Charlas de quincho

Secciones Especiales

Fútbol y casamiento fueron las dos «puntas» del sábado oficialista. Deporte en Olivos y esponsales en Florencio Varela con protagonistas que se superpusieron. En el casorio, Scioli centró la atención de muchos, pero también se habló de «fetas» que traían empresarios españoles del juego y que quedaron en Ezeiza cuando bien podrían haber adornado más de una mesa local. Y si de juego se habla, interesante la carpa VIP en San Isidro para un Gran Premio que podría languidecer si el Jockey Club no consigue para sí un negocio similar al que tiene su principal competidor, Palermo. Hubo también comilonas y cócteles sin comida por decisión de los convocantes (con inaceptables excusas), y hasta una reunión pública de una sociedad cuasi secreta. Veamos.

  • Día oficialista el sábado, una jornada sobre 7 en la semana para cubrir en los quinchos es un promedio de razonable equidistancia. Empezando entonces con el fútbol en Olivos, disgustado recuerdo para Néstor Kirchner: no hizo ningún gol, ni aún con la habitual ayuda del árbitro, una suerte de Nimo de la residencia. Para colmo, Alberto Fernández se fue rápido -no se quedó al asado, tenía un cumpleaños familiar, adujo-, corrieron poco y no bajaron de peso. Nadie baja de peso, ni José Pampuro, a quien en ocasiones mandan al arco (donde demuestra óptima aptitud), ni Aníbal Fernández, ensimismado en su rabia por la candidatura de Daniel Scioli en la provincia que, cada vez que agarra la pelota, la quiere morder como un fox terrier.
    Mínimo aporte deportivo de Carlos Zannini, tampoco agregó « volumen de juego» el tigrense Sergio Massa, mientras la señora Cristina aguardaba en la casa que los muchachos completaran el ejercicio, transpiraran y, más tarde, se sentaran a comer.
    Era día de fiesta, celebraciones por el fin de año y «lo bien que estamos». «O lo mejor que vamos a estar», como aseguró uno de los propios. Algunos diálogos privados con Kirchner y el conteo entre todos de los que, esa noche, asistirían al casamiento de Julio Pereyra, el intendente de Florencio Varela, uno de los primeros que se pasó al kirchnerismo cuando el cadáver de Eduardo Duhalde todavía estaba caliente y más de uno pensaba en la reanimación.   

  • Voluntario de la segunda vuelta, Pereyra se casó con Natalia, naturalmente más joven y con quien ya vivía y hasta tenía un bebé (Mateo)de tres meses. O sea, una formalización para que el niño lleve papeles; la mujer también. Rezó el padre «Chicho» -sanador de la zona-, llegó gente del circuito presidencial, pero no Julio De Vido, quien inició con Pereyra la captación de intendentes y la entrega de subsidios. Se justificó lo del ministro: hubo corte de luz, primero por el calor, luego por el aguacero. Ni el cura salvó la inundación.
    Si faltaron algunos amores, hubo otros reconocidos en la idílica tradición de Pereyra: Felipe Solá, Daniel Scioli, Alberto Iribarne, Ginés González García, Carlos Mosse, Florencio Randazzo, Alberto Descalzo, José López (el hombre de la magia constructora para los intendentes), Juan José Mussi, « Cacho» Alvarez, Alejandro Descalzo. Casi un seleccionado, al menos juvenil, que se alzó con los mejillones y langostinos en un volovent de hojaldre y, luego, un lomo con papas y cebollas glaceadas. Cerró una marquise, casi un menú de restorán de alta gama, por lo menos de la zona sur.

  • Scioli parecía arrancado de «El Padrino», en la mejor interpretación de Brando: atendía en un costado, daba consejos y hacía preguntas. Le preocupa, y lo dice, el estado en que Solá le dejará la provincia: sabe que, en el caso de ser elegido gobernador será un rehén futuro del Presidente, dependiente de su ayuda. Pero al menos le interesa saber el grado de asistencia que demandará, es decir el nivel de sometimiento al que habrá de condenar a su gobierno. Le dicen que Solá ya empezó a firmar en descubierto y, por arte de birlibirloque, ya firmó la renovación -por 15 años- de las autorizaciones para los bingos en todas los partidos.
    Dinero que ingresa ahora y que nunca verá su sucesor, aunque siempre -en cuestiones de juego- hay renegociaciones, pues el negocio se multiplica más que los conejos. Lo sabe el gobernador, dicen que hasta está en contra de los bingos, pero que las urgencias económicas lo obligan a ese acuerdo (además, se justifica en que si se impidieran estos juegos -como la ley seca- se canalizarán por Internet, vaticinio algo dudoso: en los Estados Unidos ya se empezó a prohibir este sistema libre, más cancerígeno que el cigarrillo). A propósito, en la fiesta se comentó el caso de los directivos españoles de los dos barcos-casino, en Capital, que fueron demorados en Ezeiza por no declarar una fortuna en efectivo que llevaban en el avión. Tampoco declararon regalos y jamones ibéricos, con lo cual algunos de los presentes en la boda lamentaban la confiscación (del SENASA, no de la Aduana, singularmente) porque imaginaban que algunas fetas -de los jamones, naturalmente- les iban a tocar para las fiestas.   

  • Si Kirchner está contento con su propia idea (el lanzamiento de Scioli) porque encolumna al peronismo bonaerense, esa evidencia se consumaba en el casamiento: cada jefe de distrito, como en «The Godfather», lo saludaba, le recordaba al oído, lo palmeaba. En el film suceden otros episodios, pero hoy la provincia está mucho más tranquila, nadie debe sospecharlos. Sólo se quejan piqueteros e izquierdistas que soñaban con la revolución, que tal vez nunca lo entendieron al Presidente o que se tomaron a pecho lo de las convicciones en las escalinatas de la Casa Rosada. Finalmente, ellos harán como él y se adaptarán a Scioli de acuerdo con las promesas y a los cargos que les concedan en las listas. Como es la hora del vicepresidente devenido candidato a gobernador, se tuvo que ir por las atenciones mucho más tarde que Solá, lo que le sirvió para escuchar y entretenerse con Los Sultanes y Sergio Denis. Finalmente, a esos artistas nunca los había tenido en su quincho del Abasto.

  • Rentrée de Amalia Lacroze de Fortabat y no en Florencio Varela. Casi una incunable ya la empresaria en las reuniones sociales (sólo se la recuerda en dos, este año, no se sabe si no quiere salir o no la invitan), de sugestivo verde esmeralda, brillante y con brillantes, al menos frente a otra estrella de la noche: Natalia Oreiro, quien se prodiga en un estilo dark (bordó y camisa negra) que la vuelve más diminuta de lo que es. Una se la pasó sentada por arrastrados problemas de una operación de cadera, acechando y comentando como las viejas amas de casa en los barrios, la otra triscando por el roof del Alvear para que nadie dejara de advertir que es la dama del rating.
    Compartían el lanzamiento de un libro de fotografías argentinas que auspician los hermanos Bagó (Juan Carlos y Sebastián), al parecer dedicadosa esta actividad con el mismo esmero que al turf, la colección de cuadros, la gastronomía y, en los ratos de ocio, al negocio que los hace vivir y multiplicarse: la elaboración de medicamentos.   

  • Como Fortabat (quien se pasa la mayor parte del año en Nueva York, en su departamento del Pierre) no demostró predilección ni demasiada simpatía por el gobierno Kirchner, alguien que venía de Rusia (los Bagó están desarrollando laboratorios en ese país) señaló -cual música para sus oídos- cuatro características reconocidas de la Administración de Vladimir Putin: 1) no convergen la economía, que anda bien, con la política, que anda mal y, en lo institucional, la conclusión es que la mala política siempre termina golpeando a la buena economía; 2) Putin suele confundir a la gente con sus discursos y declaraciones, brindando señales a favor de que se va a quedar en el poder y, en otras ocasiones, de que habrá de abandonarlo ( aunque nada dice de dejárselo a su esposa); 3) el establishment ruso sabe que las políticas discrecionales del Kremlin, a largo plazo, son negativas para el país, aunque hoy se las admita como funcionales para consolidar al gobierno y, sobre todo, domesticar a las regiones; 4) también Putin persiste en castigar a los sectores que más producen y que le acercan la mayor cantidad de recursos, con los cuales -curiosamente- se mantiene y crece. Saldo del comentario entre sonrisas cómplices por obvias sinonimias: ¿dónde queda esa escuela en la que aprenden ciertos mandatarios?
    Junto a Amalita, Cristiano Rattazzi, quien la ayudó a incorporarse en dos ocasiones (cuando saludó a uno de los Bagó al concluir una disertación y, luego, por el brindis) y terció en la tertulia con vistas al año próximo: «Tengo en claro que, entre Roberto Lavagna y Kirchner, me quedo con Kirchner». Explicaciones varias de alguien que, por sus críticas, está más fumigado que Shell del gobierno, pero que desnuda un disgusto personal y comprensible con el ex ministro de Economía (¿será también porque a Lavagna se lo asocia al grupo Techint, en tradicional pugna con Fiat?). Se inclinaba, dijo el empresario, por el «mal menor» -base del sistema democrático- aunque juró que si prosperaban otras alternativas, como Mauricio Macri, su decisión cambiaba.

  • La reunión se destacó por un detalle: no hubo comida, sólo bebidas, y la excusa de los Bagó fue que había demasiados ágapes y no querían empachar a nadie en el fin de año. Discutible versión, no demasiado cercana al buen gusto, más bien a la tacañería. O, como mencionó otro asistente, al espíritu naciente de la «boliburguesía», ese núcleo de nuevos ricos apañados en los negocios boliviaranos tan frecuentes en estos días. Por si no alcanzaba ese dato, otro: el libro no fue obsequiado a nadie; sólo se exhibieron algunas de las fotografías, aunque hubo promesas de que cada invitado recibiría un ejemplar en su casa.
    Miraban atónitos otros convidados, de Julio Werthein a Alejandro Roemmers, María Podestá, Jorge Pereyra de Olazábal, un concentrado Aldo Roggio haciendo balances putinescos (en los negocios nos va bien en unos, mal en otros, regular en un tercer porcentaje), Lily Sielecki y un dirigente de Boca Juniors, Gregorio Zidar («Goyo»), quien no sólo se lamentaba por el campeonato perdido sino que le endilgaba a Macri hasta la responsabilidad por el fusilamiento de Dorrego. Si Boca no hubiera perdido seguro que encabezaba el homenaje al ingeniero que « tanto le ha dado al club» (al margen de oportunismos típicos, ¿no se habrá equivocado Macri al designar tan rápido al reemplazante de Ricardo La Volpe, tan sólo para que la crisis de la sucesión no lo afecte políticamente?).   

  • Tarde peronista en San Isidro, para ver el Pellegrini, aunque con pretenciosos vestigios conservadores y británicos de Ascot: todas las mujeres con sombrero, al menos, las que asistieron a una gran carpa que suplió a la tribuna de socios, con mesas sabiamente distribuidas en ubicación según el precio pagado (de 20 mil a 2 mil). Esto no fue demasiado británico. Y hubo premios no sólo para el caballo, la cabaña, el jockey y el cuidador; también para las damas con sombreros, ninguna tocada con esos objetos no identificados de la reina de Inglaterra, argentinas al fin prefirieron sutiles y minúsculos diseños para sus cabezas, como la ondulante mujer de Rattazzi (también en la carrera), Gaby Pirán (de Germán Neuss), Bettina Bulgheroni y una radiante, de amarillo completo, Karina Rabolini (ya aparece también, como su marido, en reuniones de la provincia de Buenos Aires, aunque éste parece que se pasará el verano recorriendo países de América latina).
    En casi todas las mesas se hablaba de apuestas y favoritos, el único tema del día, aunque el ganador estaba descontado (Storm Mayor), sólo se discutía si repetiría el éxito del año anterior. La mayor apuesta era saber, como versión, quién había sido el famoso argentino que acaba de hacer saltar la banca en una mesa del Conrad, ganándose un premio con seis ceros. No hay equivocaciones con el nombre, usted también acertó amigo lector, no se requiere demasiada imaginación.
    Otros incurrían en la extensión de la carrera, de que se impone el sistema norteamericano de confrontaciones más cortas y menos extenuantes para los animales, y viendo el despliegue social de San Isidro, muchos se preguntaban hasta cuándo resistirá esa institución este tipo de eventos. Al menos, frente a Palermo, el ascendente hipódromo que hoy se lleva a los mejores exponentes para correr debido a que paga el doble o el triple en premios. La razón de la diferencia se justifica en el complemento de dinero que le provee el inmenso casino porteño concesionado y las tragamonedas, próspero negocio de uno de los favoritos del presidente Kirchner, Cristóbal López (quien ahora también incursiona en el turf), operativo al que no puede acceder el Jockey Club por un sistema legal bonaerense más estricto. Ruegan sus directivos para que esa bendición también llueva en San Isidro; prometen al Labrador hacerse kirchneristas si les otorgan esa franquicia y el sureño López se hace cargo del juego. Todos saben que él y sus amigos están interesados.

  • Triste final para desplumar ricos y villeros, única alternativa para salvar al club y al hipódromo, cree una buena partede los que, en la carpa, primero aceptaron los fiambres y luego se reiteraron en atosigarse con un sabroso asado de costillar que hizo más transitable el paso de una carrera a otra hasta llegar al Gran Premio. Allí, además de las damas tocadas (y tocables), estaban Martín Uriburu ( proveyó un rosado para acompañar el postre helado), todos los Blaquier, Bruno Quintana, el tardío Luciano Miguens, el embajador uruguayo Francisco Bustillo Bonasso (insistía en que si hay algún argentino con cierta idea de cómo arreglar el problema de las pasteras él está dispuesto a recibirlo), Pereyra de Olazábal, Mirtha Legrand (entregó la copa), Oscar González Oro y Ernesto Gutiérrez de Aeropuertos con un grupo de extranjeros, el más notorio un recaudador de Bill Clinton en la Florida, luego venido a embajador, Luis Lauredo. Para la mayoría, acertar en las carreras era un negocio menor.   

  • Otra gente, en cambio, prefiere morir o intentarlo desde la comida. Sólo así puede entenderse el atracón que se permitieron en la «Cave» del Caesar los miembros de la Academia Argentina de Gastronomía, quienes invitaron como huésped de honor al titular de Repsol YPF, el catalán Antoni Brufau (hay una pasión por los platos en esta empresa, pues en Barcelona se pusieron de moda unos langostinos según el gusto del anterior titular de la compañía). Y basta proceder con la lectura del menú, los cuatro pasos obligados, sin contar el cóctel (un gazpacho de melón con langostinos y un blini con crema ácida y gravlax de salmón) y el postre, o los postres (desde el siciliano y mafioso canoli de caramelo relleno con arroz con leche y ananá grillada, duraznos en almíbar suave de romero con crema de curry batida, pastel de zanahorias y especies con crema helada de salvia y una sopa fría de té de bananas con salsa de chocolate y espuma de dulce de leche).
    Vayamos al menú de Rodrigo Toso (restorán Agraz) y a lo acumulado por los comensales durante la cena: un aspic de pato confit en gelé de cognac y naranjas, segundo paso con pequeña provoleta de cabra asada con ensalada de lechuga, ciruelas y olivas negras, tercero una pieza de merluza negra con salsa fría de pasas de uva, cebada perlada con vegetales y morcilla vasca, para cerrar con un lomillo de cordero pampa en crepine con ensalada fría de quinoa y cubos de zanahoria glaceados. De los vinos, ni hablar, cada uno para cada paso naturalmente. Nadie murió, es cierto, ni siquiera tomaron digestivos, pero algunos rodaron para llegar a sus casas, como Jean de Ganay, Enrique Duhau, el académico español Rafael Anzón, Daniel Funes de Rioja, Ignacio Gutiérrez Zaldívar, Juan Carlos López Mena (sobrevendido con los barcos a Montevideo), Félix Luna, Pedro Mayol, Alejandro Macfarlane, Pablo Sánchez Elía y Alberto Suárez Anzorena, entre otros.

  • Lo que más abundó, aparte de la comida, fueron los chistes, hasta algunos que contaron dos acompañantes de la cúpula de Repsol. Antes, Brufauofreció un discurso, en el que con alguna alegría señaló que «él trataba en el exterior de explicar la Argentina». «Bueno, no me es fácil, aunque creo que tampoco es fácil para ustedes, los argentinos, explicarles el país a los extranjeros.» Lo festejaron, más a su acompañante, cuando éste recordó el caso del Gran Rabino que visita al Papa en Roma y, al verle un teléfono violeta, le pregunta por su servicio. «Es para hablar con Dios, cuestan 10 mil euros los tres minutos». El patriarca judío hace un cheque y habla por el teléfono, emocionado. Un par de años más tarde, el Papa visita al Gran Rabino en Jerusalén y, en la entrevista, también se sorprende por un teléfono, esta vez blanco. «Es el mismo que el que tiene usted en el Vaticano -replica-, en verdad es una extensión que yo le pedí a Dios cuando entonces hablé con él, ¿se acuerda?». Sorprendido, el Papa entonces le pide la línea y ofrece pagar diez mil euros por el servicio, a lo que el Gran Rabino responde: «No, aquí sólo cuesta un euro, no olvide que ésta es una llamada local».   

  • Casi no se habló de la empresa, de lo bien o mal (más conocida esta última versión) que se llevan los españoles petroleros con el ministro Julio De Vido ni del incremento de exploración y explotación con magro resultado del primer semestre. Tampoco nada de un informe crítico del Bank of America ni, mucho menos, de que el ministro ruso que la semana pasada visitó a Kirchner se interesara por comprar la compañía debido a la ampliación de los negocios en gas y petróleo. Cada participante estaba en lo suyo con los platos, casi sin cambiar miradas, hasta que uno ingresó en un arresto de comedia: difundió el aporte legislativo argentino a la gastronomía, ya que el representante del Frente para la Victoria, Mariano West, ha propuesto instituir el primer domingo de octubre como «Día Nacional de la Parrilla». Aun en ese sitio de hartazgo por los alimentos, todos comilones excelsos, se burlaron de esa iniciativa kirchnerista que, en aras de la defensa de la identidad nacional, se sugiere por ley para proteger la tradición asadora de la Argentina.
    Vale la pena internarse en los considerandos de la norma, ya que además de formular citas históricas irrelevantes,habla del parrillero para mantener vivo el espíritu del asado, como una forma de estimular la concordia y la camaradería. Para cerrar el proyecto, se especifica que se eligió el primer domingo de octubre sin razón alguna, ya que no hay hecho histórico a recordar y cualquier fecha es digna para la celebración. Como todo le viene bien, convinieron algunos en que al legislador habría que obsequiarle dos libros: uno, sobre las responsabilidades de su cargo y, el otro, sobre las miles formas de perder el tiempo sin necesidad de apelar al Congreso. Aunque cuando se recordó el rol de West para desalojar a Fernando de la Rúa del gobierno, hubo coincidencia en que es mejor que continúe perdiendo el tiempo -y malgastando los impuestos- con este tipo de iniciativas.

  • Dos recepciones diplomáticas, interesantes ambas. Una, la italiana, con motivo de la llegada del vicecanciller; la otra, despedida de la encargada de negocios británica que le hará compañía, como embajadora, a Alicia Castro en Venezuela. En los dos lugares, la misma pregunta diplomática: ¿la candidatura de Cristina de Kirchner es un globo de ensayo o ya está confirmada? Los embajadores, en sus informes, ya concedieron como garantizada la última información: les basta que los Fernández y el vocero Carlos Kunkel hayan bendecido la propuesta. Es oficial, según escriben, mientras en sus intercambios con consultores o periodistas locales, tropiezan con opiniones contrarias: en las embajadas, los oriundos estiman que Kirchner no le dejará el poder a su esposa, que hará como hizo siempre en Santa Cruz, que se postulará él y que las aritméticas son poco consistentes, no se acuerda en que el desgaste del segundo mandato sólo la afectará a ella. También a él, omnipresente -con seguridad- detrás del trono.
    Hubo algunas discrepancias por lo de Scioli (para algunos, es demasiado perfecto hasta ahora el planteo electoral, como los generales cuando dicen en los pizarrones la forma en que ganarán los combates), ya que todavía no ha sido inscripto como aspirante a la gobernación: como se sabe, a él lo cuestionarán jurídicamente no sólo Lavagna, Macri y otros. También lo harán, parece, quienes en el oficialismo se oponen a esa postulación.   

  • Los italianos reconocían que el posible acuerdo de la Argentina con el Club de París los pondrá en una situación incómoda frente a los ahorristas de su país a los cuales no se les honró la deuda. ¿Habrá, junto al pago al Club, también una promesa de resarcimiento a los deudores? Caso contrario, estiman, tal vez el gobierno italiano deba derivar lo que reciba de Kirchner a favor de sus quejosos ahorristas. Los británicos, en cambio, quieren suponer que no habrá tensión el año próximo por Malvinas, cuando ellos celebren con fasto y pompa el triunfo en la guerra, aunque también preguntan por esta cuestión como hacían los italianos con la deuda de los hold-out.
    Mientras, como están bien informados, interrogaban sobre el revuelo en el Ejército por los ascensos militares. Es que un alto oficial, ubicado por sus mandos en el último lugar de merecimientos y, por lo tanto, imposibilitado de ascender, de pronto fue colocado en los primeros sitios por la ministra Nilda Garré sin ninguna explicación, salvo que compartieron ubicación geográfica en Venezuela cuando ella era embajadora y él delegado militar, hombre de comunicaciones. Parece que el jefe Roberto Bendini se opuso a este cambio radical, pero no tuvo suerte: la Garré le impuso la orden, como si fuera Kirchner, determinando que nada de lo que analizan los militares tiene sentido y fuerza si ella no lo aprueba o decide. Lo que se dice conducción femenina al extremo o medrosa conducción masculina en el Ejército: ninguno renunció por el caprichoso desplante de la ministra.

  • Aunque breve, por lo inédito, hay que rescatar este quincho. Para nada habitual, ocurrido en la sede de la Masonería, en el Gran Templo de la calle Perón, ex Cangallo, con 200 concurrentes entre los cuales se advirtieron varias mujeres (algo raro porque en la institución no son aceptadas en los «trabajos» regulares de las diferentes logias, aunque son bienvenidas en los actos abiertos). Según un experto, 100 de los asistentes eran «profanos»; el resto, de la casa. La razón de la convocatoria: discusión sobre la nueva ley educativa con el protagonismo de Héctor Alterini, Reynaldo Vanossi y Horacio Sanguinetti, cargados de pergaminos. El trío, por supuesto, alabó la Ley 14.250, también la Lainez, con la cual en general todos los asistentes y gran parte de la población fueron razonablemente educados.
    Para un neófito, el interés estuvo cuando el maestro de ceremonias produjo una orden enérgica: dijo «en pie», todo el mundo saltó de sus asientos y se recibió a los miembros del Gran Consejo masón que entraron marchando, solemnemente, con andiles y collares de acuerdo con sus cargos. No faltaba la música de Mozart, un masón mucho más famoso que todos los presentes. Luego del diálogo educativo, se recordó que la Masonería se ha abierto un poco más al gran público y, como consecuencia, apeló a invitar notorios: se recordaba allí la disertación de Oscar Camilión, de Federico Bartfeld, de Rosendo Fraga y de Jorge Taiana, padre del actual canciller. Los que no son inscriptos ni vocacionales en silencio preguntaban quiénes son y quiénes no son dentro de la logia. Por supuesto, no hubo respuesta, pero la recorrida didáctica y turística valió la pena.   

  • Vamos a terminar con un chiste fuerte. Un hombre conoce una bellísima mujer, intiman y a los pocos días decide pedirle que se case con él. La chica le dice que le parece prematuro, porque no saben casi nada el uno del otro.

    - No importa, mi amor: iremos conociéndonos con el tiempo.

    Se casan y van a pasar la luna de miel a un lujoso hotel del Caribe. La primera mañana van a la pileta y el hombre, sin decir nada, se trepa al trampolín más alto y se manda un clavado espectacular. Sorprendida, la chica dice:

    - ¡Increíble! ¡No sabía que podías hacer eso!

    Canchero, el tipo responde:

    - Es que fui campeón olímpico de saltos ornamentales... Te dije que nos conoceríamos con el tiempo...

    Sin decir nada, la chica se arroja a la pileta y hace veinte largos sin parar a toda velocidad. Sale del agua como si nada, se recuesta al lado de su esposo, quien no sale de su asombro:

    - ¡Pero eso sí que es increíble! ¿Vos también competiste en natación en las Olimpíadas?

    - No; era puta en Venecia y hacía visitas a domicilio.
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