“El arte perdurará en la era digital”

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La «Muestra Euroamericana de Cine, Video y Arte Digital» (MECVAD) que se inaugura el lunes 27 en la Alianza Francesa, en el Espacio Fundación Telefónica y en el Instituto Goethe, exhibirá obras de videoarte alemán, un panorama histórico de la faz experimental de estas disciplinas en Latinoamérica, y varias exposiciones de invitados extranjeros. Al extenso programa se suma un ciclo de conferencias sobre la imagen, donde la estética pareciera importar tanto como el acceso a la alta tecnología. Sobre estos temas y sobre la caída de los soportes analógicos ante el apogeo digital, conversamos con Jorge La Ferla, coordinador de la Muestra, un estudioso, la voz autorizada en la Argentina para hablar de videoarte.
Periodista: ¿Cuál es el concepto de la Muestra?
Jorge La Ferla: Hay un uso masivo de los medios audiovisuales como entretenimiento y espectáculo que lleva a la uniformidad y a la estandarización. La muestra apunta a los usos artísticos, que difieren de lo que consume la mayor parte de la población. En la Argentina hay una escuela de pensadores que critica los medios masivos, la trivialidad de la TV, pero no se dedica a los usos artísticos.
P: ¿Cuál es la consecuencia del pase de la tecnología analógica a la digital?
J.L.F.: Asistimos a la desaparición de los medios analógicos que dieron origen a la fotografía, al cine, a la TV y al video, es decir, los soportes que están relacionados con la imagen fotoquímica, y la cinta magnética. Hoy trabajamos casi exclusivamente con medios digitales o numéricos, que simulan lo real pero de un modo artificial a través de fórmulas matemáticas.
P: ¿Cuáles son las consecuencias?
J.L.F.: Las computadoras prácticamente monopolizan las comunicaciones y las artes visuales. La cultura está centrada en el computador que brinda acceso a la música, al video, y al cine.
P: ¿Esto implica la democratización de la imagen artística o el aumento de los analfabetos tecnológicos?
J.L.F: La democratización se discute porque depende de los índices de posesión de computadoras y conectividad, que en la Argentina son bajos, están detrás de México y de un país como Brasil, que tiene 18% de su población conectada, mientras en EE.UU. la población estudiantil está 100% conectada. Además la tecnología se vuelve rápidamente obsoleta. Los artistas no podemos ignorar esta situación.
P: Una de las muestras habla del «paradigma de la latinidad». ¿Existe una estética latinoamericana?
J.L.F.: Aunque la muestra está financiada por organismos europeos no perdemos de vista que estamos en Buenos Aires. Convocamos figuras como el alemán Ingo Günther, que trabaja con la relación que se establece entre tecnología y poder, pero hay una participación mayor de latinoamericanos para producir una discusión acerca de que casi todos nosotros manejamos tecnologías inapropiadas. Con la excepción de Brasil, que es un país altamente industrializado. El brasileño Lucas Bambozzi ha usado toda la tecnología de estos últimos 20 años, video, robótica, Internet, entre otros, y a la vez enuncia una crítica sobre lo que denomina la «realidad mediada».
P: ¿Qué opina sobre David Lynch que acaba de filmar una película en digital con resultados estéticos apabullantes, o sobre «El arca rusa», una obra maestra del arte a la antigua usanza filmada en digital?
J.L.F.: A ellos se suma el argentino radicado en México Fabián Hofman, que hizo «Panchito Rex» antes que «El arca rusa». Varios invitados a esta muestra, Bambozzi, el argentino Carlos Trilnik, la colombiana Carmen Gil Vrolijk o el chileno Edgar Endress, en vez de alimentar la polémica entre tecnología tradicional y digital, han establecido una relación virtuosa entre máquina e imaginario y manipulan la tecnología digital de una manera brillante. Hay una realidad: desaparecen los soportes analógicos, y con los digitales se pueden crear obras admirables.
P: ¿El soporte digital abarata los costos?
J.L.F.: No. Se abarata el costo si se usa tecnología precaria, la de última generación tiene un costo altísimo.
P: Hablamos de cine, pero ¿qué ocurre con el video?
J.L.F.: El costo es menor, aunque hay autores, como Peter Greenaway, que usan tecnología costosa.
P: ¿Cuáles son las características que diferencian el video del cine?
J.L.F.: Muchas, aunque hay cineastas que hacen video experimental y videastas volcados al cine. El video permite independizarse del productor, es una instancia donde no se necesita una cantidad de dinero que se debe recuperar. Luego, el video implica una búsqueda expresiva que normalmente el cine de acción o entretenimiento no busca. La ruptura del sistema clásico establecida desde 1912 por David Griffith para el cine de entretenimiento, indica la necesidad de trabajar con actores, el manejo del espacio-tiempo o la causa y el efecto. Pero desde entonces ya existían los cortos, narraciones experimentales sin parámetros de duración que estaban buscando su lugar, y es el lugar que toma el video. El artista del video se ejercita en el manejo del tiempo y el espacio, y en otros conceptos de puesta en escena que tienen que ver con la manipulación de la tecnología disponible.
P: ¿Y hay diferencia de contenido?
J.L.F.: No. Aunque haya una fuerte expresión plástica, el video puede derivar en cine.
P: Algunos saben que el arte demanda una mirada paciente y prolongada, pero muchos opinan que el video arte les resulta aburrido. Un coleccionista argentino instaló en su casa una sala de proyección de videos, y cuando le preguntaron si la usaba, contestó: «Nunca».
J.L.F: Por suerte el video-arte es aburrido, su estructura no se basa en el corte, la rapidez, lo instantáneo y el preconcepto de pasarla bien. Es la antítesis de «Bailando por un sueño», y de películas como «Cien por ciento lucha» o «Un novio para mi mujer» cuyo fin es entretener desde un lugar muy bajo. En la Argentina todo el material visual de consumo masivo es de una chatura impactante, aunque esto no quita que cumpla su función: mantener contenta y calma a la gente y que voten lo que los medios masivos ordenan.
P: Hoy proliferan los artistas que usan el video como soporte, más allá de quienes lo utilizan como registro de sus performances. ¿Acaso en este terreno no prospera también la trivialidad?
J.L.F.: Sin duda, hay mucha gente que realiza trabajos maravillosos con su teléfono celular o su pequeña cámara, pero hay mucha gente que cree que está haciendo arte porque puede usa la tecnología. En las escuelas de bellas artes argentinas se incorporó tarde la tecnología y el proceso de investigación es largo. Pero ahora hay un movimiento interesante y muy fuerte en el campo del arte que ha llegado a los museos e instituciones que presentan muestras audiovisuales que antes estaban relegadas a las escuelas de cine.
P: ¿En qué medida estos nuevos campos que se abren obligan a repensar el Arte?
J.L.F.: Viene Raymond Bellour, especialista en artes audiovisuales. A él no le interesan tanto los dispositivos tecnológicos sino los grandes autores que crean obras admirables, las llama «formas que piensan». Es decir, obras de arte tecnológicas que inducen a pensar.
P: ¿La producción más interesante no es acaso la que surge de los cruces interdisciplinarios entre las viejas y nuevas disciplinas?
J.L.F.: De hecho las escuelas que se precian de entender este fenómeno ofrecen aquellos curricula donde el estudiante de arte puede trabajar con la praxis tradicional (pintura, escultura) y con diferentes tecnologías. Brindan una formación integral.
P: ¿Hay un mercado del video?
J.L.F.: El banco Itaú en Brasil y la colección Júmex en México, entre otras instituciones están adquiriendo un acervo, por no hablar de EE.UU.. Aquí, aunque hay galerías que intentan vender y las ferias presentan cada vez más material audiovisual, el Estado no sabe cuáles son los entes que deben adquirir y preservar este patrimonio, si los museos o el Instituto Nacional de Cinematografía y de Artes Audiovisuales, donde se compra una película pero no una obra de arte experimental, y esto redunda en que no existen archivos de videos o nuevos medios.
P.: ¿Qué sucede con los derechos de autor de un video?
J.L.F.: Le pertenece al autor o a la persona o institución que la ha producido, aunque sea fácilmente reproducible se debe pedir permiso o pagar por la exhibición. La jurisprudencia argentina es clara en cuanto a los libros o películas de largometraje, pero confusa en cuanto a la obra en movimiento que circula por Internet.
P: ¿Cuánto cuesta un video?
J.L.F.: Lo determina el autor. Es información que nadie quiere hacer pública por la presión impositiva. No hay una cultura, ni siquiera económica, sobre la adquisición de estas obras.

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