CAMBIOS EN EL PERFIL DEL COLECCIONISTA

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Escribe Ana Martínez Quijano
Soy canillita, tengo un quiosco de diarios en la estación Acassuso», cuenta Armando Brizzola. Pero, además de canillita, Brizzola es un sofisticado coleccionista, dedicado en exclusividad a reunir dibujos de artistas y épocas determinadas. Es decir, tiene una línea muy clara y selectiva para sus compras, que van desde el maestro Lajos Zalay pasando, entre otros, por sus discípulos Roberto González y Martínez Howard, hasta los preferidos de Beatriz, su mujer, que es uruguaya, como Gurvich, los de la Escuela del Sur y Líbero Badií.
«No voy mucho a las vernissages; compro cosas chiquitas», dice, minimizando su inversión.
Sin embargo, cuenta que el coleccionismo es una obsesión que puede tornarse adictiva y agrega: «Más de una vez corrimos la coneja porque me compré algo».
Salvando distancias, en situación semejante se encontró Sally Ganz, una empleada de Macy’ casada con un fabricante de bijoux, cuando en 1941 compró «El sueño», de Picasso, por 7.000 dólares.
«Este invierno no voy a poder comprarme un abrigo», se lamentó Sally.
Luego de su muerte, la obra fue vendida en casi 50 millones de dólares. Y justamente, la hazaña de estos dos coleccionistas fue optar por gastar en arte cuando no les sobraba el dinero.
Brizzola no tiene una cuenta en Suiza, vive de su trabajo y su historia corrobora lo que dice otro coleccionista, el fiscal de la Nación Gustavo Bruzzone: «No es necesario ser rico para comprar arte».
Sin más recursos que su sueldo, Bruzzone logró reunir obras de la última década que son de consulta obligada para los estudiantes, críticos y académicos que permanentemente visitan su casa.
Claro, todos resignan algo: uno la comida, otra el abrigo y en su caso, según confiesa, «varias novias».

DEMOCRATIZACION DEL ARTE


En esta última década, surgió un nuevo coleccionismo en la Argentina, que se acerca al de los primeros compradores de arte del siglo XX, quienes, con afán didáctico, mostraban las obras que traían de Europa y disfrutaban al compartir con la sociedad criolla sus tesoros artísticos. Perfil democrático que se aleja de los que en estas últimas décadas guardaron bajo llave fabulosas colecciones sólo para su propio disfrute.
Eduardo Costantini cambió de modo rotundo esta actitud al fundar el MALBA, gesto de gran visión que consolidó también Amalia Fortabat, quien ahora decidió acelerar la construcción del museo que va a albergar su importante colección.
Con este enfoque, el coleccionista se volvió socialmente activo, contribuyendo así a la democratización del arte. Modalidad renovada que tiene numerosos seguidores, que brindan impulso al mercado y, consecuentemente, alimentan la efervescencia creativa.

EL SOPORTE DEL ARTISTA


Se trata de compradores de arte que se sienten verdaderamente comprometidos con los artistas y estimulan
su producción, hasta el punto que muchos no permitieron que la crisis económica afectara el ritmo de sus adquisiciones.
Hace unos años, este diario consultó con el marchand, de merecida fama en el mundo, Leo Castelli si era verdad lo que aseguraban sus artistas: que él era capaz de hacer esperar a Rockefeller antes de interrumpir un diálogo con ellos. «No es así -respondió Castelli con firmeza-, el coleccionista es el verdadero soporte del artista».

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