''Al pintar imagino que soy el que está jugando''

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Alejandro Moy consiguió guardar la energía del polo en sus cuadros, porque antes de pintar practicó ese deporte. Su obra transmite el espíritu del juego, algo que una foto con la mejor cámara digital todavía no puede lograr. A metros de la Catedral de San Isidro tiene su atelier, un lugar de paz y buena luz, alterado por el enchastre de sus óleos, tintas y témperas. Va caminando con frecuencia al río porque le transmite energía e inmensidad. Moy es un eterno buscador de energías.
La historia de este pintor del polo empezó desde muy chico, cuando pintaba caballos. «Mi padre, que era artista plástico, me estimuló, porque tenía que hacer un dibujo cada día, cuando tenía ganas. A veces hacía un garabato para sacarme la obligación de encima. Si a mi papá no le gustaba, rompía el dibujo, pero si le gustaba, lo colgaba en su dormitorio como premio.»
Desde que tiene uso de razón, Moy pintó caballos, igual que su padre. Pero tuvo una época en que compartió esa pasión con la arquitectura. «Un día me pregunté: '¿Hasta dónde puedo llegar si me empleo al cien por cien en una actividad y no me divido como lo hago ahora?'». Se decidió por la pintura, porque «dos amores son difíciles de manejar». Pero tuvo una oportunidad de unir sus dos amores: el arte y la arquitectura.
Participó del diseño y la remodelación de las calles interiores de las canchas de polo en Palermo. Y ahora piensa en ampliar lo que se construyó con un museo del polo. Su profesión de arquitecto, aunque está en segundo plano, lo sigue acompañando porque lo ayudó a pintar, al permitirle organizar los espacios y las estructuras.
Los caballos fueron una presencia permanente en su vida. «Desde chico íbamos a los campos de mis familiares y amigos. Estuve muy cerca de ellos y los comencé a querer.» Recuerda que «de tanto ver a mi viejo pintándolos, el caballo se convirtió en un animal de fuerte presencia en mi casa», y su vocación de pintarlos tiene que ver con la belleza. «El caballo parado tiene una estética noble y elegante. Pero en movimiento es extraordinario. Es una explosión de luz cuando galopa y corre en libertad.», afirma Alejandro Moy Captar la gracia de ese movimiento es la obsesión del artista. «Sólo la pintura te da esa enorme posibilidad.»
El pintor jugó al polo, mal pero jugó. Por eso después de los caballos vinieron los jinetes, y el polo fue el deporte donde fundió el movimiento y la energía que buscaba. «Lo que le hace hacer el jinete al caballo es increíble. Es un centauro, es parte de ese caballo con una plasticidad y una dinámica fantásticas.»

Periodista: ¿Por qué eligió el polo y no la equitación o el pato?
Alejandro Moy: El polo tiene algo que no veo en la equitación o en las carreras, donde el caballo galopa de manera lineal. En el polo hay posiciones increíbles de los jinetes, lo que da una dinámica distinta.

P.: ¿Envidia a los jinetes que pinta?
A.M.: Cuando pinto me imagino que soy el que está jugando, para poder interpretar el movimiento y la energía. Al haberlo jugado sé lo que va a hacer el jugador, lo puedo anticipar. Para eso me sirve el nivel bajísimo de juego que tengo. Yo no podría pintar béisbol, porque nunca agarré un bate.

en sintonia
P.: ¿Pintar escenas del polo no lo sujeta a una estructura, al revés de lo que sucede con un artista plástico, que se inspira en cualquier tema?
A.M.: Todas las cosas tienen un sustento, una base en la que apoyarse. Un pintor siempre tiene un dibujo previo, aunque pinte en la mayor de las libertades. Creo que lo artístico, lo que hago, tiene que estar en sintonía con el deporte, porque hay una técnica para agarrar el taco, para cabalgar o para taquear.
P.: ¿Tuvo algún alto en su carrera? ¿Se replanteó seguir pintando alguna vez?
A.M.: Nunca me detuve desde que empecé a pintar. Al contrario; me fui educando y viajando más, buscando escenarios distintos. La gente empezó a valorar lo que yo hacía. Vendí mi primer cuadro a los 19 años en 200 dólares, hace 34 años. Cuando uno vende algo es un aliciente para seguir. Pasé un largo tiempo sin vender porque no exponía, pero igual seguía pintando, porque tengo la pasión y sé que voy a morir pintando.
P.: Para usted, por lo que dice, la venta de sus obras es algo secundario.
A.M.: No, reconozco que vender es una valoración y me da una medida de la aceptación en la gente. Me ayuda a seguir adelante con entusiasmo. Ahora me estoy animando a hacer pinturas más grandes.
Hace algún tiempo, los Emiratos Arabes le encargaron un mural de 10 metros por tres metros. Fue a Dubai a conocer el lugar donde iban a emplazar su obra, pero la pintó en San Isidro sobre placas de cemento que pesaban 500 kilos, que luego embarcaron hacia Dubai, donde las ensamblaron.
Alejandro Moy utiliza óleos, tinta, acuarelas. Es variado. No hay algo que predomine. El crecimiento del polo en el mundo hizo que sus cuadros más valiosos estén en Estados Unidos, Malasia, Italia, España, Inglaterra, Emiratos Arabes y Sudáfrica. «Cuando tengo la oportunidad de ver esas obras que vendí, me encanta y me pregunto si eso lo pinté yo», comenta.
También pintó a nobles. El príncipe de Malasia le pidió que lo retrate jugando al polo. Moy no quiere decir si la jugada del príncipe que reflejó en su obra es tan plástica como en la realidad. Los soberanos en el Renacimiento hacían que los pintores que amparaban los dibujaran más delgados y arriba de corceles briosos que nunca montaron.
También retrató al príncipe William de Inglaterra para su cumpleaños 21 y al príncipe Carlos cuando vino en 1999 como regalo oficial del gobierno argentino.
Desde aquellos primeros dibujos en papel hasta hoy, nunca dejó de pintar caballos. Si Alejandro Moy, su padre, viviera, seguro que tendría problemas para elegir qué cuadro de su hijo colgar en su dormitorio.

Entrevista de S.M. Louzan

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