo Fonseca, David Stivel rogándole que aceptara hacer Virginia Woolf, Manucho Mujica Láinez divirtiéndonos con su sorna impagable o una monja versus un comunista discutiendo teología y China, eterno árbitro pacifista, repartiendo gazpacho a diestra y siniestra para apaciguar los ánimos.

Aquella dimensión estaba flanqueada por dos postulados que la definían: "La guerra no es saludable para los chicos y otras criaturas vivientes", y "Vivir se debe la vida de tal suerte que viva quede en la muerte". Regaba sus plantas, tejía y cosía, cantaba "a dúo" con Edith Piaf e Ivonne Printemps, aporreaba el piano o me espeluznaba con el grito trágico que le había enseñado Katina Paxinou mientras yo rezaba para que los vecinos no llamaran a bomberos y ambulancias.

Podría escribir un libro de mis viajes con China. Desde aquel primero a Montevideo y la presentación a sus cuatro hermanas cuasi valquirias en el torreón bergmaniano de Punta Carretas; todas con la misma voz estentórea, capitaneadas por Brunilda (su madre): "No me llame Bimba; soy Yaya, usted es nieto, ¿entendió?"

Amaba la comida china, que me hizo descubrir y que había descubierto gracias a Danny Kaye, y la japonesa, que descubrimos juntos; recitarme el aria de Magda Sorel ("What is your name? My name is woman, Age?, Still young, Colour of eyes?, The color of tears...") salpicada con Dante Alighieri, y "Mon coeur s'ouvre a ta voix", de "Sansón y Dalila", mientras, en su nulidad culinaria, preparaba exquisitos tallarines carbonara para acabar feliz lavando platos y luego volar al teatro con un pañuelo en la cabeza cual refugiada soviética. Se divertía en la vida como en escena, y me divertía. Frívola efervescente o de una profundidad conmovedora, China era todo contraste.

China es "Cantando bajo la lluvia", que vi incontables veces junto a su hermana Gumita refugiándonos del verano porteño mientras las dos cantaban y repetían los diálogos de memoria. China es la premisa de ser buen público (aunque se quedara dormida, tenía un sexto sentido), es las matinés en cines y teatros, buscándome, subiéndome a los taxis y plegando mi silla de ruedas. No sé cómo lo hacía. China es la primera vez que nos peleamos y una lección de grandeza: "Detesto el champagne pero tenemos que brindar para festejar como se debe... una primera vez".

Ví cómo la envidiaban. Sus colegas, y sus amigas colegas y las colegas que se decían amigas y claro, las que no la podían ver. Era comprensible. Este rara avis tenía una facilidad excepcional - "La sheñorita Shorillia tiene shus recurshos" mandoneaba Margarita Xirgu- siempre con un as en la manga, como una diva rematando con un Do inesperado. Sin embargo, aquel torbellino de talento pudo llegar más lejos, pero era tímida enfermiza, y no le creían. Yo sí. Estoy seguro que de haber encontrado el director que la hubiese puesto en vereda habría ganado un Oscar.

No comulgaba con actores demasiado intelectuales ("Si soy actriz no tengo que ser puta para saber cómo hacer de puta") y cuando quería, era la mejor; aquella que a la pregunta de John Huston "¿Qué clase de actriz es usted?" respondió "de las buenas". Esta mezcla vernácula de Angela Lansbury, Maureen Stapleton, Bette Davis y un dejo de Vivian Vance, sumaba talento, intuición teatral y una cultura que había mamado de un entorno privilegiado. Como aquéllas, en más de una ocasión el personaje superaba a la actriz, pero cuando ésta ganaba, como con Margo Channing, "había que ajustarse los cinturones".

Y tampoco inventaba las anécdotas en su haber. Las atraía. China es verla horrorizado meterse entre dos pandillas queriendo hacer las paces. China es desmayarme de risa recitando Lorca como la Xirgu mientras manejaba errándole a todas las autopistas floridanas o cuando le espetó al empleado de la aerolínea que había perdido su valija "Señor, soy generalmente buena pero tengo un día del año en que soy malísima y creo que hoy me toca". El empleado preguntó "¿Qué había dentro de la valija?". "Un oso de peluche fucsia". Pausa. "No me mire así que no estoy loca, soy actriz." Es la misma despistada que se arreglaba el pelo en el monitor durante los almuerzos de Mirtha Legrand sin darse cuenta de que estaba en el aire, o peor, que se esguinzaba el pie derecho vendándose el izquierdo durante días.

En mi apartamento de Miami "nacieron" - otra vez, gracias Jacobo Langsner - la Elvira de "Esperando la carroza" y la anciana Mercedes de "Besos en la frente" enamorada de otro Sebastián. Aquella tórrida noche de ventanas abiertas, China leía la obra y a sus gritos "Te amo Sebastián, sé que soy una vieja loca pero te amo" hubo veloz cierre de ventanas para que los vecinos no imaginaran lo que no era.

China fue tan querida como incomprendida, malinterpretada, castigada. Me consta. En Argentina y en su Uruguay. Los dientes del perro era su credo. Navegaba por la vida con una confianza en el prójimo e inocencia a toda prueba; políticamente crédula hasta el engaño, feroz demócrata, eterna optimista, justiciera y leal como el perro del horóscopo chino que era. Y cuando tenía que ladrar, ladraba.

Nunca criticaba pero podía pintar a alguien con un pincelazo mordaz y matar una mosca con un martillo. Quienes la resistían en vez de aprender, de disfrutarla, se perdían un personaje único. Yo no. Y le reprochaba no haberse metido con ciertos clásicos teatrales que nunca llegaron. Después se pasó la hora, se cansó, la popularidad y mediocridad reinante hicieron el resto, y terminó bajando los brazos.

Y cuando su memoria empezó a fallar y mi mágica China a desaparecer, la testeaba con un versito de Campoamor que recitaba de niña. Turnándonos cada línea comprobaba su lucidez: «¡Alto al tren! / Parar no puede. / ¿Este tren adonde va? / Caminando por el mundo, en busca del ideal. / ¿Cómo se llama? / Progreso. / ¿Quién va en él? / La humanidad. / ¿Quién lo conduce? / Dios mismo. / ¿Cuándo parará? /Jamás»

Imposible agradecerle su incondicionalidad o el no estar de acuerdo pero apoyarme igual, Voltaire otra vez. Otros se atribuyeron ser sus "hijos", fui el único. Y es mi única herencia. La última vez que hablamos en su brillantemente disimulada confusión dijo "No te vayas a olvidar de mi". ¿Cómo? Y a la hora del adiós, repito nuestra clásica despedida diaria que hoy es por última vez: "Y con esto y un biscuit, hasta mañana a las huit...".

El contenido al que quiere acceder es exclusivo para suscriptores.

Dejá tu comentario

Lo que se lee ahora