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Saccomanno: "La ficción que se publica no está incomodando"

El laureado autor acaba de editar "El sufrimiento de los seres comunes", un libro de cuentos sobrevolado por la infelicidad y personajes al borde del abismo.

El teléfono suena varias veces. Es la hora pautada pero nadie contesta. Una ausencia brilla en la línea. Cae el sol. Los minutos y la ansiedad se consumen. Pasadas las 18, la llamada es devuelta. “Ya ves cómo me llevo con la tecnología, estuve todo el día con el celular en modo avión y recién me di cuenta”, dice la voz, rápida y punzante, como su prosa. Del otro lado de la línea, Guillermo Saccomanno se acomoda en algún bar de Buenos Aires, esa ciudad con la que afirma tener una relación de amor-odio. Es su última tarde acá. Pronto volverá a Villa Gesell, musa esencial y escenografía omnipresente en su cotidianidad.

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Saccommano habla con fuerza pero sin perder el hilo. Acomoda las palabras con precisión y entusiasmo, desandando los caminos de “El sufrimiento de los seres comunes” (Planeta, 2019), su flamante libro conformado por cuentos y relatos que oscilan entre la crítica social -tan presente en toda su obra- las historias duras, y un nihilismo basado en su descreencia por los finales felices. Se declara poco optimista con respecto a la literatura y prefiere no charlar sobre repercusiones sino más bien pensar en lo que sigue.

“Una nena con leucemia. Una clase de literatura en un penal. Mujeres fisuradas. Insomnios. Fantasmas. Parejas en el precipicio. Traiciones, humillaciones, resentimiento”, son algunos de los tópicos que el propio autor destaca en una lúgubre introducción de su flamante título, el cual “bordea los límites entre la ficción y la crónica acercándose al documentalismo”, tal como cuenta a Estilo A.

Si bien muchas de las historias que atraviesan los relatos se corresponden con malestares de los tiempos que corren, el escritor destaca que el libro “no es político dado que no tiene bajada de línea”, aunque admite que “hay una cuestión de fe que lo atraviesa” en referencia a tópicos religiosos que lo interpelaron durante el proceso de escritura, tales como el crecimiento del evangelismo, un fenómeno que surca a América y que alcanza su auge en países como Brasil, donde ese sector ocupa un importante rol tanto en la política como en la sociedad civil.

En ese sentido, Saccomanno dice que “todo arte es político” pero que este libro “no tiene esa intención”. “Busqué afilar el lenguaje hasta hacerlo cortante”, analiza, definiendo desde el plano artístico su misión a la hora de encarar la publicación. Y agrega: “No sé si me propuse ser documental, fue surgiendo. A mí me interesaba experimentar. Muchos de estos escritos son material inédito, algunos otros ya los había publicado en Página 12, pero la mayoría no”.

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“Estamos en una época donde hay una reivindicación de la crónica como género, no sé por qué hay tantos periodistas que quieren sacar libros”, asegura, picante, en una defensa del oficio que es también un elogio a la no ficción de la que se nutrió. Para Saccomanno, “la literatura se instala en un lugar de incomodidad, sobretodo en estos tiempos donde las democracias crujen y atravesamos una crisis de representación en la que padecemos los efectos del neoliberalismo, que llegan también a la lengua”.

Nacido en 1948, Saccomanno es uno de los referentes más importantes de la literatura argentina. Sus comienzos en la escritura se remontan a la convulsionada década del 70, período del que admite provenir y que jugó un papel importante en su formación como artista. Oriundo de Mataderos, en 1972 dio sus primeros pasos como guionista de historietas, rol donde comenzó a codearse con grandes del dibujo como la familia Breccia y Francisco Solano López, entre otros. En 1979 editó “Partida de Caza”, su primer libro de poesía y recién en 1984 se lanzó a la narrativa con “Prohibido escupir sangre”. En 1989 se mudó a la localidad costera de Villa Gesell, lugar que tendría un lugar considerable en el futuro artístico del escritor, y en el que alterna sus días con Buenos Aires.

La mirada interna

Si bien la mayoría de los escritos que dan vida a El Sufrimiento son novedosos, hay una anomalía y es, nada más y nada menos, el texto que oficia como introducción, un cuento que fue escrito en 1978, en el marco de la dictadura y ante un aniversario del Mundial. Para referirse a esa época el autor opta por graficarla con una frase del lingüista y filósofo búlgaro Tzvetan Tódorov: “Un país que tuvo campos de concentración tiene el alma comida por los gusanos”. “Yo vengo de allí, de esa generación, de los 70”, explica el ganador del Premio Nacional de Literatura.

Pero la elección de dar vida y voz a un grupo de seres al borde del abismo no responde a una cuestión azarosa, sino a la mirada que el autor tiene de las cosas, una visión que incluye una cuota grande de descreimiento, en una suerte de punk literario.

“Creo que el mundo camina alegremente hacia la destrucción”, desliza, y dentro de ese proceso observa que la Argentina no permanece abstracta a la hecatombe: “En el 2015 el país eligió su propio verdugo. Hoy ya está, pero todavía hay un grupo importante de clase media que lo sigue eligiendo. Uno escribe en una realidad vapuleada, no es posible abstraerse de eso”.

Con respecto a las nuevas tecnologías, a los soportes de escritura y lectura digitales, y a la irrupción de las redes sociales, Saccomanno dice que prefiere mantener una distancia. “No estoy de acuerdo con la velocidad y el vértigo”, destaca, y confiesa: “Todavía escribo a mano y llevo diarios, aunque también depende de la urgencia. Las notas para el diario las escribo en la computadora. Escribo bien con la computadora, no tengo problema”. Sin embargo, el autor de “Cámara Gesell” concluye con una visión luminosa: “Ojo, todavía creo en el amor, en la amistad y en la camaradería”.

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