Charlas de quincho (última parte)

Secciones Especiales

Finalizamos hoy la entrega de las charlas de este fin de se-mana. Desafiando la inseguridad, un nutrido grupo de empresarios y artistas se convocó a una reunión para salvar a un teatro. Allí se habló del enojo de un gobernador, a quien no le dejan decir discursos en presencia del Presidente. Un club histórico fue escenario del relanzamiento de un partido centenario en la Capital, y hubo ex jueces muy enojados con el Presidente por obvias razones. Veamos.

• Si uno disponía de la audacia para evitar un secuestro, express o duradero, con buen o mal epílogo, y penetraba ese radio siniestro de las Bermudas que es la zona de San Isidro y Martínez (donde se consuman las mayores privaciones de libertad), podía acercarse hasta la mansión del embajador francés, Francis Lott, y compartir una comida en beneficio del necesitado Teatro Colón. La propuesta alentaba la intrepidez por dos razones:
1) el lugar, sobre las barrancas del río con un jardín alucinante y casi preparado por computación, fue vivienda de placer y bucólico fin de semana de Corina Kavanagh, construido por los mismos arquitectos que diseñaron el rascacielos del mismo apellido en Retiro, del cual los expertos afirman que es el único edificio porteño que merecería estar en un libro de arquitectura internacional (como se sabe, más que una creación, el Kavanagh de Lagos, Sánchez y De la Torre es un compendio de estilos avanzados de Europa, una innovación para la época, 1933/ '36). El detalle de familiaridad entre la quinta del embajador, remodelada por el Estado francés, y el edificio es que los baños son todos iguales; la concurrencia, algunos invitados interesantes para la tertulia y, en vasta mayoría, en esa zona mucho más candidatos a penurias de inseguridad que cualquier otro mortal.
Bastaba ojear los nombres, de la organizadora y separada Teresa Aguirre Lanari de Bulgheroni a otra en estado semejante como Nelly Arrieta de Blaquier (estaba con su hijo Carlos), sin olvidar a magnates de laboratorios como Alejandro Roemmers y Lily N. de Sielecky. O las hermanas Giovampaola (Patricia y Rosella); Andrés von Buch; Lorenzo Einaudi; Cristiano Rattazzi; los hermanos Neuss (Germán y Jorge); Adela Casal (representante de Sotheby's ); Daniel Maman; embajadores varios, encabezados por el de España, Manuel Alabart. Todos para apurar saumon frais a la sauce cresson, filet de boeuf, morilles et carottes avec vinaigrette de sesame noir, concluyendo con un postre Balthazar. Aunque no se crea, el tinto y el blanco fueron nacionales, como las estrellas del Colón Graciela Oddone (cantó Reynaldo Hahn y Eric Satie), el barítono Marcelo Lombardero (Poulenc y Ravel), la mezzo Susanna Moncayo (Milhaud y Fauré). Un aparte para el pianista, Jorge Ugartamendía y la interpretación a dúo de las dos damas de la Barcarola, de «Les contes de Hoffmann», de Offenbach.

Nadie, por supuesto, hablaba de fútbol. Plástica y música eran los temas, incluyendo la condena del Colón a presentar sólo clásicos porque el teatro no puede pagar las partituras del siglo XX. Este drama económico, advertían, supone también otra falla en la gestión: se anticipa y anuncia la presencia de ciertos artistas, pero luego éstos no vienen porque el compromiso no estaba cerrado. De ese mundo a la broma petrolera, a espaldas de la Bulgheroni, que le hacen a su ex marido, quien a pesar de ser amigo de Néstor Kirchner bautizó como Karina -y no Cristina- a un importante yacimiento que ubicó en el Sur. Otros, siguiendo con el humor, sostenían que conociendo los mecanismos previsores del empresario, bien pudo haber optado por determinado nombre femenino observando la línea sucesoria del Ejecutivo.
Algo de política con destellos sociales poco conocidos. Por ejemplo, que luego del último acto de Felipe Solá y Kirchner juntos en Berisso, ambos partieron hacia Uruguay y Juncal: es que en una misma cuadra viven los hijos del gobernador y el Presidente todavía ocupa su viejo departamento porque no siempre pernocta en Olivos. Nada se sabía de ese encuentro casi secreto, salvo que Solá difícilmente vuelva a compartir una tribuna con Kirchner, ya que se hartó de que lo marginen o le indiquen cuándo puede o no hacer un discurso según el instructivo de la Rosada. Sorpresa para algunos oídos, comprensión para el resto, convicción general de que ciertas condiciones autoritarias se las aplican a todos.

• Vuelven los radicales, por lo menos en la Capital. Eso es lo que piensa Enrique Olivera, quien por supuesto reúne gente y se hace acompañar por el abogado Ricardo Gil Lavedra; el politólogo Sergio Berenstein, y el «pico de oro» del santafesino René Balestra. En pos de esa candidatura se organizó un encuentro en el Club del Progreso -histórico lugar, no sólo por el suicidio de Leandro N. Alem, que hoy apenas se mantiene porque venden las arañas del siglo XIX-, pero lo cierto es que la convocatoria superó esas expectativas partidistas.
Ocurre que, además de Gil Lavedra, en la platea de simpatizantes estaban Jorge Casabé, José María García Arecha, el ex fiscal Julio Strassera, Florentina Gómez Miranda, Aldo Neri y el ex magistrado Jorge Torlasco. Como se advertirá, algunos de ellos fueron los que juzgaron y condenaron a las juntas militares en tiempos de Raúl Alfonsín. Eran ellos, claro, los más ofendidos con Kirchner, quien en la ESMA hasta se olvidó de que había existido ese proceso judicial. «Es curioso y escandaloso lo de este presidente -decía uno de ellos-, porque ahora él dice lo que es bueno o malo y en aquella época, seguramente él votó por Italo Luder, que firmó el decreto del exterminio de los guerrilleros y, en su campaña, había prometido el olvido eterno para los militares, mientras nos desprecia a nosotros que fuimos quienes enviamos a los comandantes a prisión.»

Si había indignación en varios, la risa pronto les cambió el ánimo. Es que Balestra se puso a hablar del peronismo -»esa fuerza de ocupación»- y, luego, personalizando, atacó al juez español Baltasar Garzón: «Antes de pedir lo que pide, debería anular el Pacto de La Moncloa. Allí, en el artículo primero del núcleo de compromiso, se dice tajante: No revisar el pasado». Le quedaba otro español, o catalán más precisamente, el cantor Joan Manuel Serrat, el mismo que cantó en la ESMA. «¿Es el mismo que canta en Galicia, cobra en euros, y no le importa que esa tierra esté gobernada por quien tiene las manos manchadas de sangre?», se preguntó casi con exageración. Para agregar, por dos veces, que estos dos «son unos cabrones» que nada dicen ni hacen cuando en su país hay más de una estatua en homenaje a Francisco Franco, sólo en la Argentina se solazan porque bajan unos retratos de un colegio. Palabra de socialista sobre otros que dicen serlo, casi «por la Gracia de Dios».
Esos episodios -más la presencia de María Angélica Gelli, a quien hoy se considera la mejor constitucionalista del país- no ocultaron la calma radical de Olivera, mucho más medido, quien desnudó el drama de su partido desde l958. Entonces, Balbín se quedó por un lado, con el discurso institucional, mientras Frondizi se fue por otro con el discurso económico del desarrollismo. Desde entonces, el partido no entendió nunca más la economía. Esa descripción anticipó su frase más dura para diferenciarse del gobierno, casi lo máximo que se le puede pedir por ahora a este opositor. Dijo al apreciar el cuadro político: «Hay un alma autoritaria y otra alma democrática». Los que allí estaban se aferraban a esta última, aunque seguramente habrán pensado más de una vez que era necesario tener un poco de la otra para conservar el poder. Finalmente, no hay gobierno radical que cumpla su mandato.

• ¿Qué hace Domingo Cavallo en Harvard, además de dar clases? Bueno, parece que se le ocurrió inventar un fondo de inversión e invita a varios amigos poderosos para que lo asistan en el negocio y él les multiplique los ahorros. Invitación simple: vos que invertís l00, dame l0 a mí, que te los reciclo. No es lo único: también, apasionado por la situación argentina, convoca a conocidos o desconocidos para que lo informen de lo que ocurre en el país. Estos dos datos son ciertos, pero hay un tercero a confirmar o desmentir: es más que posible que contribuya con alguna idea a la negociación de la deuda externa con los privados en comunicación directa con Néstor Kirchner y Alberto Fernández.
Había que viajar a Villa La Angostura -donde los terrenos están por las nubes- para enterarse de estos detalles del ex y controvertido ministro de Economía. Y escuchar la revelación en una reunión de intendentes de todo el país bajo el paraguas de Mauricio Macri y el gobernador Jorge Sobisch. Allí, en un fin de semana lluvioso, se congregaron para hablar casi de todo y, por lo tanto, uno escuchaba de todo. Como lo de Cavallo. Convivencia democrática, multipartidaria, a pesar de la regencia del candidato porteño y el gobernador neuquino, con invitados como Jorge Telerman, Gustavo Posse de San Isidro, Blas Altieri de Pinamar, Martín Sabatella de Morón y Luis Baldo de Villa Gesell. De todos los colores.

Casi ninguno pudo, a pesar de nombres y cartel, acceder al restorán «Tinto», del hermano de Máxima Zorreguieta, el que por esas figuraciones tan típicas de la Argentina nunca tiene lugar y hasta soporta colas en sus puertas por un plato de comida de alto precio.
Bellezas de La Angostura , quizás el lugar más atractivo para la moda turística en todo el país. Hubo almuerzos, cenas, amistades nuevas, caminatas, comentarios sobre falta de gas, proyectos y, en el cierre, una deliciosa cena en El Messidor con gigot de cordero, acompañado por un arroz con cereales y un vino local, Newen, el primero de la provincia que se exporta (ya llevan invertidos l00 millones de dólares en la provincia para ese sector en 6 establecimientos).
Si Sobisch interesó a muchos -Bernardo Neustadt, muy aplaudido, volvió entusiasmado con el gobernador-, más valió su comentario sobre la residencia El Messidor, la que utiliza generalmente en verano. Al margen de la rica historia, contó algo que interesaba a casi todos. Dijo que era un fraude la historia de que allí, detenida, María Estela Martínez de Perón, tuvo un romance con un oficial que la custodiaba. Lo aseguró, según él, luego de haber investigado con todo el personal de la casa donde pasa generalmente sus vacaciones en verano. De esa manera, concluyó con una falacia que implicaba a un alto hombre de la Aeronáutica, quien después de ese episodio sureño casi pierde la vida cuando los montoneros pusieron una bomba en el corazón de la Fuerza Aérea y provocaron más de una docena de muertos. Si Kirchner ha visitado la ESMA, ¿no correspondería que también vaya al panteón de Socorros Mutuos de los Aviadores en la Chacarita y rinda un recuerdo a esas víctimas?

• Sobisch daba detalles de la magnífica casa, creada por el mítico Alejandro Bustillo para su hermano y que, luego, terminó comprando la provincia. Relató que un predio vecino, hoy el club Cumelén -en rigor, el primer country de la Argentina-, se organizó porque Bustillo, al enterarse de que Juan Perón nacionalizaría la zona, emprendió un loteo para que la Nación no se quedara con todo. De la casa, señaló como un misterio la biblioteca, integrada casi en su totalidad por libros en inglés, la mayoría sobre temas bélicos y todos leídos y subrayados. Incógnitas del sur argentino. Lo miraba con atención un norteamericano, John Quirk, quien asesora para una empresa la campaña de John Kerry en los Estados Unidos. Dijo, al respecto, que el demócrata ganará cómodo luego de que lo consagre la convención partidaria. Nadie le discutió, se observaba en sus ojos que además de la cuenta de Kerry también apuntaba a la de otro hombre que persigue el mismo sueño, Sobisch.

Vamos a terminar con un chiste fuerte pero sutil. Un hombre entra en una peluquería, mira a su alrededor y le pregunta al peluquero:
-¿En cuánto tiempo me podría atender?

El peluquero echa una ojeada al local y contesta:
-Y, por lo menos una hora...
El cliente agradece y se va. Al día siguiente, el mismo hombre reaparece; ya sin entrar, desde la puerta, hace la misma pregunta: «¿Cuándo puede atenderme?» El estilista calcula en función de la clientela presente, y dice:
-Y, hoy estoy complicado... Tengo muchos turnos dados...Y, póngale unas tres horas.
De nuevo, el cliente da las gracias y se retira. Dos días después, lo mismo: «¿Cuánto para atenderme?» «Dos horas». Y así casi a diario. El peluquero, cada vez más intrigado por la extraña conducta del hombre, termina pidiéndole un favor a uno de sus asistentes:
-¿Viste el loco ése que viene todos los días a preguntar cuánto falta para que lo atendamos? Haceme una gauchada; cuando salga del local, seguilo a ver a adónde va.
El cliente regresa, pregunta lo de siempre y se marcha, esta vez seguido del empleado. Al rato, el asistente del peluquero regresa, y su patrón le pregunta:
-¡¿Y, adónde va cada vez que sale de acá?!
El empleado titubea antes de responder:
-A tu casa...

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