El crucero ecológico del Paraguay es ''super star''

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Escribe Máximo Soto Enviado especial

Este crucero, en apenas dos años, se ha convertido en el primer producto turístico de mi país. Es la bandera con la cual el Paraguay está haciendo su promoción internacional», se entusiasma Lucía Velázquez, gerente del Crucero Paraguay, y tiene por qué estarlo.
En el crucero, que recuerda esos barcos que navegan por el Mississippi y que Mark Twain convirtió en leyenda, viajan habitualmente norteamericanos, puertorriqueños, panameños, brasileños, alemanes, franceses, españoles, japoneses, chinos.
Lucía explica que «además de nuestro propio atractivo y de que nos hayan hecho notas en los canales de cable NatGeo y Discovery, tenemos un coletazo del éxito turístico de la región, del Mercosur. Hay europeos que entran por Rio o San Pablo, bajan a Asunción, hacen nuestro crucero, viajan a las Cataratas o a Montevideo y pasan a Buenos Aires, para desde allí volver a sus países».
Mientras se solea en una reposera junto al jacuzzi de la cubierta más alta del crucero, una mujer confirma algo de esto: «Me habían hablado del crucero y quisimos venir a experimentarlo; la verdad es que está muy chévere», sonríe la panameña Gloria Cinton. Su marido, puertorriqueño, trabaja en la Embajada de Estados Unidos en Asunción y decidieron hacer el tour naviero el fin de semana. «A los que quieren escapar de tanta ciudad y les gusta la naturaleza, esto les va a encantar. Teniéndolo cerca, yo lo descubrí gracias a Discovery Channel. Vi El Pantanal y pensé que se parece a nuestro Tapón de Darién, a la Amazonia panameña, y quise conocerlo, pero ese viaje es más largo y lo dejamos para la próxima vez.»
El Crucero Paraguay, que está auspiciado por la Sociedad Ecológica Paraguaya, propone un viaje de ecología y aventura, realizar un trabajo de exploración, divulgación y protección a los ecosistemas fluviales, con el confort de un ambiente cinco estrellas, con lujo desde sus camarotes hasta su diaria gastronomía.
«Ofrecemos dos itinerarios. Uno es de 3 días y 2 noches, que va por el río Paraguay, de Asunción a Villa Hayes y a una típica estancia del chaco paraguayo para regresar a Asunción. Cuesta all included 440 dólares. Y tiene entre otras actividades: safari fotográfico, senderismo, cabalgatas, pesca, canotaje, visita a museos y fiesta a bordo. El otro es de 9 días y 8 noches, y va de Asunción a El Pantanal, que es el humedal más grande del mundo, y lo compartimos con Brasil y Bolivia. Cuesta 1.540 dólares. El Pantanal tiene una flora y fauna únicas, increíbles. Sólo se lo compara a las reservas de Africa. En ese viaje visitamos, entre otras cosas, cavernas antiquísimas con estalactitas prehistóricas; observamos aves y animales de todo tipo, entre ellos los típicos yacarés; y ascendemos al cerro Pan de Azúcar, que está en el centro de El Pantanal. El crucero siempre tiene veinte tripulantes, entre capitán, oficiales, marineros, camareros, mucamas, chef, cocineros, ayudantes de cocina y mozos», nos informa Lucía Velázquez. Y para que sigamos acumulando asombros en el cuaderno de viajero, Lucía nos señala que el crucero pertenece a una sociedad anónima tahitiano-francesa -empezó la promoción de sus recorridos a través de operadores parisinos- que en los últimos tiempos ha crecido en socios e inversores debido al interés mundial por la reserva de El Pantanal.

Verdades incomodas

Mientras el barco navega con la placidez de la siesta, en el salón de actos están dando la película «Una verdad incómoda», donde el ex vicepresidente de los Estados Unidos Al Gore expone con eficaz dramatismo el tema del calentamiento climático y la crisis ecológica futura que sobrevendrá en el mundo. Al terminar la proyección, Oscar Rodríguez, que ha sido hasta entonces guía y coordinador de las actividades out board, comienza una charla sobre la protección de ecosistemas privilegiados como los de los países de América del Sur.

secretos del guia

La primera sorpresa es que el paraguayo Oscar Rodríguez no es un «militante verde» ni un ecologista profesional.
«Soy economista y licenciado en Administración de Empresas, con 15 años de trabajo en bancos -nos confía-. Comencé haciendo cursos sobre ecosistemas, fauna y flora, como hobby, en la Universidad Nacional de Asunción. Pero el hobby me cambió. Cuando uno se da cuenta del sistema ecológico al que pertenece, y que así es inviable a largo plazo, quiere formar parte del nuevo sistema que va a tener que generarse para conservar la Tierra tal como la conocemos. De lo contrario, los cambios en nuestra vidas van a ser drásticos, dramáticos, por la falta de agua, por el recalentamiento global, por el efecto invernadero. Pasé de la economía a formar parte de una empresa de turismo receptivo dedicado al ecoturismo y al turismo aventura. Parece algo bohemio, pero nos va bien. Además, estoy cursando en la Universidad la carrera de Biología.»
Para Rodríguez, están los viajeros que eligen el crucero como «un paseo desestresante, otros por curiosidad, hay grupos de norteamericanos y canadienses que lo hacen porque tienen conciencia de la importancia de defender el medio ambiente y buscan lugares como éstos donde la naturaleza se mantiene saludable. Los más ricos se están comprando reservas de agua en Sudamérica o grandes porciones del Amazonas. A nivel estatal se lo ha pensado también como un producto para incentivar entre los paraguayos la educación ambiental, para que conozcan sus reservas, sus ríos, su fauna, y los valoren y los protejan. Por último, están los muchachos y chicas, que son los primeros en tener conciencia de la necesidad de resguardar los recursos naturales, aunque sabemos que esa conservación va a depender a largo plazo de la política global, porque los cambios climáticos afectan del mismo modo a todos los ecosistemas».
Los cruceristas saben que esos viajes, más que fotos les dejan fla-shes inolvidables, que muchas veces no son lo que uno hizo o vio, sino lo que vio hacer a otros o lo que señalaban con admiración.
El Crucero Paraguay, aun en el breve recorrido, arroja como saldo en esos flashes la estudiantina en que se convierte todo viaje de un grupo con ganas de pasarla bien, los safaris fotográficos y la desesperación de quienes andan con su cámara tratando de cazar al vuelo lo más raro y colorido, el orgullo de los que pescan un dorado y de los que fueron lejos con su canoa, los que se apartan cabalgando y todos los llaman, la campana de Ovidio, el capitán llamando a una actividad. Tantas cosas. Y de pronto, una imagen, la de un museo inconcebible, caótico, discepoliano, donde las armas de la guerra del Paraguay se mezclan con esqueletos de animales y billetes devaluados de los países del Mercosur o el rostro sonriente, sarcástico, de aquella artesana guaraní, con una remera en inglés, a la que parece no interesarle vender sus cosas a esos vacuos turistas.

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