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Regla para bimonetarismo: no emitir para el Gobierno

El cataclismo cambiario es consecuencia de no aceptar nuestra realidad de nación con dos monedas. Conviene distinguir. La política monetaria de sociedades con una moneda única es la de los libros de texto: la emisión debe satisfacer el crecimiento de la demanda de dinero, dado el aumento de la actividad económica y los precios esperados. En ese modelo, la demanda de dinero suele ser bastante estable ya que los precios internos están desvinculados del tipo de cambio. En ese caso, la flotación cambiaria sería lógica.

En contraste, las naciones con caótico historial inflacionario no pueden desentenderse de la realidad de dos monedas. Donde los precios internos y el valor de los activos varían con la cotización del dólar, y la demanda de ambas monedas es sumamente volátil. Desde inicios de marzo, la gente está aumentando sus tenencias de dólares al tiempo que intentan desprenderse de pesos. La fluctuante demanda de ambas monedas, su impacto en los decisiones de compra, actividad, valor de los activos y precios, sustentabilidad fiscal, hace central estabilizar la cotización del dólar.

Hace tiempo aprendimos a no confundir las herramientas económicas. Que para cada objetivo hay un instrumento. A separar las necesidades de financiar al Tesoro del cuidado del valor del peso. La política monetaria para una nación con dos monedas debe ser sencilla y transparente. Bien separada del financiamiento al Gobierno, para que la población y los inversores confíen. Una cotización fija del dólar conseguiría que los precios internos varíen al ritmo de los precios en el exterior. La convertibilidad de un peso por dólar logró, durante 10 años, mínima inflación, elevados ingresos y la satisfacción de la gente, sustentada en las urnas. Ganamos competitividad y estabilidad institucional.

A mediados de abril de este año, temores financieros agudizaron la ansiedad de la población, que se complicaron por la ausencia de una regla acorde con la realidad de dos monedas. Adviértase el cambio en la emisión. Entre el 2/3 y el 22/4, la emisión para financiar al Gobierno fue de sólo 3.200 millones de pesos. Y vendiendo 2.400 millones, la cotización se mantuvo estable. No sobraban pesos. En contraste, entre el 23/4 y 5/9, BCRA emitió 682.000 millones de pesos para cancelar obligaciones del Tesoro, justo cuando la gente deseaba lo contrario: tener más dólares y menos pesos. En ese lapso, BCRA vendió 12.270 millones de dólares en el mercado, a pesar de lo cual el dólar pasó de 20 a 39 pesos.

Con las reglas de la convertibilidad ese desastre no ocurriría. Las reservas del BCRA estarían exclusivamente para respaldar el valor del peso. El Tesoro tendría que conseguir fondos en los mercados y no de la emisión que empobrece a los argentinos. Sólo los caníbales se comen a la gente para atender sus necesidades. Destruyen el valor del peso y arriesgan la solvencia de toda la sociedad. Un error que pone a todos en peligro. No puede sorprender el desencanto general. La emisión monetaria nunca debe ser para financiar al Estado. Pues perjudica a la población. Zapatero a tus zapatos. La función del BCRA es defender al peso. El Gobierno no puede comerse a la gallina de los huevos de oro para ganar solvencia. El FMI no debe ser parte de eso.

Con la convertibilidad, BCRA sólo emitiría pesos para comprar dólares, cuando la gente quiera tener más pesos y menos dólares. Y vendería dólares absorbiendo pesos por valor equivalente, cuando lo demanden. No habría sorpresas y brillaría la confianza en nuestro país. El peso se liberaría de la arbitrariedad de los funcionarios, la servidumbre impuesta desde BCRA. Evidencia de la falta de independencia para atender su finalidad principal.

El financiamiento al Gobierno pasaría por el carril de la transparencia y respeto en las relaciones entre los individuos. Para cubrir el déficit, conseguiría recursos, impuestos, reduciría gastos, incentivaría aumentos de la riqueza nacional. Pero no abusarían. La larga historia de la inflación es una defraudación continuada de los mandatarios a sus mandantes. No podemos asombrarnos del desencanto de los votantes e inversores. Ni de que el 75% de los activos financieros esté en divisas, fuera del país. Ni de que nos refugiemos en el dólar y seamos más pobres.

Mi nuevo libro Fin de la Pobreza descubre el largo camino a construir la confianza del buen trato y el rol de cada institución en defender los derechos de propiedad y la riqueza de la nación.

(*) Miembro del Consejo Académico de la Fundación Libertad y Progreso.

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