¿Claves de Irlanda? Bellos paisajes, magia y talento

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Escribe Ina Castronuovo

Irlanda. Isla de clima fuerte y duro, que contrasta con el carácter de sus habitantes: suave, amable y con buena disposición hacia el turista. Este mágico territorio es mejor visitarlo en mayo o en setiembre, evitando las épocas de lluvias, porque los paraguas no soportan el embate del viento. Es por eso que en esa etapa del año la gente camina con capuchas o sombreros de lluvia, sostenidos por tiras para que el aire no juegue con ellos.
Irlanda es famosa por sus historias sobre hadas, elfos y magos que son la base de la mitología celta (esa que une con su universo fantástico a Irlanda, Escocia, Isla de Man, Cornualles, Bretaña, Galicia y Asturias). Muchos de los mitos y leyendas celtas tienen origen en la creencia de que los muertos viven en comunidad en los cementerios y habitan entre el verde de las colinas irlandesas. Hay cuentos sobre hombres casados con hadas o de niños o mujeres jóvenes raptados por espíritus, gente transportada por las noches a lugares lejanos, a esa tierra de seres extraterrenales... ésas son sólo algunas de las numerosas historias que forman parte del misterioso y fascinante mundo del folclore irlandés.

Senderos de fantasía

En la tierra del duende vestido de verde, los irlandeses e ingleses conviven en su vida diaria, pero habitan en dos zonas separadas por un alambrado con cámaras y reflectores. No hay animosidad aparente, pero la separación se siente al ver las banderas inglesas en los techos de las casas en los distintos distritos. Son símbolos de la situación política que se experimenta a diario. Pero desde otra perspectiva, desde la esencialmente turística, el país está repleto de lugares atractivos, que llaman la atención a cualquier visitante.
Para ir a conocer Belfast, la capital de Irlanda del Norte, es indispensable contratar una excursión adicional a los paquetes habituales. Son 340 kilómetros de ida y vuelta desde Dublín, un camino que vale la pena transitar. No existe una frontera marcada entre ambas ciudades. Los únicos indicios son el drástico cambio de kilómetros a millas y los letreros escritos en inglés y gaélico al inglés solamente.
Uno de los lugares para visitar son los astilleros donde se construyó el Titanic, el Museo del Ulster, patrimonio de Belfast, donde se encuentra el tesoro de la Armada española. Además, es muy recomendable conocer la Universidad de la Reina, la Casa de la Opera, el Museo del Folclore y Transporte de Ulster y el City Hall. Para quienes gusten del deporte (y los que no), es una buena opción ir a ver un partido de hockey sobre hielo de los Gigantes de Belfast.
Para retornar a la capital de Irlanda del Sur se atraviesa la campiña, en la que se destacan cuarenta tonos de verde. Desde allí se realiza una visita panorámica al Merrion Square, el Museo de Historia Natural, el Palacio de Justicia, el Phoenix Bar y el Barrio de las Embajadas con sus casas de estilo georgiano.

Dublineses

Dublín, una capital dinámica, divertida y con muy buen ambiente, es la ciudad del siglo XVIII mejor preservada de Europa, y eso lo prueban el Castillo y la Catedral de San Patricio, el Clonmacnois a orillas del Shannon y las ruinas del conjunto monástico fundado en el siglo VI como centro de estudios.
Pero no todo es historia, y en cuanto a naturaleza se refiere, uno de los lugares favoritos de los irlandeses es el Parque Nacional de Connemara, compuesto de montañas, lagos y turba.
El Condado de Galeway, esa ciudad famosa por su arco español y la Iglesia de San Nicolás, en donde se dice que Colón rezó antes de partir hacia lo que sería su llegada a América. Impacta tanto como los acantilados de Moher, con impresionantes precipicios de más de 200 metros de altura que hacen que uno contenga la respiración. Por último, hay que ir a una destilería de whisky y asistir a un partido de fútbol y de hurling gaélico (los deportes nacionales).
Y si hay algo que es inevitable en los territorios donde manda San Patricio es concurrir a los típicos pubs que se encuentran en las calles principales.
Tan sólo al ingresar se siente la mezcla de los aromas a madera y a cerveza, y la siempre perceptible hospitalidad de los parroquianos. Al mediodía se sirven comidas rápidas, mientras por la noche sólo se puede acceder a las bebidas más tradicionales, como el whisky irlandés tridestilado y la cerveza negra.
La música y el buen humor acompañan los encuentros sociales, en los que hay desde discusiones de asuntos familiares hasta inicio de romances. Y antes de partir y dejar el recuerdo de Oscar Wilde caminando por las calles georgianas de Dublín, se acaba la última cerveza en el Temple Bar.

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