''Aquí aprendí el sentido de cruzar los límites''

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Escribe Andrea Fernández

Dueño de un espíritu contemplativo que siempre tiene espacio para brindarse a la amena conversación; un caballero nacido en Argelia, cuando era colonia francesa, con el porte de envidiable elegancia parisina. Frédéric Baleine du Laurens, embajador de Francia en la Argentina, no exige muestras de protocolo, algo a lo que está acostumbrado un diplomático de carrera. Botswana, Namibia y Medio Oriente fueron algunos de los lugares que lo tuvieron como profesional, pero además ha llegado a casi todos los países europeos, sin contar que este año se sumó a seguir las huellas de San Martín a mula por la Cordillera.
Es su segunda vez en Buenos Aires. La primera, fue poco después del restablecimiento de la democracia y regresó, parodiando a Carlos Gardel con su «Volver», veinte años después. Es la misma cantidad de años que pasó en el exterior. «Muchos creen que para ser diplomático hay que criarse exclusivamente en París. Otros piensan que no tiene sentido si no se obtiene experiencia en el exterior. Mi posición es que hay que tener una visión desde los dos destinos, buscar el equilibrio. No se puede representar a un país sin conocerlo bien. Es cierto que hay determinadas líneas directivas gubernamentales, pero lo más difícil es comprender cómo vive la gente y cuáles son sus inquietudes. Es importante darse a la reflexión y nutrir la acción exterior de un país con un conocimiento real de la vida en el mundo, porque cada lugar aporta una visión de la sociedad muy distinta de la que tenemos en Europa».

El espacio no europeo

Reflexionar, verbo conjugado infinidad de veces en la entrevista con Du Laurens, es un eje en su vida, así como su relación con los «límites» desde todo punto de vista. Aquí aprendió a hablar español, y en el tiempo que pasó desde su vuelta, sostiene que en Buenos Aires «existe una ilusión del no cambio casi absoluta». Es porque sigue inmaculada la esencia de los barrios, la calidad humana y el modo de vida. Pero ese «no cambio» es enorme cuando habla del interior del país, con ciudades como Mendoza, Rosario o Córdoba a las que alguna vez vio dormidas y hoy pujantes, a una Patagonia que recibía pocos visitantes, una Ushuaia a la que soñó conocer en una Navidad de 1985 y se encontró con dos hoteles y sólo un bar para celebrar; o El Calafate, la que sólo tenía una pista de piedra y un hospedaje, y en la actualidad es una de las glorias del turismo argentino. Ve con buenos ojos que los argentinos se hayan volcado a conocer su país, porque también es una forma de quererlo más.
«Cuando se dice que la Argentina es como un brazo de Europa, es verdad. Yo lo siento en una forma muy personal. Pero la gran diferencia nace de algo que no existe en el Viejo Continente, que es el espacio. Allá nunca existió y hoy menos que nunca, por el crecimiento de los habitantes, porque las infraestructuras son tan desarrolladas que se puede ir de París a Londres en dos horas, convirtiendo ambas capitales casi en una sola metrópoli. Aquí eso no existe, el espacio no tiene confín y se llega a sentir físicamente. Para ir de un lado a otro se necesitan días, las distancias son enormes. Me encanta, porque es totalmente non europeo. Es el sentido de no tener límites.»

De los Andes a Grand Bourg

«Si hay victoria en vencer al enemigo, la hay mayor cuando el hombre se vence a sí mismo.» Nuevamente surge la referencia a cruzar los límites, pero esta vez no en boca del embajador francés, sino del Libertador Don José de San Martín. No es banal la relación. Nacieron en la misma fecha, un 25 de febrero. Y Du Laurens se ha dedicado en los últimos meses a conocerlo, llevado por un encuentro casual. Frédéric tiene una debilidad por los Andes, además de los desiertos. Y hace unos meses fue invitado por el gobierno de San Juan al Cruce Sanmartiniano que organiza todos los meses de febrero para conmemorar la Batalla de Chacabuco. Son seis días en mula, en los que se pasa del frío al calor; momentos de cansancio extremo pero que son recompensados con la belleza del paisaje en estado natural. Es también el ámbito en que la presencia de un embajador es motivo de curiosidad para veinticinco periodistas el primer día, pero que ya el segundo se convierte en un expedicionario más (salvo para la mula, que nunca lo tiró, sino que delicadamente se recostaba para que pudiese tocar tierra), respondiendo hasta a la irreverente propuesta de cantar una zamba ante un improvisado encuentro de guitarras. Es el lugar en el que las mujeres no teníamos forma de mantener la distinción, pero Du Laurens siempre sabía cómo estar impecable, siguiendo las estrellas con sus binoculares. «La idea me pareció preciosa. Algo históricamente cargado de sentido, aunque debo confesar que hasta ese momento no tenía muchos conocimientos sobre San Martín y tampoco sabía si podía hacerlo. Fue una experiencia única, porque requiere esfuerzo, pero brinda un beneficio enorme de sensaciones mágicas. Es seguir las huellas del Ejército de los Andes, pero además ver la creación de Dios a tu mano.» Su pregunta era la de muchos: ¿Cómo logró San Martín cruzar hace dos siglos por el Paso de los Patos? Fue tanta su curiosidad que comenzó a investigar, primero en el Instituto Sanmartiniano; después en Francia. Durante su última visita a París, en abril, cuando acompañó en su gira a la presidente Cristina Fernández de Kirchner, se llegó hasta la casa que el «Padre de la Patria» tuvo en Grand Bourg, también a la de Boulogne Sur Mer, donde murió. Es la búsqueda de los hechos, tal como fueron, no de las representaciones alegóricas -como los cuadros representativos de la época- que no permiten comprender cómo fue el cruce. «Es difícil llegar a Gran Bourg, es una casa escondida, que todavía existe pero se conoce muy poco. Aún está el jardín de San Martín, pero en la actualidad allí viven monjas contemplativas que no saben mucho sobre su historia. No se pueden visitar todos los ambientes, sólo el Salón del Libertador que se transformó en sala de la comunidad.» El diplomático francés, quien ahora va a enviarles algunos libros para que las religiosas también puedan aprender y responder, no comprende por qué se le da más valor a la construcción de Boulogne Sur Mer, donde San Martín residió muy poco, a la primera, que fue el lugar en el que pasó más tiempo durante toda su vida.
Le contaron que el músico Gioacchino Rossini pasó por allí, junto con muchos representantes de la sociedad parisina de 1830/40. «Esa es la casa por excelencia y lamentablemente no se le presta demasiada atención. No conozco ningún argentino que vaya a visitarla», piensa, y agrega: «Para mí el tema de los Andes no tiene fronteras. Por eso es que hasta me propuse, si tengo el tiempo, cruzar todos los pasos de la Argentina hacia Chile». Son alrededor de quince, quizá varias oportunidades más de encontrar el momento para practicar algo que le gusta: la introspección y el silencio.

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