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Ron Mueck en Proa: un realismo casi exasperante

Casi al finalizar el año, las multitudes llegaron por primera vez hasta La Boca, guiadas por el deseo de ver un arte que las conmueva. En la Fundación Proa hay hileras de gente de todas las edades atraída por la muestra del australiano Ron Mueck, artista cuyo sólo nombre promete emociones fuertes. Llegadas desde la Fundación Cartier de París, las criaturas de Mueck, realizadas en resina, fibra de vidrio, silicona y pinturas acrílicas, no defraudan: como al Moisés de Miguel Ángel o al Pinocho de Geppetto, solo les falta hablar. Mueck es un fenómeno del virtuosismo, una marca registrada en el mundo del arte.

Radicado en Londres, el artista comenzó a ganar su gloria en la escena internacional en 1997, junto al grupo de Jóvenes Británicos y bajo la batuta del atrevido Saatchi, un coleccionista y art dealer con estrategias marketineras.

La muestra "Sensation" y las extravagancias del arte shock del grupo británico desataron un escándalo en la Royal Academy que trascendió las fronteras de Londres. Mueck exhibía la feroz escultura de su padre muerto. Pero su arte escaló posiciones en 2001, cuando el curador suizo Harald Szeemann presentó "Boy", su inmenso muchacho en cuclillas en la Bienal de Venecia que fue la estrella de "La platea de la humanidad". Desde entonces, su fama no ha parado de crecer.

La muestra de Proa provoca perplejidad. Mueck explora la realidad, revela sus minucias más recónditas, como si necesitara tomar conciencia de ella, conocerla de verdad. El realismo exacerbado acorta distancias entre el espectador y las obras que cortan la respiración. La percepción se intensifica de inmediato y la comunicación es instantánea.

Al ingresar a la sala de Proa está el autorretrato del escultor: la inesperada nitidez del realismo de ese rostro gigantesco con los ojos cerrados, sobresalta al visitante. El arte de la provocación cumple su objetivo. Mueck coloca una lente de aumento ante la piel, los poros, el pelo y, sobre todo, los ojos de algunas esculturas que miran al público. Hay un viejo bajo una sombrilla, una pareja de ancianos en realidad, y la mirada de él doblega la del espectador. El efecto de algunas figuras es escalofriante y semejante realismo genera interrogantes, confunde, como ya lo planteó Merleau-Ponty: "Esencia y existencia, imaginario y real, visible e invisible, la pintura confunde todas nuestras categorías, desplegando su universo onírico de esencias carnales, de semejanzas eficaces, de significaciones mudas".

La exhibición muestra las cosas tal cual son y, sin embargo, un abismo las separa del mundo real. En el texto catálogo, para explicar el fenómeno, Justin Paton habla de la potencia de los detalles y Robert Storr del cambio de la escala humana. Pero lo cierto es que cuesta trabajo borrar de la memoria las visiones penetrantes de los truculentos personajes de Mueck.Las visitas guiadas se suceden, pero hay algo inefable: el sentido del arte que la gente está mirando resulta inexplicable. Una de las obras, unos adolescentes ensimismados muestran una actitud aparentemente grata e inocente, pero un gesto apenas perceptible marca una situación siniestra. La obra más dramática la encarna un personaje desnudo en un bote con la piel lívida de los muertos y la cabeza inclinada para observar algo que -se supone- va a acontecer. El recuerdo de la barca de Caronte es inevitable. Hay también una mujercita cuyo sufrido rostro expresa un cansancio que la insensibiliza y aturde. Ella lleva en sus manos las pesadas bolsas de las compras y carga con su bebé, sujeto entre su cuerpo y su abrigo.

Los textos interpretan quiénes podrían ser esas personas que, con la excepción del autorretrato, son seres imaginarios, y qué motivos las mueven. El galán crucificado en una pared con la piel aceitada, bajo el sol y sobre su colchoneta inflable, es casi un personaje de "American Psycho", con su reloj y anteojos de sol de buena marca. Pero una bella figura femenina cargando unas ramas, quiebra con su piel rosada el clima de pesadilla.

No obstante, es preciso ver el video del artista compenetrado en su labor, para comprender la obsesión por el verismo. Su producción es escasa, apenas 40 piezas, pues demora alrededor de dos años para terminar cada obra. Mueck no utiliza calcos ni máquina de puntos. Modela en arcilla las figuras, después las moldea para pasarlas a la silicona, material que pinta una y otra vez hasta que hasta las venas adquieren el tono buscado. Luego injerta el pelo y viste a sus criaturas con atuendos de tela. Cintia Mesa trabaja en Proa y cuenta que Mueck se ocupó personalmente del montaje, no aceptó entrevistas y cuando habló, dijo que le interesaba que su obra fuera "verosímil", creíble. Aspiración que sólo se entiende luego de ver la muestra.

Un referente cercano a Mueck en la historia del arte es el hiperrealista John De Andrea, no obstante, basta ir a la Fundación Klemm para ver sus figuras yacentes y cotejar diferencias entre ambos artistas. Otro antecedente, más lejano en el tiempo, es la pintura de las uvas de Zeuxis, tan "verdaderas" que los pájaros iban a picotearlas. "Absurdo", señala Jean Baudrillard. El francés agrega que "un milagro del trompe-l'oeil nunca reside en la ejecución realista sino justo al revés, en la extinción repentina de la realidad. Esta desaparición del escenario de lo real es la que traduce la familiaridad surreal de los objetos", afirma en la simulación encantada. Según Baudrillard "el exceso de realidad" genera un mundo surrealista.

El estadounidense Robert Storr demostró su pragmatismo cuando dirigió la Bienal de Venecia en 2007, y aclara que las criaturas de Mueck son "demasiado reales, no me atrevo a decir 'surrealistas' ya que el término ahora define más un estilo, que el estado alucinatorio al que conduce una excesiva verosimilitud". Al hablar de la inquietud que generan las figuras, establece una analogía con "los cadáveres embalsamados que no osamos tocar".

Lejos del ideal clásico de la escultura y de su equivalente modernista, sostiene: "Hemos llegado a un tipo de arte excéntricamente ilusionista, que solo puede florecer una vez que esos dos paradigmas han perdido su autoridad para tener cautivos, secuencialmente, a los artistas, los referentes del gusto y los aficionados del arte en general".

Su discurso es crítico, marca la caída de los valores y define una nueva etapa, en verdad aterradora: "Hemos ingresado en el terreno de la subrogación del trompe l'il, de los sosías que inducen al error, de los gemelos grotescos".

Storr se pregunta si Mueck abre la puerta de ingreso a "una especie de universo paralelo" y recomienda no culpar al mensajero sino agradecerle, "mientras cada cual se ocupa de la propia incomodidad individual".

La muestra acaba con un inmenso pollo colgando de un gancho: un animal. Las nueve obras apenas dejan la sensación de haber recorrido un museo.

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