Economía

Rally de Navidad a comienzos de noviembre: el cielo no puede esperar

Main Street no se atreve a cantar victoria. La promesa de pax comercial, de momento, ilumina una sola vereda.

Wall Street está de fiesta. Sin embargo, Main Street no se atreve a cantar victoria. La promesa de pax comercial, de momento, ilumina una sola vereda. Allí el sol resplandece. El S&P500, el Dow Jones y el Nasdaq se encaraman sobre récords flamantes, y ya es vox populi, “la fiesta está en pañales”. Tanto que las cotizaciones se disparan y la volatilidad de las acciones (VIX) se hunde, y no hay transacción más popular entre los fondos de cobertura (hedge funds) que vender el VIX en descubierto como si el S&P 500, tras trepar 23,4% en lo que va del año, estuviera condenado al éxito perpetuo sin sobresaltos. Hay que escucharlo a Tom Lee, un veterano estratega, antaño en JPMorgan, hoy en Fundstrat, una boutique independiente de investigación: “El rally de Santa Claus ya comenzó, y tiene más recorrido que desplegar”. Es así, tal como se percibe: Navidad en la primera semana de noviembre. Unos días más y vendrán los Reyes Magos. Trump y Xi Jinping, se entiende, que tuvieron que cancelar su encuentro en Santiago por la agitación que sacude a Chile, pero que ya hallarán otra locación para intercambiar la mirra y el incienso, y sus firmas en un acuerdo comercial (modesto), el mesías afanosamente buscado por más de un año. La pregunta es de rigor: ¿qué puede salir mal?

¿Cómo explicarle a las Bolsas que 2019 es el peor año de la economía mundial de los últimos diez? No solamente a Wall Street: el EuroStoxx 600 estampó un máximo de cuatro años, apenas días después que el BCE reconectara el respirador de la compra de activos de largo plazo – la expansión cuantitativa – a razón de 20 mil millones de euros por mes, y sin fecha de expiración. Se dirá: a las bolsas no las obsesiona el pasado, anticipan, miran hacia delante. Se asustaron a fines de 2018, allí previeron el escuálido presente, pero se rectificaron pronto y con acierto, y ahora doblan la apuesta. Precisamente, la siembra de estímulos por parte de los bancos centrales (en especial, las tres rebajas de tasas de la Fed les abrió el apetito por la próxima cosecha. Creen en la palabra de Powell: la economía está sólida. No hay recesión al acecho.

Ningún mercado más refractario a la opinión “bull” (alcista) de la Bolsa que la plaza de los bonos del Tesoro, y además el más líquido de todos.

Su escepticismo fue la punta de lanza de los “bears”. La tasa de 10 años llegó a sumergirse a 1,43% en septiembre. Difícil imaginar la convivencia de un nivel tan irrisorio con una economía saludable. Para peor, la curva de rendimientos se invirtió, la señal más ominosa, y la más efectiva alerta de una recesión (que los bonos también anticipan y su récord como oráculo es mejor – por lejos - que el que ostentan las acciones). Y, sin embargo, el cese de hostilidades entre Washington y Beijing no les resultó indiferente. La tasa de 10 años ascendió sin prisa y sin pausa, los dos últimos meses, y el viernes cerró muy cerca de 2%: 1,94%. Y la curva cambió de signo y se empinó. Si un modelo probit estimó una probabilidad de recesión en torno a 44% en agosto, ya en octubre la había recortado a 31% (todavía inquietante, pero reculando en tándem con el viento de cola que reflejan las bolsas). Vale hacer una salvedad: cuando la Fed decide ampliar su hoja de balance para calmar los nervios del mercado de repos, como interviene en el tramo corto, también afecta la pendiente de la curva de rendimientos, y relativiza la lectura anterior.

¿Qué puede salir mal? Los árboles no crecen hasta el cielo, y si además ello depende de la buena voluntad de Trump, de un compromiso conjunto de regadío con China, todo puede acabar de un plumazo. Al primer entredicho. Y el presidente, el fin de semana, reconoció que las conversaciones marchan sobre ruedas, pero no le corre la prisa por firmar cualquier papel, sino un buen acuerdo.

No será la primera vez que las negociaciones descuentan un final feliz para abortar en la última milla. Y aun así Trump no parece proclive al desaire letal. Las elecciones se acercan, puede ganarlas si no se cava la fosa de una recesión, y qué mejor propuesta que dejar que se asiente la calma, y a los mercados correr, hasta que la economía borre las dudas. Con el impeachment soplándole en la nuca, y sin logros alternativos que ofrecer, Trump no debiera exigirle mucho a un acuerdo para que le sea provechoso. Las Bolsas, menos aún.

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