Opiniones

Reflexiones sobre la ley de Economía del Conocimiento

Tenemos una ley que es prometedora, que hay que festejarla, hay que reconocer que las economías del conocimiento tienen un alto potencial para el desarrollo industrial de un país.

La Ley de Economía del Conocimiento (LEC), sancionada en el Congreso, celebrada y aplaudida por la industria de software, nos plantea una serie de interrogantes e, inevitablemente, nos lleva a compararla con su, de algún modo, antecesora: la Ley 25922, aquella recordada Ley de Promoción de Software, sancionada hace ya 15 años, en 2004.

La Ley de Economía del Conocimiento muestra diferencias muy positivas con su antecesora. Es mucho más simple y accesible para empresas más pequeñas, mucho menos burocrática y, sobre todo, al incluir a industrias con muchísimo potencial, presenta una oportunidad única para el país. La continuidad de una ley que fue redactada y diseñada antes del kirchnerismo, que fue sancionada, aprobada y renovada durante ese gobierno (en dos gestiones muy diferentes como la de Néstor en 2004 y la de Cristina en 2015) y que acaba de obtener una sanción por unanimidad en el Senado durante el gobierno de Mauricio Macri, representa, además, la concreción de una política de Estado nacional en relación al desarrollo industrial.

Está muy bien festejar todo esto mencionado anteriormente. Sin embargo, debemos también tener muy en cuenta que la Ley de Promoción, que básicamente tuvo y tiene beneficios impositivos para ciertas empresas, no fue, ni por aproximación, la única política pública que tuvo un fuerte impacto en el sector del software: hubieron, al menos, otras tres muy importantes.

Primeramente, se destaca la apertura de universidades regionales con tecnicaturas y programas relacionados con el desarrollo de software. Gente muy capaz, como Carlos Lombardi o Rosita Wachenchauzer por citar a algunos, armaron las currículas de universidades como la de Tres de Febrero, Hurlingham, Avellaneda, La Matanza o Ezeiza. Muchas de estas casas de estudio fueron abiertas en las últimas dos décadas o menos, con matrículas importantes y un enfoque moderno, práctico, con carreras cortas que permitían la inserción laboral a estudiantes que, en muchísimas ocasiones, eran primera generación de egresados universitarios y que luego continuaron estudiando licenciaturas o ingenierías, pero ya insertos en el mercado laboral IT.

Esa apertura de universidades y carreras de software fue acompañada por programas de capacitación, como Empleartec, que venían siendo empujados por la Cámara de Software y Servicios Informáticos (CESSI) en conjunto con el Ministerio de Trabajo; o, inclusive, planes más recientes, como el 111mil que lanzó el actual gobierno y que, lamentablemente, luego se desarticuló.

Entonces, por un lado, presenciábamos un aumento del talento con estas universidades y sus carreras nuevas: generación genuina de talento y aplicado a una industria que lo demandaba.

En segundo lugar, la Ley de Promoción de Software implementaba el Fondo Fiduciario de Promoción de la Industria del Software (FONSOFT) y la Fundación Sadosky, dedicada a la investigación y al desarrollo TIC, que son resultado del trabajo conjunto entre el Gobierno, las universidades y el sector privado.

Estos dos organismos (Fundación Sadosky y FONSOFT) dependían, al momento de su creación, del Ministerio de Ciencia y Técnica y representaban una enorme inversión en proyectos de investigación. La Ley de Promoción de Software hizo foco en la investigación: las empresas del sector contaban con beneficios fiscales por investigar y, además, recibían el apoyo de créditos blandos a tasas muy bajas a través del FONSOFT. El foco de esos beneficios fiscales y de esos créditos fue, fundamentalmente, para el desarrollo de innovación y de tecnología aplicada.

Esta apuesta en la investigación de ciencia y técnica empujó significativamente a nuestra industria y generó proyectos significativos, en genética por ejemplo, de empresas privadas trabajando con investigadores científicos.

Entonces, por el lado de la coparticipación entre el Estado, el sector privado y el sector de investigación había un gran trabajo en conjunto; a eso se sumaron 12 años en los que el porcentaje del PBI invertido en ciencia y técnica fue superior al actual; sumado a la creación del Ministerio de Ciencia y Técnica, dependencia que no existió en nuestro país por mucho tiempo.

Todo esto importa, y mucho ¿Por qué decimos que importa? Porque muchas de las empresas que hoy exportan altísimo valor agregado, por ejemplo, Data Science cuentan entre sus filas con doctores y maestrandos, formados en el CONICET. Profesionales formados con inversión en ciencia y técnica, que hacen que hoy Argentina no solo exporte horas de programación al mundo, sino que también exporte valor agregado.

¿Estamos hablando entonces de que se le bajaron los impuestos a las empresas de software y, de ese modo, el sector se volvió un exportador de alto valor agregado? A mí me parece que ese sería un razonamiento demasiado simplista.

Extender beneficios impositivos pero eliminando el Ministerio de Ciencia y Técnica, bajando el porcentaje del PBI destinado a Ciencia y Técnica, desarticulando el FONSOFT, desarticulando el FONTAR no van a generar un crecimiento. ¿Podemos realmente creer que bajando los impuestos a la industria audiovisual lograremos que se replique la mística exportadora que logró el sector de software? ¿Sin formación de talentos, sin invertir en investigación aplicada, sin valor agregado van a empezar a exportar más porque les bajemos los impuestos? Si realmente éste fuera el secreto, ¿porque no hacerlo entonces con otros sectores industriales que también generan muchísimo empleo y que hoy atraviesan situaciones muy difíciles?

Hoy tenemos una ley que es prometedora, que hay que festejarla, hay que reconocer que las economías del conocimiento tienen un alto potencial para el desarrollo industrial de un país y que Argentina tiene la oportunidad de posicionarse bien en ese mundo; pero hay que tener en cuenta que bajándole impuestos a algunas empresas no se crea una política de desarrollo industrial y que lo que nos va a hacer crecer y volvernos de alto valor agregado es un desafío mucho más complejo y que necesita de un análisis profundo en que él se involucre la generación de talento y la inversión en ciencia y técnica.

(*) Business Developer y co-founder de intive-FDV.

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