Charlas de quincho

Secciones Especiales

Casi como en una revista del corazón, los quinchos de esta semana están dominados por una regia visita al país. Y también por el desplante que le hizo el Presidente a la visitante. No fue el único interrogante el de las razones de esa ausencia: un empresario del país de la huésped -en una de las numerosas comidas con cordero a las que se la sometió- se preguntaba por qué la Argentina maltrataba a sus principales socios comerciales. El primer mandatario, dicen algunas versiones, se marchó a su provincia disgustado por el escándalo que resultó en la remoción de un alto funcionario y su reemplazo por (otro más) «propia tropa». Hubo también una emperifollada recepción hotelera en la que se mezclaron disfrazados de pajes, música tecno, invitados ataviados con bombachudos y hasta fútbol. Veamos.

  • Ni una muestra testimonial del plantón y ausencia que, la noche anterior, le impuso Néstor Kirchner. Si hubo mala gala en el Colón, peor educación gubernamental y falta de correspondencia, el desayuno del día siguiente equilibró las faltas: otros argentinos agradaron a la reina de Holanda, su marido e hijo, también a su nuera argentina -la princesa Máxima-, quienes con un breve cortejo se instalaron en el MALBA, contentos con una visita guiada que les armó el propio Eduardo Costantini.
    Se dio el gusto de contemplar la bisoña e interesante colección del emprendedor financiero e inmobiliario, aunque más lógico hubiera sido que indagara en la plástica argentina. ¿O acaso se viajan tantos kilómetros y, por única vez quizá, para descubrir en Buenos Aires un Botero, un Rivera, un Matta o un Frida Khalo? (ella se ensimismó ante un cuadro de la venezolana Gego). Ni siquiera a un turista común se le ocurre, si visita Holanda, asistir a una muestra internacional antes que observar el Museo Van Gogh. Mucho más a una figura de Estado, como esta mujer vestida esa jornada de color orquídea, cuyos asesores -al menos en lo cultural- se parecen a Kirchner con las citas diplomáticas.
    Se le pueden atribuir condiciones artísticas también a Máxima, quien en su haber disponede una media hermana dedicada a la pintura en Nueva York (y poco elegante con su pariente, ya que en la anterior visita de la princesa organizó una muestra de arte erótico en la pizzería Filo no precisamente para gratificarla). Al menos, confesó que su obra preferida era «La Civilización Occidental y Cristiana» (Cristo clavado sobre un avión bombardero) de León Ferrari, ese controvertido octogenario que de vez en vez irrita a la Iglesia Católica y en la última muestra escandalosa levantó su exhibición porteña unos días antes del cierre. Se diría que esos cuadros no deben estar en su casa familiar, la de los Zorreguieta, quienes tampoco aparecieron demasiado en la recorrida de varios días de la noble familia naranja por la Argentina.

  • Por supuesto, hubo otros temas en el MALBA, elevados como la altura de los holandeses, lo que le sirvió a Máxima confesar que esa condición la alegra así puede utilizar zapatos con tacos empinados, no como las «chatitas» que gastaba en la Capital Federal para emparejarse con los argentinos. Cada uno con su gusto. También se habló de que, al fin, el maleficio del edificio de sus padres -donde se registraron cuatro suicidios- ya ha sido bloqueado con los efectos de la boda real. Y, por si alguien duda de las costumbres democráticas -y seguramente ahorrativas- de Máxima, alguien alertó que ella le encarga los vestidos de sus hijos a una costurera vecina de Uriburu y Juncal, inocente dama que todavía no puede creer la aparición de sus prendas en las revistas sociales de Europa.   

  • «Nos gustaría entender al gobierno argentino», comentaba algún empresario de esos países bajos visitantes. «Europa es uno de sus mejores y más importantes compradores -sostenía- y, sin embargo, nos tratan mal; al menos, en relación con el Mercosur. Y lo mismo le hacen a Chile, maltratado mientras es mejor cliente que casi todo el Mercosur junto.» «Nos cuesta entender el proyecto comercial de la Argentina, si lo hay», añadía al tiempo que evitaba comentarios sobre la presencia, en la cena de República y Reino -en el Palacio San Martín- de los principales dirigentes de Shell, los mismos a los que piqueteros oficiales les hicieron escraches como consecuencia del boicot ordenado por Kirchner para no comprar combustible de esa empresa porque había incrementado los precios. En la cena ya nadie se acordaba del episodio; o, tal vez, muchos se han acostumbrado a esos episodios.
    Allí repartieron entrada de pescado (una exquisita cherna atlántica) y, seguido de un cordero patagónico mal terminado (es decir, con poca cocción), la única pena gastronómica a la que fueron condenados en varias ocasiones los nobles de Orange (ya que también visitaron los hielos de El Calafate y, por supuesto, no pudieron evadirse de ese plato). En la cena, unas 100 personas y varias mesas vacías, quizá porque la convocatoria fue tardía (los invitados al parecer los sugería la embajada holandesa). No hubo tarjetas de invitación, sólo llamadas telefónicas y, para las damas, poca indicación sobre la vestimenta: «de corto», fue la instrucción presidencial o real.

  • Entonces, pocas mujeres con traje de pantalón, ni siquiera Cristina de Kirchner, quien ya parece la hermana menor de Cristina de Kirchner (el verano le sentó tan bien que está rejuvenecida). Tampoco hubo damas de negro, quizá por la versión de «Hola» de que en las fiestas de la realeza -como el casamiento de Felipe de España con Letizia- no corresponde. Cristina, quien llegó acompañada por el jefe de Gabinete, se presentó sin mangas como Máxima y, como es representante de los '60 o '70, su falda era blanca con geométricos negros, inspiración obvia de Courreges, cuando no copia infiel. La princesa, mientras, fue vestida de color chocolate y con un collar de tres vueltas que, en otros tiempos, hubiera fascinado a Amalita de Fortabat. La reina, por su parte, con un vestido azul oscuro con esfumados más claros. De los hombres, el más elegante -claro, es la línea del kirchnerismo-, el ahora senador José Pampuro, mientras Daniel Scioli parecía Van Basten o Cruyff en la comitiva del seleccionado de fútbol: tenía la corbata naranja.

  • Todo tipo de pelaje en las otras mesas (obvio, la mayoría con ingreso público), desde cierta impudicia de mostrarse en la misma mesa de la UIA los grandes empresarios con representantes del monopolio «Clarín», los que juntos forzaron la gran devaluación argentina en 2001 (de la cual, sin duda, no salieron perjudicados), a la presencia de Carlos Ruckauf -hoy aceptado por Kirchner casi como si fuera un representante de las organizaciones de derechos humanos-, Diana Conti, preferidos como Rossi o Balestrini y menos preferidos como Argüello (no renovará su banca por decreto, culpable de no haber logrado preservar, en la Capital, la permanencia de Ibarra).
    Con más ojos se la observaba a la senadora favorita de la primera dama, María Laura Leguizamón: es que esta legisladora ya había protagonizado una anécdota en el Congreso, en un besamanos con la Corona y su nuera, con múltiples fotografías, cuando al finalizar quedó en el Salón Azul, bajo la araña, un inmenso arreglo floral blanco que motivó su pregunta al personal de intendencia: «¿Y adónde van a llevar estas flores?». «A ningún lado», le respondieron, lo que la habilitó de inmediato para alzarse y cargaresa composición floral por los pasillos, pasar ante vigilantes asegurando «estoy autorizada» y encerrarse un poco transpirada por el esfuerzo en su despacho con el souvenir. No serían tulipanes, pero de la visita legislativa era todo lo que se podía conservar.

  • Hubo ausentes connotados, de Jorge Telerman (por un incendio en Flores) a Felipe Solá, reemplazado por su segunda, Graciela Giannettasio. En cambio, casi todo el gabinete de Kirchner (Garré, Taiana, Fernández x 2, González García, De Vido), gente reconocida como revolucionarios o disolventes del pasado, barulleros que al menos hubieran compartido una marcha contra la dinastía o monarquía naranja, pero que esta vez en la cena de gala con la Reina, en el medio de la magnificencia del Palacio San Martín, estaban más felices que los Rolling Stones el día que los condecoró Isabel II. La diferencia, claro, entre ser masa o protagonista, tema sobre el cual el peronismo puede aportar para una enciclopedia.
    Afortunadamente, para la cena las dos damas de Orange se quitaron sus sombreros, esa pasión de estética dudosa a la que se han obligado como las monjas a la abstinencia y que, no en balde, ya les hizo ganar el seudónimo de « sombrerudas». Y durante la comida afable y gentil del Presidente -hombre flexible, agradable en la relación corta, al revés de la forma en que suele pronunciarse en público-, entre tanta simpatía, no se advirtió el faltazo que luego se pegaría al Colón, a la obra y acto preparado por Holanda. Ni siquiera hubo sospechas cuando, sin prevenciones y casi en forma sentimental, Kirchner dijo que seguía sintiendo a Máxima como argentina, motivo de cierto escozor entre los especialistas del protocolo: es que, según contaban, en un discurso formal eso constituía un error, ya que ella es la princesa de Orange.
    Pero nadie estaba en esos detalles, más cuando después el Presidente ni siquiera justificó por «razones personales» (la forma en que renuncian sus funcionarios) su ausencia en el Colón.

  • Apenas si su esposa, Cristina, esbozó un seco «se tuvo que ir a Santa Cruz», confirmación que desató la explosión histérica de Jobien Hekking, asesora de la embajada y encargada de la producción en el Colón -Holanda se gastó un dineral en limpieza y adornos florales-, quien no paró de llorar durante toda la función. A veces, eso logra Kirchner con algunas mujeres.Se quedaron también los Scioli, los De Vido y hubo una cena de parado con salmones y, otra vez, cordero patagónico. En el teatro, la idea en este caso fue de los holandeses.
    Explicaciones de la ausencia presidencial: ninguna. Salvo conjeturas por últimas rabietas. Problemas en el Banco Nación, en la tira que protagonizaron Lospinatto y Ciganotto (su reemplazante), según mentas por un conflicto a la hora de triangular los fondos de Santa Cruz que se fueron, vuelven y de nuevo se van. Maledicencia habitual, ya que a Lospinatto también lo incluyeron en el mismo tema del viaje a las estrellas del ex gobernador Sergio Acevedo. Parece que alguna molestia presidencial hubo por esta crisis en el Nación.

  • Aunque, se comentaba, su mayor ardor se produjo por la derivación de la nacionalización de Aguas Argentinas: se molesta porque no sale la ley y, para colmo, luego de firmar el decreto se enteró de que el titular Carlos Ben no era propio ni del sindicato, sino que en su momento lo designaron los franceses de Suez (no es un detalle menor ya que podría originar problemas a la hora de las reparaciones judiciales). Para colmo, algunos hasta investigan en el pasado de Ben, no tanto por tropelías financieras sino en otras cuestiones que siempre parecen importarle al gobierno de la década del '70. Algo parecido ocurre con otro director que nominó el Presidente: el intendente del Tigre, Ricardo Ubieto, uno de los más respetados, jamás duhaldista, a quien tentó con la canoningía pero al cual ahora le frunce el ceño porque le contaron historias pasadas de los militares.
    Poca alegría por el tema Aguas, si hasta su promovido José Lingieri (el sindicalista de Obras Sanitarias) tiene un problema impensado: había logrado que los franceses le auspiciaran (es decir, pagaran) el auto de competencia del automovilista Christian Ledesma, a quien secunda como acompañante el hijo de Lingieri. Toda una cuestión ética que antes no parecía contar y que, por ahora, no cuenta: la nueva empresa todavía no existe, no puede pagar ni cobrar, los nuevos servicios vendrán luego acumulados y, por lo que se sabe, muchos legisladores aseguran que están en el desierto, también ellos clamando por agua.

  • Apropiado lugar para el vestuario: Salón Versailles (en el Alvear) con más de una docena de empolvados, ceremoniosos y relucientes pajes (y cortesanas) recibiendo a los invitados con el frío silencio de las penumbras, como si portaran candelabros y velas, olvidando tal vez que todo estaba iluminado a giorno. No era la única infracción en el cóctel (también faltaban las socorridas amantes de la época, al menos no le tocaron al cronista; por lo menos paradójico era el contrapunto de la música tecno de fondo con el clave y las cuerdas bachianos de los disfrazados en ambientes de dudosa acústica) de una administradora de hoteles en todo el mundo (Leading of the World) que, se supone, logró formidable audiencia no sólo por evocar los tiempos de Pompadour o el Carnaval veneciano. La otra tentación, se supone, es que obsequiaban estadías en infrecuentes lugares del mundo a quienes jamás pensaban ir a esos lugares ni, mucho menos, pagarse el viaje.
    Sea por la razón que fuera, lo cierto es que desbordaba toda la planta baja del hotel y desfilaban personajes en busca de bocaditos, cazuelas o emparedados, también de alcoholes, para entusiasmarse con esos auxilios porque la propuesta -salvo el aparente misterio de los disfraces- sólo daba para el cotilleo menor sobre la forma de vestirse (Pepe Cibrián, con sedosos bombachudos negros con lunares blancos, ideales para la noche -para dormir claro-) o los accidentes, tipo Gino Bogani, casi desconocido por su look Kojak, totalmente despojado de cabello, como persiguiendo una juventud miltoniana o, lo más cierto, para disimular un tropiezo de la cabeza con una mampara que lo dejó magullado.

  • Se podría seguir con una crónica Capote, aunque acumulando ponzoña para no arrojarla al lector, pero la sola mención de algunos invitados anticipa el clima: Rogelio Polesello, Camila Makenson, Claudia Stadt, Alejandro Reynal, Mora Furtado, Jorge Pereyra de Olazábal, Marcelo Avogadro, Roberto Dvorik, Mercedes Von Dietrichstein (princesa), Marta del Corral, Daniel Maman, Teresa Solá, Flavia Palmiero, Patricio Feume de Colombi, Teresa Calandra, Norberto Frigerio, Ana Rusconi. No era, precisamente, un lugar para hablar del grupo Callejeros ni de fútbol. Sin embargo, este tema se sofisticó porque un conocedor de la Casa Rosada lanzó la pregunta: ¿es cierto que Néstor Kirchner, aturdido por el drama de su equipo favorito, les trasladó la responsabilidad de resolver el problema -y que además parezca un accidente- a los sindicalistas Alejandro Amor (municipales) y José Lingieri (Obras Sanitarias)? ¿Y que, justamente el primero ocuparía un cargo expectante si hay cambios en la conducción del club?
    Sorpresa por el interrogante, más preguntas sobre el dirigente Amor, fracasado gestor porteño de la continuidad de Aníbal Ibarra como intendente y hombre a quien le reconocen incondicionalidad al mandatario -¿hay otra relación posible con el santacruceño?- con cierto pasado en el Sur.
    Nadie entendía mucho sobre la pelota, por supuesto, sí por posibles modificaciones societarias y la eventualidad de que Fernando Marín se aparte en forma transitoria de la gerenciadora a favor de otro colaborador.

  • Pero los comentarios que dominaban apuntaban al turismoo a la extraña ausencia de Carlos Reutemann en las recepciones a la presidenta Michelle Bachelet y a la reina de Holanda, siendo titular de la Comisión de Relaciones Exteriores. Cuando alguien inició alguna reflexión política, las damas interrumpieron interesándose en otra ignorancia marginal: ¿ya protocolizó el senador su divorcio de Mimicha y, por lo tanto, su nueva relación?, inquirían como si el estado civil fuera más importante que cualquier otra conducta de quien pretende volver a la gobernación de Santa Fe.

  • Diez millones más, diez millones menos (dólares, claro) no hacen la diferencia. Por lo menos, entre los megamillonarios latinoamericanos que se reunieron con hijos y parientes principales en Buenos Aires, unos cien, con riguroso menú y agenda de trabajo o precaución sobre lo que viene en el continente. Primero, la comida y el entretenimiento: almuerzo sencillo en casa de Alejandro Roemmers, en Punta Chica, fanático de los autos (viejos o nuevos, de carrera o calle, con o sin papeles), apenas gigot de cordero y volcán de chocolate (Vistalba corte B para tomar y corte A como obsequio), no fuera a empañar la cena que su propio padre Alberto, luego, organizó en el Alvear. Signo de cómo crecen laboratorios y farmacéuticas, algo de lo más firme en la cartelera del Dow Jones.
    En el hotel, langostinos con una mousse, luego un ojo de bife y, como el viejo Roemmers supone que a sus colegas de millones les interesa cierta distracción artística, contrató a Susana Rinaldi y a Maximiliano Guerra. Una, al rato de empezar, suspendió el show porque nadie la escuchaba y desde su corazón alfonsinista, reprendió a sus contratantes. Como los bailarines no tienen voz, el pobre Guerra -al que casi nadie atendió- ni siquiera gesticulando obtuvo una mínima atención.

  • Siguen las comidas. En el Malba, todo de blanco y con iluminación turquesa, servicio de La Bourgogne y champagne Dom Perignon, con hilera de novia brasileña, Clarisse, e hijos -no podía invitar a nadie más-, atendió Eduardo Costantini, también agregó espectáculo: tango electrónico con Ultratango (o sea, más allá del género), ballet del San Martín copiando a De la Guarda con acrobacias a más de 20 metros de altura -como está el Malba, burlando la legislación municipal- y Nacha Guevara con dos canciones y un bis, más el comentario general: ¿es cierto que tiene más de 60 años? Se cerró, finalmente, en La Torcaza de Carlos Pedro Blaquier, quien habilitó comedor, salas y hasta el lugar de los conciertos para albergar a los invitados que, sobre todo, apreciaron que habilitara su bodega. Los millonarios o aprendices de esa cultura escucharon, como correspondea sus propios gurúesdel dinero, a ellos mismos. Inclusive, hasta aplaudieron al hermano de un empresario que no podía salir de Francia por una deuda impositiva de 6 millones de dólares (obló 4 para tomar el avión), cuya disertación fue una de las más celebradas, por supuesto. No faltaron los Bago, los Soldati, los Bulgheroni, Carlos Slim -su afilado álter ego, el español Felipe González-, César Gaviria, Jorge Gerdau, Eugenio Clariond, el dominicano José Fanjul (el mejor contando chistes), Sebastián Piñera y otros (en cambio, a pesar de los anuncios y confirmaciones, no estuvieron la Fortabat ni Pérez Companc).

  • Temas de negocios y sociedades, miembros de un solo club se interesaron en cuestiones impositivas y en quienes, claro, serán los miembros futuros de la Argentina luego de la tasa de crecimiento. Preguntaron por algún sureño en alza, también por Eduardo Duhalde (recibiendo en casa por su nueva nieta Mia, acumulando historias para sus memorias bonaerenses y yéndose a pescar a Ostende al balneario Yasiqué) y hasta por Domingo Cavallo, con nueva consultora y -de acuerdo con versiones- de comunión telefónica con Kirchner. ¿O acaso no hay un economista atrás de la propaganda de los precios controlados para bajar la inflación cuando, ortodoxamente, también el Presidente baja el gasto en febrero y sube las tasas de interés? Varios, como suele ocurrir, planteando sin destino a la Argentina en las actuales condiciones por falta de inversiones, otros menos expansivos y suponiendo que no se cortará la racha que les hizo ganar tanto dinero en los últimos años. Finalmente, lo único que reclaman es dólar alto, el secreto de su felicidad. Como los visitantes viven climas militares más intensos, interrogaban por ese sector en la Argentina: coincidencia general de la obediencia y el debido respeto. Aunque, como anécdota menor, uno recordó que Kirchner cambió el Edificio Libertador por el Colegio Militar, para dar un discurso, luego de que la hija de un oficial asesinado por la guerrilla se le apareciera en el comando al general Bendini -acompañada por otras mujeres-, lo increpara (también al jefe de la Armada, de visita) y hasta amenazara con atarse a las rejas del edificio. Es que, para el gobierno, no hay problema con los militares, sí con algunas de sus mujeres, retiradas o no.

  • Vamos a terminar con un fuerte cuento de hadas. Un anciano camina por un bosque cuando escucha a sus pies una débil voz. Se agacha y descubre que la voz venía de una ranita, que le dice:

    -¡Ayúdame! ¡Soy una bellísima princesa! ¡La reina, envidiosa de mis encantos, me hizo convertir en rana por una malvada hechicera!

    -¿Y cómo puedo ayudarte, querida princesa?

    -¡Dame un beso, y volveré a ser bella, joven y voluptuosa!

    -¿Y yo qué obtendría a cambio?

    -¡Si me besas, seré tu esclava sexual! ¡Haré todo lo que me pidas, más todo lo demás que ni siquiera tu más loca y perversa imaginación se ha atrevido jamás a soñar! ¡Te daré noches interminables de placer, y si tú quieres también mañanas, tardes, días de semana, fines de semana, lo que quieras!

    El viejito piensa un minuto, toma la rana y se la mete en el bolsillo de su chaqueta de cazador. Desde el interior de la prenda, se escucha -débil- la voz de la ranita, desconcertada:

    -¡Pero qué haces, viejo loco! ¡¡¿¿No vas a besarme??!!

    -No, querida: a mi edad es mucho más divertido tener una rana que habla que una maníaca sexual en casa...
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