El GRAN desafIo: recuperar la capacidad de soñar El GRAN desafIo: recuperar la capacidad de soñar EL GRAN DESAFIO: RECUPERAR LA CAPACIDAD DE SOÑAR

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Escribe Laura Batkis
Si uno va al Malba con un niño de 5 años, descubre que éste puede convertirse en un agudo crítico, capaz de percibir las experiencias del arte de principio de siglo. Se le advierte al niño que lo que verá es raro, que no es tan parecido al arte de Berni o de De la Vega, que ya conoce. El niño, que todavía no tuvo la educación sistemática de la escuela primaria, observará y dirá: «Esto no es nada difícil. Acá hay una rueda, acá una pala, esto es una soga enrollada. Me gusta mucho esta muestra».
Ahora, ¿qué le pasa a la gente que después de los 6 años comienza a perder la capacidad de soñar? En su manifiesto del surrealismo André Breton cuestiona que si pasamos casi la mitad de nuestras vidas durmiendo, qué nos ocurre que no le damos más importancia al mundo onírico. El y toda esa gente que hacia 1914 se reunió y conformó el grupo dadá y el surrealista después, pudo darse cuenta de que existe otro mundo y no solamente en el período del sueño, sino también en la vida cotidiana. Ellos pudieron «soñar con los ojos abiertos», como propone el título de esta exposición.
El señor Marcel Duchamp coloca una rueda sobre un taburete en un ámbito artístico, y no en una ferretería. Algo así como ir a un hospital y encontrarse dentro de un cine, o ir al Colón y ver que se ha convertido en una verdulería. Pone en otro lugar lo que se supone que vamos a encontrar. Es lo que llamamos descontextualizar, sacar de contexto, y entonces el espectador siente como si le hubieran corrido el escenario. Algo similar a una pérdida. La vida continúa pero hay como un exilio en el propio territorio, porque cada lugar que antes era muy significativo, va perdiendo carga simbólica. Eso hace Duchamp. Frente a la idea de densidad semántica de la anécdota narrativa -la representación de un Cristo o un atardecer de Monet-, por ejemplo, elige objetos sin historia, carentes de tradición estética. Usa objetos manufacturados y construye sus readymades, algo ya realizado previamente de manera industrial. Pero, ¿dónde reside la artisticidad? En la elección de esos objetos que a pesar de ser absolutamente extraartísticos tienen un algo que hace que nuestra mirada se detenga a observar las rayas de la pala, el brillo perfecto del peine. O tal vez sea nuestra propia necesidad de encontrar lo estético, sobre todo si en la fachada hay un cartel que dice «Museo» o «Galería de arte». Imposible dar definiciones categóricas sobre este tema. De lo contrario, Monsieur Duchamp se estaría revolviendo en su tumba denostando las interpretaciones actuales de su obra y la solemnidad de la mirada.
LA TRANSGRESION DADA
La primera descontextualización, inevitable en este tipo de muestras que intentaban escandalizar al burgués, es exhibirlas en un museo, con un carácter historiográfico, un catálogo razonado y con todos los elementos que definen el mundo del arte del cual el dadaísmo trató de alejarse. Pero ¿cómo explicar este espíritu transgresor? El primer paso es intentar ponernos en contexto: 1913, se acerca la Primera Guerra Mundial, Freud ya escribió su libro sobre la interpretación de los sueños, Wittgenstein nos dice que el lenguaje no siempre es una herramienta tan acertada para describir el mundo, el arte se entiende como algo que exige mucho sudor, es óleo sobre tela (es la época de la rigurosa Academia de Arte) y debe referirse a una hecho «glorioso» de la historia, el retrato de un rey o un cardenal, y si la escena es costumbrista tiene que tener siempre un tono festivo. El arte debe ser un mundo feliz de gente rica e importante y si es que hay pobres, deben de estar alegres.
En ese lugar, con ese horizonte histórico y filosófico, Duchamp & Cía patean el tablero porque se avecina una primera guerra que será el principio de uno de los siglos más violentos de toda la historia de la humanidad. En ese momento, Monsieur Marcel escribe: «Hay que lograr una indiferencia tal que provoque la ausencia de emoción estética. La elección de readymade se basa siempre en la indiferencia visual y, al mismo tiempo, en una total ausencia de buen o mal gusto. El gusto es hábito: la repetición de algo ya aceptado. Por lo tanto, son ejercicios para evitar el arte».
el estilo «malentendido Duchamp»
Primer punto. Y acá viene la otra opción de ver su obra más allá del concepto de descontextualización. Duchamp habla de indiferencia, de ir más allá del aspecto. Una patada contra el buen gusto y lo bonito. Evitar el arte, claro, él mismo decía que si arte era el cubismo de Braque, por ejemplo, lo suyo, en relación con eso, era antiarte. Y así comienza el vértigo que pone en duda todas nuestras creencias sobre la artisticidad de los objetos que están en un museo. El arte es un hábito, que cambia de acuerdo al gusto de cada época. ¿O es como cualquier moda pasajera? Si el gusto es un hábito, entonces el arte es un hábito. De manera un poco cínica y burlona, se nos dice que no nos preocupemos, que si hoy no nos gusta, mañana nos va a interesar y pasado seremos fanáticos del arte conceptual. Como cuando Picasso retrató a Gertrude Stein y la mecenas norteamericana, un poco disgustada, le replicó que no se parecía a ella, y el español le contestó: «No se preocupe, ya se va a parecer». Un par de cursos de arte contemporáneo, algunas charlas sobre el dadaísmo, lecturas y mucha intermediación teórica harán que podamos recuperar la visión de ese niño de 5 años al que llevaron al Malba. Porque el hombre de hoy está tan deformado por la información y el ruido, que necesita que le señalen lo más simple de la manera más compleja para volver a soñar con los ojos abiertos, si es que todavía la realidad externa no arrasó con todas sus utopías. El ejercicio que se proponía al principio de esta nota es ir un poco más allá de la apariencia de las cosas. Como en un mantra, que al repetir una frase el contenido se va mientras la mente se carga de vacío, se puede ver el mingitorio y observar la seducción del brillo de la porcelana, la bella frialdad del metal de esa pala que cuelga del techo. Ir más allá de una cara bonita y buscar el deleite de la reflexión unida al placer sensual del goce. Arte de ideas, porque hay que ir más allá del aspecto. La idea es que una pala puede ser un bello objeto que no se diferencia en su esplendor de otras cosas que están en los museos. Y así se puede recuperar una sonrisa como la de la Mona Lisa. Si ya en el Renacimiento Leonardo Da Vinci escribe «La pintura es cosa mental», habría que repensar hoy de qué se habla cuando se habla de arte conceptual. Por eso hay que mirar bien las fechas. Duchamp pone la rueda de bicicleta sobre un taburete en 1913, y declara fervientemente que se trata de antiarte. Y va más allá, porque multiplica el original. La típica frase del público es «hasta mi hijo lo puedo hacer». Pero hay que ver si hoy alguien hace algo tan contundente. Si miramos el pasado, es necesario reinterpretarlo. ¿Qué mejor idea que tomar una reproducción de la Gioconda y dibujarle barba y bigote? El artista usa un juego de palabras y la titula «L.H.O.O.Q», («elle a chaud au cul»), claro, caliente («chaud») de estar en el Louvre sentada preguntándose qué hace tanta gente amontonada para verla sin advertir que a su lado está el San Juan Bautista que es bastante más bello. Pero Duchamp se burla del circuito del legitimación del arte, y no de Leonardo, a quien admira.
Detrás de la apariencia jocosa está esa idea. La malinterpretación posterior del dadaísmo es confundir una idea con una «ocurrencia». Una ocurrencia tonta, más la facilidad de manufactura (compro en un bazar) dieron en algunos casos el estilo «malentendido Duchamp», la «academia contemporánea» del arte conceptual, que deriva en el estilo anónimo siglo XXI. Todo se parece a algo que ya se vio. Total, podemos engañar a nuevos espectadores que no conocen la historia del arte. Esto pasó siempre y no tiene demasiada importancia. Lo que de verdad importa es poder ver esta muestra sin pedir más que recuperar la fascinación infantil del juego y la risa. Allí está la salida y la revolución verdadera de la que hablaba Breton, cuando concluye su manifiesto de 1924 escribiendo: «Esta es la guerra de independencia en la que me precio de participar. El surrealismo es el rayo invisible que nos permitirá un día triunfar sobre nuestros adversarios. Este verano las rosas son azules; la madera es vidrio. La tierra envuelta en su verdor me impresiona tan poco como un aparecido. Vivir y dejar de vivir son soluciones imaginarias. La existencia está en otra parte».

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