Colonia: vigencia de un clásico que sigue cautivando

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Escribe Florencia Arbeleche

Mágica e inigualable, la antigua Colonia del Sacramento se convierte en un destino ideal para escapadas breves desde el puerto de Buenos Aires. Al bajarse del Buquebús lo mejor es alquilar un auto, que por u$s 45 diarios permite recorrer no sólo el centro histórico sino dos o tres puntos alejados de su vida cotidiana.
Designada por la UNESCO en 1995 Patrimonio Cultural de la Humanidad, sus calles de empedrado constituyen la muestra cabal de la convivencia, por etapas, de las colonizaciones portuguesa y española: desagüe al medio para la primera y uno a cada costado, para la segunda.
Ese es apenas un detalle del legado histórico que se puede respirar en esta ciudad, que tuvo su período de gloria entre 1722 y 1762 y se convirtió en uno de los puntos más importantes del Río de la Plata por su poderío militar y su crecimiento social.
La barriada que descansa detrás de las murallas intercala hoy el glamour de la cocina minimalista y los platos telúricos en precarias aunque perdurables construcciones de adobe y piedra pintadas de característico color rosado. Se puede encontrar de todo: artesanías, libros, indumentaria rústica y postales. Pero es imperdible la oferta en cerámica, similar a la talavera mexicana y a la magnífica variedad española, con predominio de las líneas gruesas y vibrantes de azules y amarillos pasteles.
Recorrer el centro histórico a pie (o en ciclomotor) es la mejor opción, circuito que puede demandar dos o tres horas, según el gusto del visitante. Eso sí, no hay que perderse la Calle de los Suspiros (muy angosta, pavimentada con piedras de cuña y arroyo central), la Casa del Virrey, la basílica del Santísimo Sacramento, las ruinas del convento de San Francisco, el faro, el Museo Portugués y el Español, el Museo del Azulejo y la Plaza Mayor.
Para alojarse, una buena alternativa es el mismo casco colonial, donde dos o tres posadas invitan a vivir de cerca el trazado original de tradicionales construcciones con patios centrales de neto estilo español, inundados de flores de Santa Rita y malvón como si se tratara de una postal andaluza. Es quizá la variante para alojarse más cara (alrededor de u$s 80 en habitación doble), ya que alejándose apenas 200 o 300 metros de la zona turística pueden hallarse muy buenas opciones por la mitad de ese valor.
Además, en los últimos tiempos su popularidad mundial la obligó a ofrecer, incluso, hotelería de estándar universal. Por eso se han instalado aquí cadenas como Sheraton o Kempinsky, entre otros.
Por la tarde, cuando se impone contemplar el atardecer desde la costanera, hay que hacerse un lugarcito para sentarse en alguno de los pintorescos barcitos a tomarse un medio y medio (mezcla de vinos) o alguna variedad de tannat (vino que caracteriza la producción vitivinícola uruguaya). Hacia la noche diversos restoranes ofrecen opciones que fluctúan entre los u$s 17 y los u$s 40 por persona.
Desde la devaluación Colonia se ha vuelto cara para los argentinos, acostumbrados antes a visitarla más seguido, casi como un apéndice del miniturismo porteño. Pero igual, el esfuerzo de cruzar el charco vale la pena.
Colonia no es sólo el centro histórico. Movilizándose en auto o, si se atreve, en ciclomotor, no está de más conocer hacia un lado la Estancia La Anchorena y, hacia Montevideo, la Plaza de Toros y la playa Ferrando, pasando por la deliciosa Colonia Suiza.
En el Parque Nacional Aarón de Anchorena (debe el nombre a su fundador y propietario, un codiciado soltero de la vieja sociedad porteña), a pesar de estar restringido el ingreso a la totalidad de las instalaciones por su carácter de «quinta presidencial», amerita una visita guiada por las 1.300 hectáreas dedicadas a la producción agrícola ganadera.
Precisamente allí, en ese solar, estaba previsto que se realizara hace algunos meses la fallida cumbre entre los presidentes Néstor Kirchner y Tabaré Vázquez en torno al diferendo diplomático por la instalación de dos papeleras en la ciudad uruguaya de Fray Bentos, reunión que fue dos veces postergada.
El conflicto por las pasteras es otro dato para tener en cuenta si se llega de visita a Colonia: todos los comerciantes o los habitantes orientales que interactúan con el turista argentino hacen alguna mención al problema, no importa el ámbito o la situación. Esa sensación de cierto desconsuelo entre dos países casi históricamente mimetizados se respira ni bien atraca el barco. Un dolor que lastima la memoria.

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