El balneario que ha buscado estar por siempre ''en punta''

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Ayer se cumplieron cien años de aquella jornada de julio de 1907 en la que el presidente uruguayo Claudio Williman promulgó la ley que transformó de un plumazo el pueblo Ituzaingó en la ya mítica Punta del Este, acaso sin llegar a imaginarse la fortuna que acompañaría a esa nueva denominación. Un nombre que se convertiría en sobrenombre, dejaría su apellido «del Este» para llenarse de sugestión, notoriedad y alcurnia. De ese modo se hablaría de «estar en Punta», de «encontrarse en Punta», de «vivir en Punta», de «ir a la Punta». Y así, desde ese diminutivo, desde ese apodo, el lugar se establecía como un balneario top, como el primero, como el que está «en punta», como exclusivo, selectivo, único. Pero, a la vez, ese apodo mostraba una familiaridad de sus visitantes con esa ciudad, hacía que la colocaran entre sus afectos.
A Punta le ha sucedido lo que suele ocurrir con quienes por sus méritos alcanzan una bien merecida fama. Los íntimos lo siguen llamando por el sobrenombre. Hablan, por ejemplo, de «Gabo» García Márquez, de «Georgy» Borges, de «Pelusa» Maradona y, claro, obviamente de Punta.
Pero están también quienes, al convertirse en figuras mundiales pasan a utilizar su apellido para mencionarlos, y hasta los convierten en un adjetivo. Y así como se habla de lo borgeano o de lo proustiano, sucede lo mismo de un tiempo a esta parte con lo «esteño». Son los valores que confirman la fama.
Pero para poder descubrir cómo adquirió Punta del Este su linaje conviene recordar que en tiempos de su nuevo bautismo «sólo existía el Hotel Central, construido en material y chapa, rodeado de gallinas. Estaba el faro (desde 1860) y la naturaleza virgen, donde recalaban marinos», anota Diego Fischer en «100 años al este de la historia», el libro que escribió con Silvia Pisani.
«Quienes primero llegaron quedaron cautivados y tuvieron la visión de hacer suyo el lugar y transformarlo. La Sociedad Balnearia de Punta del Este empezó a hacer marketing entre la oligarquía argentina, a la que supo seducir. La primera llegada de un barco con turistas argentinos se produjo en 1910. A partir de allí se comenzó a construir la primera fisonomía del lugar. Con la llegada de Juan Domingo Perón al gobierno argentino, en 1946, las relaciones se tensaron, debido a que Uruguay cobijaba a los antiperonistas. Perón entonces puso trabas a los argentinos que querían ir a Uruguay. «Así si antes venían 2.000 familias argentinas, a partir de ahí sólo venían 100, que para hacerlo iban a Brasil y entraban a Uruguay por el Chuy (la frontera). El progreso se frenó, cerraron todos los hoteles y restoranes, salvo el Hotel Playa. Derrocado Perón en 1955, Punta del Este retomó su ritmo de crecimiento.
Hoy Punta vive reforzando su glamour, continúa siendo el reducto de una élite, el refugio de relax de las celebrities (y ya no sólo de las rioplatenses). Es ese reducto donde los recitales playeros saben cómo mezclarse con las pasarelas de la moda, donde el remate de caballos pura sangre no impide las cabalgatas en amables percherones, donde desde el green del golf se puede pasar a los blues de dos mares o a los de los conciertos en La- pataia. Punta del Este, un siglo después de su bautismo, busca preservar activamente ese destino que lo lleva a estar «por siempre en punta».

L.F. - M.S.

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