Descubriendo más allá de nuestro Norte

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Escribe Andrea Fernández Enviada especial

Después de viajar al exterior cómo se puede ir de vacaciones por la Argentina?», como disparo certero surgió la pregunta, «es como estar siempre en el mismo lugar, haciendo lo mismo, no es salir a ver nuevas cosas», continuó el interlocutor ante el relato de un viaje. «¿Estás tan seguro de que la Puna es igual a Buenos Aires?», aún flota la repregunta en el aire.
Para alguien que hace doce años, cuando fue por primera vez a Ushuaia, se puso como objetivo terminar de recorrer su propia tierra -con algunas paradas en el exterior-, remedando a León Gieco, llegar a Jujuy era una meta que ayudaría a cerrar una etapa, no sólo en lo turístico. «Tenéis un país demasiado grande», dijeron dos vascos que hacía meses lo estaban recorriendo en bicicleta, hasta que cayeron en la cuenta que un par de ruedas les sería poco. Y esta travesía para buscar la ansiada foto en La Quiaca no podía ser directa. Trazar líneas entre lugares, unir países, pasar rutas, sellar pasaportes. Tomar una foto se convirtió en un viaje redondo por el Noroeste argentino, el norte de Chile y el sur de Bolivia, en micro, tren y 4x4.

Paseando por un accidente

Dos horas de avión o veintidós de ómnibus. Primera parada: San Salvador de Jujuy. En la capital provincial se destacan su plaza y sus iglesias coloniales. Pero, en forma tajante, se ve opacada por el encanto que provocan la Quebrada de Humahuaca y su seguidilla de pueblos. Un accidente geográfico que si bien hace años subyugaba sólo a los bohemios, hoy no deja de recibir a cientos de argentinos y sobre todo, a extranjeros. Purmamarca y Tilcara son los pueblos que comenzaron a tener vuelo propio. Al primero se lo conoce por el Cerro de los Siete Colores y por ser el punto de acceso al Paso Internacional de Jama, el más flamante y alto cruce fronterizo de la Argentina, con la consiguiente subida por la Cuesta de Lipán y la llegada a las Salinas Grandes. Pero ahora también hay otro punto. Es que aquí los hospedajes que caracterizan al norte argentino están dando lugar a otro tipo de albergues: los hoteles boutique, que atraen a una clase de turista que Jujuy está buscando para despegar, así como lo hizo su vecina Salta; el segundo, hace tiempo que fue creciendo, y son sus celebraciones del Carnaval, la Semana Santa y la previa a Pascuas, la peregrinación de la Virgen de Cabra Corral, además de su reserva arqueológica, el Pucará de Tilcara -lugar elegido hace muchos años por Soda Stereo para grabar uno de sus videos-. La ruta que une a todos los parajes es impecable; y quien no quiera conducir, puede tomar cualquiera de las líneas de ómnibus que los van uniendo durante todo el día. O las excursiones privadas, que hay, y muchas, y a precios increíblemente baratos pagando en pesos, y más si el visitante tiene euros o dólares. Y la duda surge: ¿por qué por excursiones similares los precios pueden subir al triple en otras provincias? Y no es en el único aspecto: los pequeños comedores regionales, con bizcochos en los desayunos; con estofado de llama y quesillo con cayote en los almuerzos y cenas, donde una comida tiene cuatro pasos, y cuesta 10 o 15 pesos.

La salteña que vende Jujuy

Los paisajes subyugan, las costumbres llaman la atención. La tranquilidad al hablar y en los movimientos golpea fuerte la aceleración propia de los citadinos. Y no es por el efecto de la altura, que siempre promedia los 3 mil metros con picos de 4.100, subiendo en algunos puntos hasta 5 mil, cruzando la frontera.
Desde Salta se vende Jujuy. «La linda» les propone a los turistas conocer la Quebrada de Humahuaca, pero hospedarse en sus cinco estrellas. «La botita» le devuelve la gentileza. Ellos tienen el acceso directo a uno de esos pueblos dignos de un cuento. Se trata de Iruya, un paraje salteño que se levanta entre las montañas, y desde donde se puede caminar hasta otro lugar en el que la tranquilidad compró una morada: San Isidro, un lugar prohibido para los vehículos. Sólo caminos para peatones, caballos y mulas. Ya la llegada a Iruya es una experiencia en sí misma. Serpenteante, no es un camino recomendable para hacer por cuenta propia. Apenas entran los colectivos, y durante un poco más de dos horas las curvas se dibujan como la figura del ocho de una pareja de tango. El descenso hasta el pueblo, tapado por las nubes, hace casi imposible las fotografías, aunque todos se resistan a no llevarse una. Hay muchos turistas que optan por ir y volver en el día, desde Humahuaca. Pero pasar una noche es una buena opción, sobre todo si el hospedaje está al lado del río, y su sonido logra arrullarlo.

Cruzar los Andes por el paso de Jama

Hay buses que vuelven directo a San Salvador. Pero aquí la idea era bajar a Humahuaca. Cada lugar tiene su encanto para quien sepa descubrirlo: en este lugar está dado en el arte, con sus múltiples museos, con su mirador, y en la imagen del santo que sale todos los días puntualmente a las 12 para dar su bendición en la plaza. Los mercados municipales, con la variedad de frutas, maíz, quesos y quesillos. Tres horas, un día; cada quien, en su forma de viajar, sabrá cuánto tiempo puede estar allí. En este caso, la vuelta está marcada. Por Purmamarca pasa el ómnibus internacional que en cinco horas llega hasta la chilena San Pedro de Atacama, el segundo desierto más grande del mundo y otro lugar que también ha crecido en los últimos años de la mano de los hoteles de categoría, que han ido ganando terreno al lado de los hospedajes. Ser turista en Chile no es barato, menos para quien viene de estas latitudes. Pero tampoco es imposible. Desde este lugar, donde la mayoría de los visitantes permanecen dos días, se pueden visitar los géiseres del Tatio, el Valle de la Luna y el Salar de Atacama. Los primeros dos, infaltables. El otro se puede obviar si la idea, como en este caso, es atravesar el inmenso Salar de Uyuni, ya en Bolivia.
Los géiseres tienen horarios para recibir visitas. No porque sean melindrosos; es que estos agujeros provocados por la fuerza interna de los volcanes pueden ser apreciados de mejor manera entre las 7 y las 10 de la mañana, cuando a pesar del verano el frío es bajo cero, y pesa levantarse a las 4 de la mañana para llegar a tiempo a la cita. Una despertada rápida; entrar en las aguas termales, calientes, pero cuando el sol aún no brilla mucho. El ingreso y el egreso serán motivo de recuerdo por un largo tiempo. «País de contrastes. Ahora el agua caliente, el clima frío. Ahora, cuando haga calor, iremos al agua helada», volvió a acotar el amigo vasco para el que la Argentina resultó demasiado grande, y decidió cambiar de país. El desierto tiene siempre grandes diferencias térmicas. Es por eso que a la mañana hiela, por la tarde el sol cae literalmente quebrando la tierra, y por la noche vuelve a refrescar.
Y eso se siente en el Valle de la Luna -homónimo del sanjuanino, con ciertas similitudes pero muchas diferencias-. Aunque sí es imperdible, pese al viento frío que comienza a soplar, la puesta del sol entre las montañas, monocromáticas, como una gran pared de ladrillos.

Muchos idiomas pasean por Bolivia

En Atacama hay muchas agencias de viajes para conocer el lugar. Pero también están las otras, las que van a Bolivia, y que tienen su espacio propio. Es obvio, en la Secretaría de Turismo de Chile no promocionan el Salar de Uyuni, por eso es mejor obtener información por cuenta propia. Las agencias son muchas y todas proponen el mismo tour, sólo con pequeñas diferencias. Pero aquí los precios vuelven a ser irrisorios, y por trescientos pesos argentinos se puede cruzar el sur de Bolivia, uniendo diferentes puntos, con albergue y comidas incluidas, hasta, en algunos casos, vino -es la primera y única vez en su vida que podrá disfrutar de un elixir boliviano, experiencia no recomendable para sibaritas-. Desde San Pedro se sale en combi, se cruza la frontera chilena y en el puesto de Bolivia -una casa ya en el medio del desierto- se cambia a las 4x4. Dos choferes y seis pasajeros. La diversidad cultural es enorme. Dos bolivianos, un brasileño de origen japonés; una pareja de alemanes, que se hacen entender en su lengua natal; una japonesa que anota en su libreta las nuevas palabras en español que está aprendiendo; dos argentinas. El idioma en común, el inglés. Menos para los choferes, que sólo utilizan el español pero agradecen el servicio de traducción que les daban quienes manejaban los dos idiomas.
Laguna Colorada, Blanca, el Arbol de Piedra, los flamencos, los volcanes. Son muchas las camionetas que están haciendo el mismo recorrido. Pero es tanta la inmensidad que ni siquiera se cruzan. Cada uno tiene una parte para sí mismo.
El segundo día, ya cerca del salar, aparecen los hoteles de sal. Claro, depende del precio de la excursión, el hospedaje tendrá más o menos sal; o habrá sólo en el salero del restorán... pero no es lo más importante. Por el mismo precio, todos verán el amanecer en el Salar de Uyuni, y también cómo se refleja el naranja en el agua, formando espejos de colores. Tres días, o cuatro, si se quiere volver a San Pedro. Pero nadie quiere. La mayoría de los viajeros optan por seguir camino arriba, hacia Perú. En esta oportunidad, ese camino ya es conocido, entonces apenas aparece Uyuni la vuelta es hacia La Quiaca. Uyuni es pequeño, pero moderno. Hay casas de cambio y mucha hotelería. En toda Bolivia las rutas son de tierra, es por eso que no es confiable salir con poco tiempo. Los tiempos no son tiranos en esa tierra de gente afable, aunque a veces de pocas palabras. Y donde el calor no hizo mella en la amabilidad. «¿De donde es?», surge siempre la pregunta. Y duele saber que para muchos la Argentina es un lugar tan distante como Australia, y no sólo en kilómetros. Uyuni a Tupiza por caminos de cornisa; de Tupiza a Villazón en tren. De Villazón -donde se recomienda comprar tejidos y artesanías-, sólo basta con cruzar un puente, caminando, para estar de nuevo en la Argentina. «Bienvenido a La Quiaca. Ushuaia 5.300 kilómetros». Nuevo punto de partida.

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